Enrique Browne - Arquitectura de piel vegetal

Enrique Browne

Es difícil escucharlo. Las ideas se atropellan en su cabeza y boca. Antes de hablar, planea sobre papel lo que contestará. Sin embargo, cuando llega el momento de hablar, parece que las ideas hirvieran en su cabeza y se apresuran por salir.
Así hace sus planteamientos Enrique Browne. Una y otra vez relaciona elementos de manera que, a primera vista, parece imposible asociar. A veces un poco difícil de comprender, pero cada idea que aflora es útil, válida y con una clara posición respecto al tópico.
Será porque Browne está seguro de lo que sabe, en calidad y cantidad. Más allá de los estudios que han complementado su carrera de arquitecto de la Pontificia Universidad Católica -Magíster en Planificación Urbana (1968) de la misma universidad; (con) estudios avanzados en Diseño Urbano en Estados Unidos, Inglaterra y Japón-, es un hombre culto, que conoce la ciudad a través de sus ojos y de los de quienes admira. Cita a Einstein y Le Corbusier, aunque uno de ellos no es arquitecto, quizás lo hace porque le importa demasiado qué opinan los otros profesionales que construyen la ciudad, más allá de la sola arquitectura. Browne no cree en el inmenso dominio que tendría su profesión sobre el resto de la sociedad: “el arquitecto no tiene ningún poder”, sostiene.

¿Cuánto influye realmente el arquitecto en el estado de la ciudad?

A veces, como arquitectos, nos damos cuenta de que, en verdad, no tenemos la ciudad que queremos, la que realmente pretendemos. Eso es porque hay varias otras profesiones involucradas en la creación de la ciudad.
El caso más claro es el de París, donde fue el barón Haussman, abogado de profesión y nombrado prefecto por Napoleón, quien con su llegada a la cabeza del país se encargó de darle una nueva imagen a la ciudad. De hecho, despreciaba un poco a los arquitectos, los tildó de meros decoradores de la ciudad. Y él fue capaz de “crear” una ciudad.

El plan Haussman hizo que París se convirtiera en una ciudad dual, que privilegiaba a la burguesía y segregaba al sector proletario de la población hacia la periferia, donde era reprimida por el Estado. En el fondo, esta ciudad fue remodelada pensando en un modelo económico y social ideal, funcional al sistema estatal de aquel entonces, más que pensando en una distribución urbana-arquitectónica de la población. “Así de poderoso y sin siquiera ser arquitecto. Por suerte, nosotros no tenemos tanto poder”, dice Browne entre risas.

¿Cuál es entonces el verdadero rol del arquitecto en la conformación de la ciudad?

Somos personas con un cierto conocimiento y sensibilidad en un campo de cosas más o menos acotadas, con una visión parcializada. No dominamos el resto, que tiene que ver con asuntos sociales, políticos y económicos.
Claro, tampoco otros especialistas son dueños de la ciudad. Finalmente, quienes deciden el verdadero destino de la urbe son aquellos que detentan el poder: representantes del Estado y empresarios dispuestos a invertir grandes sumas de dinero. Por todo eso, el centro de la arquitectura debería estar en las ciencias políticas y, a partir de esos conocimientos, contratar a quienes se necesite para asesorar las obras, entre ellos, por supuesto, los arquitectos, que deben hacer su labor de la mejor manera posible para este objetivo común. El poder de nuestra profesión debe estar en un justo nivel.

Si el poder del arquitecto no es tal, ¿por qué es tan fuerte el ego en la profesión?

El ego es un problema grave, es la muerte de la arquitectura. Es una especie de “sistema del estrellato”, como en el cine, cuando buscan a los actores por la relevancia en el ambiente, más que por su calidad actoral. Lo importante no es lo que la persona produce, sino la persona en sí. Comenzó en el cine, siguió con los cantantes, el arte y luego la arquitectura. Obviamente, Koolhaas trabaja en este medio del estrellato y, claro, se maneja muy bien.
El problema es que el arquitecto pasa tanto tiempo dedicado a mantener el estrellato, que no le da importancia a lo esencial: la “búsqueda paciente” que mencionaba Le Corbusier, elaborar cosas con mayor profundidad.

¿Está permitido el arte en la arquitectura?

Recuerdo haber tratado con un cliente al que sobre todo le importaba que la obra fuera muy bonita o muy fea, pero nada intermedio, que no pasara desapercibida. Ante este tipo de casos, hay que reposicionar al arquitecto al nivel que le corresponde, no asignarle el destino de la ciudad. Hay una labor que debe cumplir, que tiene que ver con los intereses de las personas y eso no se relaciona en lo absoluto con lo artístico.
Una obra de arte tiene su propia lógica, independiente de la realidad. Puedo entender que hasta una casa sea una obra de arte, pero no la ciudad, no las vidas entrelazadas. La ciudad es como la vida y ninguna vida es una obra de arte. La vivienda social, por ejemplo, no puede ser una obra de arte. La gente la transforma según sus necesidades.

Pero la arquitectura tiene, además, un sentido propio que expresar.

Claro, por un lado, la arquitectura es una profesión, pero también quiere expresar una esencia propia. Hay que aclarar que existe gente que tiene más vocación para expresarla. Hay profesionales que se dedican a lo más social, a hacer las casas por oficio: escaleras, luces, etc., que sean cómodos y funcionales para el desarrollo de la vida. Arquitectos responsables que crean sus obras a través del estudio y la investigación. Es algo muy digno para la sociedad.

¿Cómo se adquiere este trabajo “de oficio”?

Trabajando. Convirtiendo el trabajo en una investigación, que cada obra sea una especie de prueba y error para, finalmente, conseguir el mejor resultado para todos.
Los arquitectos tienen que hacer un aporte estético, después de todo, es el punto de partida de su creatividad. Hacer un aporte cultural es importante, pero implica una parte muy reducida de su labor.

Enrique Browne

DESAFIANDO A LA MISMA CIENCIA

¿Cuál parece ser el estado actual de la arquitectura?

Un problema muy frecuente en la actualidad es que se olvida la gravedad, se crean obras que muchas veces dejan de lado lo funcional de la construcción con tal de desafiar las leyes físicas.
Esto puede que parta de un problema al momento de comprender la ciencia. Por ejemplo, la relatividad que planteaba Einstein, todo el mundo la cita, pero ¿sabemos realmente lo que significa?
La ciencia se asimila de una manera tan ingenua, con tan poca profundidad, guardando sólo la imagen de la obra y eso es lo que finalmente se materializa en la arquitectura.
Los arquitectos estamos tratando de apoyarnos en materias que no conocemos. Cada uno parece inventar su propia teoría.

Esas mismas teorías particulares a veces parecen causar estragos en las construcciones, generando una ciudad cuya imagen es perecedera.
Para Browne, la arquitectura debe cambiar a medida que se modifican las condiciones, pero el espacio en sí no necesita alterarse. A su juicio, la dimensión espacial es clave en relación con cuánto dura la arquitectura. El espacio construido permanece, lo que cambia es el uso. “Los edificios pueden durar todo el tiempo que quieran, como aquellos que han tenido cuatro o cinco usos distintos, un gran ejemplo es el Campus Lo Contador de la Universidad Católica. La arquitectura no se puede convertir en algo desechable, como una escenografía que se transforma, no es esa la línea que debe tomar“.

¿Cuál es el lenguaje que debe utilizar la arquitectura para hacerla comprensible a todo el mundo?

Hay que ser capaces de crear obras que se interpreten. Que la arquitectura tenga la sensibilidad para capturar lo que está en el aire, el “espíritu del tiempo”, como le llamaban los jesuitas. La gente se apasiona y comprende recién al momento de ver las maquetas.
A comienzos del movimiento moderno, el espíritu de la época era muy claro, muy típico de la industria. Expresar el espíritu de aquellos días era mucho más fácil. Hoy es muy distinto. Hay una fascinación por una tecnología que no es tan obvia en su forma, casi abstracta. Además, existe una fuerte atracción por el medio ambiente. Ambas se pueden compatibilizar.

¿Cuál es su aporte como arquitecto a la preocupación por el medio ambiente?

Creo que hoy, los edificios son muy ineficientes. Mientras más inteligentes las construcciones, más tonta la arquitectura. Personalmente, colaboro en el asunto ambiental dependiendo de mi investigación: por ejemplo, lo de la piel vegetal, donde soy una especie de pionero (una de sus obras más reconocidas es el edificio Consorcio en Santiago).

¿De qué puede depender el uso de energías alternativas en los edificios actuales?

Influye mucho el precio del petróleo en el uso de este tipo de energías. Esa fluctuación es lo que hace que no despegue y que, al final, se opte por lo más conocido, probado y al alcance de todos.

Enrique Browne

PENSAMIENTO MULTIDISCIPLINARIO

Browne tiene claro que a las instituciones que apoyan al arquitecto durante sus estudios y después de haber egresado, como el Colegio de Arquitectos y la casa universitaria, les hacen falta ciertos elementos que perfeccionen a aquellos que se van integrando a una ciudad que pronto estará en sus manos.

¿Cuál es la relación que debe tener el arquitecto con los otros profesionales, por ejemplo, en el Colegio de Arquitectos?

Por ejemplo, creo que las ciencias políticas debiera ser la instancia que controle los trabajos urbanos. Es bueno que exista el intercambio y espero que la situación actual evolucione hacia allá. El Colegio debiera tener una instancia, un núcleo de estudio multidisciplinario, que asesore con toda la información necesaria.

¿Y cómo se debe plantear la enseñanza de la profesión a los jóvenes?

Hay que aceptar que pueden existir muchas ideas distintas. Pero eso es algo que tienen pocas escuelas, deberían fomentar a sus profesores. También haría que la carrera fuera más corta, de tres años y luego uno o dos años más de trabajo, durante los cuales se aprenda el oficio. Debería hacerse cargo de un edificio y aprender mediante la práctica. Que el resto se entregue por postgrado. Una buena escuela debe hacer que las obras se centren en las emociones de quien las crea.

Por Alfredo Wittig y Francisco Ortega
Fotos: Alvaro de la Fuente

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