Claudina Nuñez: Paladina de la victoria

Como si hubiera estado destinada a convertirse en dirigente e incansable luchadora social, desde temprana edad Claudina Núñez fue testigo directo de importantes movimientos sociales que despertaron su vocación. Con sólo cuatro años, emigró junto a su familia desde el sur del país hacia la capital. La idea era buscar mejores posibilidades. Su padre, minero del carbón de Lota, encontró trabajo en La Disputada de Las Condes. Como el sueldo no alcanzaba, dormían en las llamadas camas calientes. “Apenas salía un trabajador a cumplir su turno, otro ocupaba su lugar”, explica.
Considerando las precarias condiciones de vida, algunos empleados del yacimiento se organizaron para tomar un predio ubicado en la parte trasera de la comuna de San Miguel. Centenares de personas provenientes del “cordón de la miseria”, como llamaban a las poblaciones callampa emplazadas a orillas del Zanjón de la Aguada, también se coordinaron para trasladarse a ese lugar.
El 30 de octubre de 1957, un día antes de que acabara el mes, se realizó la toma de terreno. El lugar era perfecto, plano y sin olores desagradables. Hasta ese entonces se trataba de una chacra denominada La Feria. “Fue un logro para la gente, una verdadera victoria para todos, por eso el nombre de la población -La Victoria-”, recuerda ella con orgullo.
“Nuestra casa era de madera y adobe, no había rejas que dividieran los patios. Llevábamos un estilo de vida campestre: teníamos flores, una huerta y había muchos pajaritos. Los dirigentes de esa época repartieron a cada familia árboles frutales, a nosotros nos tocó un manzano y un cerezo. Ese fue uno de los primeros objetivos que se propusieron los dirigentes. Y cumplieron”, indica.
Han pasado casi 50 años. Cuatro generaciones han crecido en el lugar. Sus nietos son parte de la más reciente. Con esfuerzo y sacrificio lograron construir lo que hay. “Con mucho sacrificio”, recalca Claudina, quien desde siempre ha participado en todas las causas que competen a su comunidad. Desde muy pequeña es dirigente vecinal, con ese estatus logró la construcción de la única área verde que tiene Pedro Aguirre Cerda: el Parque André Jarlan.
No es su única participación. Fue concejal durante doce años y ha militado en el Partido Comunista desde los once. Hoy es candidata a diputada por el distrito 48, correspondiente a Lo Espejo, San Miguel y Pedro Aguirre Cerda. Siempre ha luchado por conseguir mejores condiciones de vida para los suyos, trabajando -como dice ella- “junto a moros y cristianos”.


¿Las diferencias ideológicas entre vecinos quedan en un segundo plano cuando hay causas comunes?

Por supuesto. En mi familia -así llama a la comunidad- hay una diversidad absoluta. Pero cuando la desgracia golpea la puerta, florece una solidaridad innata. No hay discriminación entre nosotros. Eso sí, han venido personas tratando de imponer otros criterios: que estos son rojos, que estos otros amarillos, pero la gente no está dispuesta a eso.
Suena un poco raro que siendo comunista trabaje codo a codo con la iglesia, ¿cómo es eso?
Ellos han sido fundamentales para el desarrollo de nuestra comunidad. Hasta 1973, el padre Santiago, nuestro sacerdote, fue presidente de la junta de vecinos de la población. Un pastor evangélico fue dirigente vecinal durante la toma de terrenos. Para nosotros es natural, todas las dificultades las hemos resuelto junto a la iglesia católica y la evangélica. En la realidad se da que todos trabajamos juntos, independiente de la religión o la ideología. Eso que dicen que los comunistas no creemos es falso. Yo, por sobre todo, creo en el ser humano.


¿Conoció al padre André Jarlan?

Tengo los mejores recuerdos suyos. Era muy querido por todos. Un niño grandote, un francés inmenso que siempre andaba sonriendo. Tuve la suerte de ver a André días antes de que lo mataran. Había nacido Ninoska, mi segunda hija, y él vino a conocerla. Yo estaba en la cama, no me podía ni mover, cuando entró a mi habitación diciendo: vengo a conocer a la nueva María Protesta. La tomó en brazos. Y dijo que iba a ser igual que su madre, que estaría en todas las protestas. Nunca imaginé que no volvería a verlo.
¿Cómo es la vida puertas adentro en La Victoria?
Los problemas son muchos. Si bien las fachadas son hermosas, al entrar a las casas los patios traseros están llenos de mediaguas, con esas mismas maderas la gente construye los segundos pisos. Hay muchos allegados, la gente no se quiere ir porque acá la vida es barata. Muchos postulan a casas del Serviu y se van, pero pasa un par de años y vuelven. Echan de menos esta forma de vida, la seguridad de tener su vecino. Cuando alguien se enferma, cuenta con la solidaridad de la comunidad. En otras partes el aislamiento y el individualismo pesan. Aquí no.


¿Qué le parece el modelo actual en que los pobladores que acceden a una vivienda social del Serviu, deben ir a vivir a un lugar donde no saben quién será su vecino?

No hay concepción de diseño ni de barrio, todo es plano, todo es igual. En los departamentos de viviendas sociales, los narcotraficantes se toman el primer piso y se ponen a vender. El resto está jodido, ni siquiera pueden colgar su ropa en los patios comunitarios, ¡se la roban! Cuando tuve la posibilidad de hablar con la ministra de Vivienda y Urbanismo, Sonia Tchorne, le planteé que hay que poner mayor énfasis en el diseño: más calidad y menos cantidad. Hay que mejorar los barrios tomando su historia, mejorando lo que existe, modificando el entorno sin trasladar a la gente a otros lugares. Pero los terrenos son un capital que lo manejan los empresarios y las grandes inmobiliarias, ¡tienen ganancias inmensas! Los cambios de uso de suelo son pensados para ellos y no para los pobladores.


¿Es una consecuencia de los criterios con los que se desarrollan los planes reguladores?

Exactamente. Pero estos planes pueden ser una posibilidad de desarrollo para una comuna, siempre y cuando se tenga como prioridad a sus habitantes. Nosotros hicimos un diagnóstico: no tenemos centro cívico, no hay dónde pagar las cuentas. ¿Por qué no hacer un centro donde la gente tenga los servicios básicos sin la necesidad de salir a otras comunas? No es posible que el municipio esté tan retirado, cuando debería estar en el corazón, en el centro.

De vuelta al colegio

En agosto del 2005, Claudina Núñez fue distinguida como Miembro de Honor del Colegio de Arquitectos. Y con razones de peso. Porque durante bastante tiempo trabajó en colaboración con un grupo de arquitectos de la Universidad de Chile y alumnos de la USACH, con la idea de generar una propuesta alternativa al plan regulador comunal. Buscando desarrollarlo, realizaron talleres y asambleas con los vecinos. De esa forma, surgió un proyecto hecho por y para los habitantes de la comuna, “una experiencia inédita”, destaca. En este momento, esa propuesta es evaluada por una comisión del Minvu. “Tiene que ver con respetar las propuestas que han planteado cada una de las unidades vecinales. Primero, seguir manteniendo el destino de los terrenos que están dedicados a áreas verdes. No cederemos ni un metro. También proponemos sacar las torres de alta tensión, porque son nocivas para la salud y, además, las técnicas de construcción permiten soterrar el cableado eléctrico”, sostiene.
Y añade que “cuando supimos que el Plan Regulador Metropolitano de Santiago (PRMS) nos aplastaría, construyendo vías metropolitanas sobre las casas de muchos de nuestros vecinos, nos sorprendió, porque nunca aquí se nos informó lo que eso significaría. Ni siquiera cuando yo era concejal. Según ese plan, muchas viviendas históricas serían expropiadas y demolerían muchos edificios históricos. Aparte, permitirían la construcción en altura y con eso los precios de mercado segregarían a los victorianos. Y eso no es justo”.
No es extraña la firme defensa que ella hace de su sector. Porque, a diferencia de otros lugares de la Región Metropolitana, en La Victoria el espacio público se siente como propio. En los muros se pueden ver muchos murales pintados por los propios pobladores. Asimismo, a la altura de los cables de luz cuelgan muchas guirnaldas, dando un extraño ambiente de carnaval.


¿Por qué los adornos?

El pasado 30 de octubre cumplimos 48 años. Hicimos escenarios donde actuaron grandes y chicos. Recordamos a los que ya no están y rendimos homenajes a los más viejos.
Al preguntarle por los sufrimientos que vivieron en la década de los 80, Claudina guarda silencio. Luego, muy lentamente, comienza a hablar. “Lo pasamos absolutamente mal. Fue terrible, muy duro. Por eso mismo, el miedo no nos paraliza. Costó mucho, pero no lograron dominarnos. Nos allanaban las casas, perdimos a muchos de nuestros jóvenes y eso nos fortaleció.


¿Siempre se mantuvieron en la calle?

Incluso con toque de queda, organizábamos fondas que se llamaban El aprecué. En plena calle instalábamos parlantes, hacíamos concursos de rocanrol, cueca, palo ensebado. Lo más entretenido es saber por qué el nombre. Si aparecían los carabineros, todos salíamos apretando cueva. Después, hicimos la fonda El coronel, el que lo encuentra se lo deja para él, cuando habían secuestrado al coronel (Carlos) Carreño. Entonces la gente se daba pistas diciendo dónde podía estar. En ese período, las desgracias las transformábamos en humor y eso nos daba fortaleza. Piensa que nuestros cabros chicos jugaban a los enfermeros y a tirarles piedras a los pacos. Hacíamos campeonatos de fútbol y en verano abríamos los grifos para que se bañaran los niños. Esos eran nuestros métodos de evasión. Ahora, con el tiempo, la junta de vecinos compró piscinas y pasto sintético para que jueguen tranquilos.
Al más puro estilo de Joaquín Lavín…
No. Con duchas hechas con tarros agujereados, al más puro estilo de La Victoria.

CRISTÓBAL DUMAY / PERIODISTA
FOTOS: Ã?LVARO DE LA FUENTE

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