
Lo escribí en el primer artículo que firmé para CA, una entrevista al escritor Carlos Franz donde el tema de conversación fue su libro La Muralla Enterrada. Aquel reportaje comenzaba con una frase que definía con absoluta perfección la relación que suele darse entre el mundo de las artes y la arquitectura. Las ciudades, decía Franz, no sólo se construían, también se narraban, se escribían y filmaban. Pues en este instante, en el aquí y el ahora, casi dos años después, cabe agregar que las ciudades también se sufren. Y en la historia reciente de Latinoamérica, nuestras capitales sudan demasiadas lágrimas.
No quiero pecar de autorreferente, pero creo que en este caso se justifica. Junto con mi trabajo como periodista, en el último tiempo he ejercido paralelamente como guionista de cine. Y mi pega más visible en este aspecto ha sido la película Se Arrienda, dirigida por Alberto Fuguet. Mucho se ha hablado del trabajo cinematográfico y literario de esta cinta, pero casi nada de su lado arquitectónico.
Cuando nos embarcamos en escribir este filme, teníamos muy claro dos cosas: por un lado, contar la historia de un tipo que ve sus sueños rotos y cree que lo que le sucede a él es lo peor que puede pasarle a alguien. Un tipo que ha encontrado comodidad en llorar sus desgracias. Y, por el otro extremo, contar y mostrar a Santiago de un modo como nunca antes se hubiera hecho en el cine chileno. Planteamos así la historia como una especie de road movie, pero a través de edificios de departamentos en lugar de carreteras perdidas. Un tour de force a través de la Región Metropolitana. Con esta premisa en la cabeza, tan importante como el iBook y el software Final Draft 6.0 (una maravilla para trabajar en guiones), fue el acto de caminar Santiago. Coleccionar esquinas, edificios, plazas, veredas y rotondas que nos narraran algún detalle en particular de la ciudad.
Rastreamos historias en cada centímetro de vidrio y cemento. Memorias en arriendo, memorias sombrías. Porque así como fuimos desempolvando relatos de amor y parejas, también fuimos abriendo los ojos a ese otro lado de Santiago, uno que muchos parecen querer olvidar, pero que es parte de nuestra historia. Uno que, acomode o no, nos ha marcado como habitantes, como santiaguinos.
Un casting en SantiagoEl 11 de septiembre de 1973 no sólo cambió el rostro de nuestra continuidad política, también lo hizo la cara misma de esta ciudad. Y en este punto no sólo me refiero a heridas físicas, como el bombardeo al Palacio de la Moneda, sino también a las implícitas, esas otras, que quedan en el aire, marcando el lado invisible de las cosas. Las ciudades no sólo nos dan hábitat, protección y seguridad, también dictan nuestro estado de ánimo. En 1973, Santiago de Chile se convirtió en una ciudad deprimida, una ciudad sin vida nocturna, sin bohemia. Una ciudad a puertas cerradas y selladas, una ciudad en silencio. Y en ella se escribieron leyendas y mitos, historias que en ese caso rozaron el genero del horror, pero el más personal y terrible de los miedos, ese que no tiene nada que ver con el lado sobrenatural de las cosas, sino con los reales fantasmas: espectros de lo cotidiano, resabios de la crueldad y el lado más perverso de los seres humanos.
Caminar por Santiago, con esta perspectiva, es equivalente a hacer un casting de un lado de la ciudad que todos parecemos ignorar. Casas y rincones protagonistas del sitio más oscuro de nuestra historia. Ahí está el Estadio Nacional, leviatán absoluto de Ñuñoa, coliseo de glorias, anfiteatro de horrores. Alguna vez catalogado de elefante blanco, desastre de exageración urbana que jamás sería repletado. Al final, sucedió todo lo contrario, lo que sin embargo no lo eximió de transformarse también en una suma de desastres. Adam Schesch, ex preso político que estuvo detenido en el estadio, recuerda en el informe Rettig: “La primera noche (,,,) se vivía algo que no se podría imaginar, un infierno: gente gritando, los soldados golpeando detenidos, lotes de detenidos entrando y saliendo. Los oficiales están muy excitados, parecen gente dopada para seguir funcionando”.
Leer las palabras de Schesch nos hace cambiar radicalmente la óptica frente a las cosas. Un grito de gol, un aullido maratónico en mitad de un Estadio Nacional repleto, puede transformarse en la estela de un centenar de espectros gritando de dolor.
De niño, uno de los lugares más mágicos de Santiago era el castillo del juguete de Rochet, ubicado en José Domingo Cañas con República de Israel, comuna de Ñuñoa. A mediados de los años ochenta, entre comerciales de Transformers y Silverhawks, pocos imaginábamos que a metros de ese lugar de sueños prepúberes, se gestaban algunos de los mayores horrores de nuestra historia. Hoy no quedan restos de la casa, que algunos llamaban Cuartel Ollagüe, prototipo de lo que llegaría a ser la Villa Grimaldi, enclavada en los faldeos cordilleranos. Allí, a metros del plástico y los vestidos de muñecas, fantasmas de gente que nunca más regresó, escondieron sus gritos en el corazón del silencio. Hoy, más de treinta años después, aunque la casa ya no existe, se percibe todavía en la esquina esa sensación de golpe, de amenaza, de un pasado que, pase lo que pase, nunca logrará arrancarse del todo de las formas de la ciudad.
Londres 38, en el centro de Santiago, parece unirse con una recta invisible con Villa Grimaldi, enclavada en una vieja hacienda en La Reina. El amanecer y el atardecer de la ciudad. Luz Arce, detenida en 1978, describiría el lugar con detalles de película de horror, “habíamos allí entre 70 y 90 personas, en una habitación infecta, sin aire, sin luz natural, sin alimentación, escuchando día y noche -cuando no nos torturaban a nosotros- cómo torturaban a las otras personas allí detenidas”. Villa Grimaldi ya no existe, en su lugar la ciudad levantó un memorial, una explanada a la memoria de treinta años de historia colectiva.
“Hasta hoy, recorrer Santiago”, habla la periodista Patricia Verdugo, “es para mí doloroso. Me sorprendo con los ojos nublados pasando junto al Mapocho. O en la muralla del Parque del Recuerdo donde acribillaron a mi amigo y colega Pepe Carrasco. Evito ir a la calle Bucarest, donde vivía mi padre y lo arrestaron”.
Haciendo casting de calles para una película, terminamos haciendo casting de la memoria más oscura de Santiago de Chile. Buscando locaciones para contar una historia de amor, terminamos revelando la fotografía más nebulosa de las calles de nuestra ciudad. Un Santiago que, a pesar de sus luces y neones, aún convive con sombras tenebrosas.
FRANCISCO ORTEGA / PERIODISTA