Felipe González: El guardián del espacio público

Felipe González le cobró la palabra a Dios. El Dios que le regaló el mundo, la naturaleza y el entorno a la humanidad entera. ¡González hará valer la Palabra Divina! No quiere que sólo algunos ciudadanos se apropien de un mundo que le pertenece a todos. Que lo encierren en cuatro paredes, lo llenen de tiendas, pongan guardias en las entradas y sectoricen la ciudad que sus ciudadanos deben vivir. “¡No hay que buscar más gente como uno, en la diversidad está el gusto!”, piensa.

Este colombiano ama los espacios públicos, los defiende a ultranza. Quiere que su Colombia querida, pobre y estigmatizada por las drogas y la delincuencia, renazca y cambie la percepción que el mundo tiene de ella.

“Bogotá está hecha a partir de la informalidad. En el sur vive la gente más pobre. En el norte, los más adinerados, la gente empezó a hacer ghettos para no relacionarse con la ciudad”, sentencia.
El auto le será muy útil, pero también ha sido una de las principales bombas que ha contribuido a la destrucción de la ciudad, como espacio público y lugar de convivencia. “El viaje en auto es entrar a una dimensión ajena, fuera de la ciudad. Se ve, pero no se vive, ni se oye, ni se conversa, ni se siente. Sin embargo, la motorización es algo necesario, casi inevitable”.
Según González, ver lo que pasa en el mundo desarrollado, le está dejando lecciones a América Latina acerca de lo que no hay que hacer. Ya sea porque no hay dinero, planificaciones o espacios, este lado del mundo está quedando atrás en esos avances macabros.
“Las autopistas de países más desarrollados convierten la vida en sólo un pasar. Nosotros tenemos la posibilidad de no cometer esos mismos errores. Nuestra misma falta de recursos no nos deja avanzar, sino más bien observar lo que está pasando en los países desarrollados. Combatir el problema del tráfico, con nuevas vías, es como combatir la obesidad soltándose un botón más del pantalón”.

Entonces, ¿cómo se pueden insertar estos trabajos de arquitectura en el espacio natural?
Por ejemplo, en ciudades chinas que he visitado, el espacio urbano se convierte en algo invivible, donde sólo puede pasar el vehículo, pero no vivir. Se desperdicia una oportunidad, aunque la obra de ingeniería es extraordinaria, el hecho de que se meta debajo del río, es afectar un recurso de vida importantísimo. ¿Qué pasa en el espacio de arriba? Esa parte de la naturaleza debería usarse para producir ciudad, para generar encuentro entre las personas, para vivirse.
Tenemos una gran herencia arquitectónica que rescatar. Hay que volver a la ciudad del siglo pasado, con un espacio público recuperado de la vida urbana que necesitamos.
En Bogotá, sólo el 20% tiene vehículo particular. El hecho de que lo público se haga para el vehículo, segrega de manera fundamental. Por eso, hay que desincentivar el uso del vehículo para la recuperación del peatón.

Muchas veces el arquitecto realiza grandes obras arquitectónicas, pensando en lo que él considera como lo mejor para la ciudad ¿Cómo se puede combatir ese poder enorme que tiene la profesión?

¡El ego hay que quitarlo, no conducirlo! El ego es individualista y egoísta. Uno debe formarse para ser el mejor intérprete de lo que la sociedad quiere, aunque a veces esta misma no sepa muy bien lo que quiere.
Cuando a los arquitectos se nos entrega la facultad de modificar el espacio, se nos da un gran poder otorgado por la sociedad con el que podemos hacer mucho bien o mucho daño.
Estamos entrenados para pensar en tres dimensiones y buscar la mejor forma de crear los lugares adecuados para la ciudad. Cuando un trabajo queda bien y ves a la gente utilizándolo como lo imaginaste, es reconfortante.

Ya ha estado varias veces en Chile ¿Qué le parece el trabajo de nuestro país en cuanto al tratamiento de los espacios públicos?

En el caso de Chile, me llama la atención que los arquitectos no dediquen tanto interés a los espacios públicos. Santiago me ha sorprendido por la espectacularidad de la geografía pero, además, por el hecho de que no le han sacado tanto provecho a la cantidad de áreas públicas que tienen, áreas verdes, lugares que piden que la gente los visite.

¿Cuál es la relación del tiempo en la ciudad, cómo afecta su estructura?

El rol del tiempo en la arquitectura tiene muchas facetas. En el recorrido de la arquitectura colombiana, por ejemplo, los edificios no deben entenderse una vez, sino a través del recorrido de este. Eso me parece valiosísimo, desde el punto de vista poético al menos.
Tiempo y espacio son conceptos que la arquitectura involucra simultáneamente, el tiempo está involucrado en la arquitectura permanentemente. El trabajo arquitectónico no es un objeto para mirar; es espacio que se vive y se transforma.
Es muy importante el hecho de que la ciudad está olvidando el presente, vive del pasado o del futuro. Con la noción del presente, mejoraría la ciudad. El vehículo particular lo pone a uno a pensar en lo que sucederá más adelante, hacia dónde va, hacia dónde se dirige. Caminar lentamente por la ciudad se está olvidando cada vez más.

Patrimonio no heredado

Colombia, como la mayoría de los países latinoamericanos, posee un rico patrimonio arquitectónico de cientos de años. Según González, gran parte de este legado ha sido derrotado por los deseos de crear una ciudad moderna, que trata de ir de acuerdo a los tiempos de otros países y no los de la propia realidad. “La modernidad ha transformado las ciudades de manera violenta. Tumbó espacios históricos de la ciudad. En Bogotá sucedió así, para hacer un nuevo modelo de ciudad más de avanzada”.

Entonces, ¿cómo hay que actuar frente a un cambio que parece irrefrenable?

Tenemos que aprender a convivir en las distintas épocas. Hay que fusionar todos los tipos de ciudad que tenemos y ver si sirven para mejorar la calidad de vida. Por ejemplo, en Chile, el uso actual que se le da a la Estación Mapocho como lugar de reuniones, exposiciones, conciertos, etc.
Estoy en desacuerdo con las zonas intocables del patrimonio, la herencia hay que utilizarla, pero con cuidado. Con vida se evita que se transforme en un museo de arquitectura, como ocurre en Cartagena de Indias, en Colombia.

Pero, lugares como los malls parecen irrumpir irremediablemente en la sociedad y la gente los pide, disfruta de ellos. ¿Qué se puede hacer al respecto?

Nada puede ser reemplazado en una ciudad por un mall. Cuando entras a algunos centros comerciales te revisan el bolso, eso es muy incómodo, estás entrando a un lugar que le pertenece a alguien, cuando la ciudad es de todos. ¡El mall deteriora la ciudad! Es una herencia de los Estados Unidos que no nos corresponde.
La ciudad está inventada para producir el efecto contrario de GCU, eso de buscar gente como uno, como sucede en los malls. Está hecha para que se produzca encuentro. Ir a un sitio para verse a sí mismo va en contra de todo. Estoy de acuerdo con los espacios públicos gestionados, pero el espacio no se puede privatizar. Sí puede suceder que la ciudadanía se apropie de él. Ir a un lugar para ver gente igual a mí va en contra de lo natural, lo que yo quiero es ver a las personas diferentes, enriquecerme de ellas.
La arquitectura no hay que considerarla por su uso, sino por su calidad espacial. Una cárcel puede transformarse en un museo, un convento en un centro de convenciones. El uso se adapta a las necesidades de hoy, pero la calidad espacial permanece y se transforma
Hay que hacer uso de la herencia con cuidado, darle valor. Renovar edificios. La muralla de Cartagena de Indias hoy es un lugar emocionante, que en su época fue construido para defenderse, hoy para tomarnos un ron y mirar el mar. La parte emocional permanece, pero hay que tocarla, revivirla.

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