
“La creación de un Parque es hoy un hecho indispensablemente ligado a los fenómenos de transformación de la ciudad en su conjunto, y completamente dependiente de otros factores (aunque estén contenidos en él de alguna forma) que van mucho mas allá del paisajismo, la higiene ambiental o el embellecimiento urbano.
En el momento urbano actual, en que las ciudades han completado su fase expansiva y colonizadora de su territorio periférico, la creación del Parque se relaciona sobretodo con los problemas que plantea la creciente artificialización del interior del territorio urbano.
La recreación de las grandes poblaciones metropolitanas, la recuperación de una escala de lectura de la dimensión geográfica de la ciudad, la identidad y el significado de la vida contemporánea y la educación pública en todas sus formas, son otros tantos motivos que subyacen en la necesidad del Parque Urbano.
En resumen, el Parque se relaciona con la idea del espacio público como receptáculo de las complejas relaciones de la vida social urbana y con los problemas de la formalización de ese nuevo espacio público”.
Jóvenes y niños representan parte considerable de la población del país y siempre se han constituido como símbolos de las esperanzas de evolución de una sociedad. En este sentido, es conveniente preguntarse sobre el rol y lugar físico que la sociedad les otorga en su práctica cotidiana. La experimentación ejercida sobre el espacio de uso público, representa la posibilidad concreta de aprendizaje y participación en la sociedad a través del trabajo, el encuentro, de sus intercambios y también de sus conflictos y responsabilidades.
El fenómeno de exclusión o segregación surge en la ciudad muchas veces como consecuencia de políticas sectoriales de Obras Públicas, Transporte y Vivienda, que al privilegiar trazados intercomunales, descuidan el espacio público de práctica diaria de niños y jóvenes en sectores periféricos. La existencia de espacios públicos inadaptados, impracticables o inexistentes en muchos casos, tiene por consecuencia una fuerte contribución a la generación de seres inadaptados, incapaces de construir una imagen de sociedad y un rol dentro de ella.
¿Esta situación no forma parte acaso de lo que estamos presenciando atónitos en la periferia de París y que perfectamente pudiera repetirse en nuestras ciudades?
A partir de un medio urbano de fuerte connotación negativa y percibido como feo, hostil y desintegrado, los jóvenes no tienen casi ningún poder sobre los lugares residuales que ellos ocupan o les han sido designados. Dentro de este panorama desalentador de políticas centrales para la periferia, es importante considerar también una cantidad de experiencias positivas. Esta situación se repite en varias comunas, dando cuenta de un nuevo espíritu y energía para enfrentar el mejoramiento de las propias condiciones de habitabilidad.
Práctica urbana
A partir de la lectura de los antecedentes de algunos procesos de urbanización de la periferia impulsados por el Minvu, se da cuenta de una visión que privilegia aún la solución habitacional en sí misma, en evidente desmedro de la vida social y calidad de vida de sus habitantes.
El espacio de uso público destinado al desarrollo e interacción de una comunidad y gravado como tal en la normativa vigente, salvo raras excepciones, no llega nunca a constituirse en obra o patrimonio común, pues es el remanente de la construcción de las casas, calles y cuando ya no hay financiamiento. Si bien la mayoría de las nuevas urbanizaciones contempla por ley la cesión o destinación de un porcentaje del loteo a áreas verdes y equipamiento (7% y 2%, respectivamente), esto ocurre siempre al final del proceso de asignación de la superficie destinada a la vialidad y a la superficie útil destinada a las casas.
Bajo este enfoque, las áreas de uso público no constituyen un factor de especial preocupación dentro de la urbanización como proceso, ni como producto que puedan exigir la autoridad, funcionarios, privados, ni tampoco finalmente los usuarios.
Parque urbano: problemas como una oportunidad
Conscientes del problema antes señalado, el Minvu, a través del Programa de Parques Urbanos surgido en 1992, recogió la necesidad y exigencia de integrar a la estrecha noción de área verde, el concepto más amplio de espacio público como soporte básico de integración social urbana. Y representó una voluntad de conquistar espacios públicos que consideraran elementos de identidad y referencia de la propia comunidad involucrada, lo cual evidentemente superaba el concepto de ornato asociado al diseño de “áreas verdes”.
A partir de los espacios residuales existentes, como cerros, canteras, bordes de río, basurales, vertederos y otros señalados como áreas verdes dentro del PRMS, se priorizaron los espacios con mayores potencialidades y oportunidades para su implementación.
La metodología de participación incorporó las demandas de cada comunidad involucrada, hizo explícitos los anhelos de urbanidad para cada parque como “espacio público” a través de algunos temas como: circulación, equipamientos, calidad, paisaje, durabilidad, seguridad, etc. Este enfoque significó un aprendizaje de participación en la práctica de todas las entidades involucradas acerca de las potencialidades y dificultades de una gestión ambiental urbana. La administración y mantención del programa consideró un presupuesto anual específico destinado a estas labores bajo la responsabilidad del Parque Metropolitano de Santiago.
El Programa de Parques Urbanos del Minvu ejecutó más de 10 nuevos parques urbanos en Santiago y otros en provincia, totalizando más de 200 nuevas hectáreas de parques y espacios públicos, entre ellos los parques La Bandera, Mapuhue, Lo Varas, Violeta Parra y André Jarlan.