
En julio próximo, como ya es habitual, la Universidad de Los Andes de Colombia llevará a cabo la vigésima versión del “Taller Cartagena”. Durante cuatro semanas, más de un centenar de estudiantes provenientes de distintos lugares del mundo, además de varias decenas de académicos, se reúnen para compartir la experiencia de vivir la arquitectura y el patrimonio arquitectónico de la ciudad.
El lugar elegido como sede tiene un papel protagónico. A pesar de estar rodeado por extensos muros -“el corralito de piedra”, como llaman coloquialmente los colombianos al lugar-, el centro histórico de Cartagena de Indias no logra ocultar sus encantos ni mucho menos su espíritu caribeño. Los luminosos colores que visten las fachadas de las edificaciones, en su mayoría construidas en el siglo XVI, incitan a participar en este taller que, dicho sea de paso, es uno de los más importantes del planeta.
En rigor, la ciudad es un verdadero bastión de la arquitectura. En 1959 fue declarada Patrimonio Nacional de Colombia y en 1984 la UNESCO le otorgó el estatus de Patrimonio de la Humanidad. Pero la construcción de sus clásicos muros se inició en 1586, por encargo de la corona española, llegando a transformar a la ciudad en una verdadera fortaleza y hasta hoy se mantienen erguidos.
En Cartagena de Indias, la arquitectura se impone en el paisaje. Por eso es que quienes participan en el taller, durante las cuatro semanas de estadía, viven y respiran su potente carácter arquitectónico. Estos y otros factores transforman a esta ciudad en un contexto más que persuasivo para que los estudiantes y profesores se involucren intensamente en el taller.
Rol de arquitectos en el siglo XXI
Carlos Campuzano Castelló, arquitecto y profesor de la Universidad de Los Andes, asumió hace diez años la importante tarea de dirigir el taller y también el gran desafío de generar proyectos dentro de una ciudad histórica como Cartagena de Indias.
Desde que Campuzano tomó el mando, el taller asumió un nuevo rumbo, que se asume como la búsqueda de la reflexión respecto de la actitud y el rol que deben desempeñar los arquitectos en el siglo XXI, además de aprender a crear respetando la historia de los lugares.
Reunidos en torno a un mismo cuestionamiento, es decir, generar proyectos en un contexto histórico consolidado, una vez al año y durante un período de trabajo constante, los grupos, conformados por cuatro personas procedentes de distintos países, debaten y discuten sobre el problema.
“Esta instancia de aprendizaje de la arquitectura, intensa, durante un mes con todos sus días y sus noches, en un contexto nuevo y en un ambiente internacional, se transforma en un acontecimiento inolvidable. La convivencia y el trabajo se mezclan. La condición de asombro pasa a ser la mejor herramienta de aprendizaje y la ignorancia, una virtud que potencia el asombro”, explica Carlos Campuzano.
Hasta hoy, como resultado de esta experiencia, existen 525 propuestas surgidas de estudiantes y han pasado por sus aulas más de 80 académicos, como Rogelio Salmona, Hitoshi Abe, Enric Miralles, además de una larga lista de maestros chilenos. Ese es el objetivo principal, que año a año aparezcan nuevas respuestas a la cuestión planteada. Lo interesante es que surgen muchas y muy variadas, que generan una discusión abierta entre personas de edades y culturas muy distintas.
Aplanar el pavimento
Durante un mes, los más de cien participantes del taller conviven e intercambian ideas a partir de Cartagena de Indias. Los primeros siete días son para recorrer toda la ciudad, con el objeto de poder descifrarla y entenderla de manera integral. Para ello, es imprescindible conocer su historia, sus muros, su gente, sus hábitos, sus iglesias y también sus tradiciones.
Teniendo en cuenta que es imprescindible vivir la ciudad de la manera más intensa y acabada posible, el taller contempla una serie de visitas guiadas por las principales construcciones y lugares de la ciudad. El objetivo es simple: estimular a los alumnos y profesores para que se involucren en su arquitectura de la manera más profunda posible. Eso está apoyado por el desarrollo de pequeños eventos, que se encargan de promover el intercambio de experiencias entre los participantes.
Caminar con los ojos bien abiertos es un requisito importante y fundamental para poder analizar, revisar y criticar el problema arquitectónico propuesto. Además, está contemplado que cada persona que recorra la ciudad apunte en una bitácora todas las observaciones que le parezcan interesantes. Lo fundamental es que no dejen escapar detalles, es por eso que las imágenes también deben ser capturadas de alguna manera. Lo mejor puede ser que, con la ayuda de un lápiz grafito, alguien las dibuje en su croquera y retrate los colores de la ciudad con acuarelas o simplemente saque algunas fotografías. Pero la primera semana no es un trabajo individual, ya que en el taller se debe compartir. Es por ello que se realiza un seminario donde se conversan y discuten las experiencias adquiridas en el lugar.
Durante la segunda semana hay que exponer. Cada uno de los participantes presenta sus propuestas frente a los demás. Ese es el momento en que se debate y discute, y también es la hora de criticar y saber defender los proyectos. Es la hora de retroalimentarse de los compañeros.
Es en esta etapa cuando los grupos comienzan a desarrollar una idea arquitectónica, que sea viable y contextualizada en el entorno, y que resulte factible de ser desarrollada. Lógicamente, respetando las especificaciones que determina cada grupo de trabajo.
Los últimos días
Cuando se llega a la mitad del tiempo cumplido, es decir, la tercera semana, es cuando realmente comienza la acción. Durante esos siete días, los más de cien alumnos junto a veinte profesores se reúnen para discutir respecto de la complejidad de intervenir un contexto consolidado.
En el taller hay trabajo todo el tiempo, prácticamente las 24 horas del día, porque la interacción entre los participantes se da en todo momento. Por eso las ideas son expuestas, sencillamente, cuando se producen. Durante esa semana hay sesiones en las que todos participan, donde exponen y discuten los proyectos. Se confrontan propuestas y argumentos, y es el momento en que comienza a construirse un conocimiento que trasciende las propuestas particulares para abarcar la experiencia misma del proyecto.
Al acercarse el fin, normalmente los ánimos están arriba. Porque cuando comienza la cuarta semana, llega también el momento de compartir la experiencia ya digerida y asimilada, para dar como resultado una propuesta arquitectónica. El proyecto se dibuja, se muestra a escala, se explica y se da a conocer en su máxima dimensión.
Es el momento en que los grupos plasman sus proyectos en una exposición. Hay que tener claro que no se trata de una competencia, porque no hay mejores ni peores ideas, sólo posiciones distintas. El objetivo es aprender a trabajar sabiendo compartir los distintos puntos de vista.
Esos últimos siete días son claves, porque es cuando los arquitectos se replantean su manera de ver y sentir el oficio. Al mismo tiempo, se dan cuenta que han ganado un mes de experiencia como arquitectos y, por supuesto, también como seres humanos.
La experiencia de haber vivido cuatro semanas sólo “en taller”, en una cuidad patrimonial y en un contexto multicultural es notable. Aprendiendo bajo un sistema académico diferente al taller de arquitectura tradicional, no sólo por el entorno, sino también por la profundidad del proceso dada por la intensa convivencia, donde cada alumno debe aprender a convencer y a ser convencido, y donde se obtiene una nueva dimensión del sentido de ser arquitecto.
Información para inscripciones: http://cartagena.uniandes.edu.co/