Tradición v/s Realidad: La formación del arquitecto

Hablar de educación está de moda. Ya sea por su importancia en la competitividad de la economía en general, como por su impacto en los ingresos de las personas, la necesidad de aumentar la cobertura educacional y, más aún, de profundizarla en sus niveles superiores, es una suerte de consenso social.
La mayoría de los estudios asignan una importancia decisiva a la educación superior como principal mecanismo de movilidad social. En efecto, tanto estudios independientes (Beyer, 2000) como los realizados por el Ministerio de Educación  sugieren que el retorno de cursar una carrera universitaria es, en la mayoría de los casos, altísimo. Así se explica que sólo en los últimos diez años la matrícula de educación superior haya aumentado en más de un 90%, del cual más de la mitad es explicado por la educación privada .
En el caso de arquitectura, la matrícula de estudiantes ha pasado de 7.992 estudiantes en 1996 a 14.060 en 1994, lo que significa que cada año se titulan cerca de 720 arquitectos, casi el 10% de los arquitectos colegiados en la actualidad . Lo anterior ha significado que en un lapso de 25 años hayamos pasado de 6 escuelas de arquitectura a las 44 de la actualidad, que se han insertado en diferentes contextos sociales y geográficos, de forma de captar la demanda latente por educación superior.
Durante largo tiempo, el propio colegio profesional fue crítico de este proceso, arguyendo una inminente “saturación profesional”, que se expresaría en altas tasas de cesantía profesional y el consiguiente bajo nivel de remuneraciones . La realidad, al parecer, no necesariamente es tan pesimista -siguen matriculándose estudiantes-, lo que parece mostrar una ignorancia profunda de la profesión por parte de los futuros profesionales (y sus familias) o una confianza en que, después de todo, existe aún campo profesional para los arquitectos. Pues bien, ¿cuál es ese campo y cómo ha cambiado en estos últimos quince años?

Diferenciación curricular entre universidades

Históricamente, la reflexión acerca de la enseñanza de la arquitectura ha sido, al menos en Chile, un ámbito que concita poco interés por parte de la mayoría de los arquitectos. Pareciera ser que la idea de cómo enseñar arquitectura debiera emerger en forma natural del propio ejercicio profesional, por lo que estaría demás teorizar sobre ella. Esta desconfianza intrínseca del cuerpo profesional por sus mecanismos docentes en el fondo adhiere a la idea de que es la obra, no el texto, el lugar propio de la arquitectura. Así las cosas, son escasos los estudios que han analizado cómo se enseña arquitectura y, quizás más importante, cómo esta enseñanza enfrenta su escenario profesional.
Es probable que el más interesante de ellos sea el trabajo de Ã?ngela Schweitzer de hace ya 15 años (Schweitzer, 1990), que examinó el nivel de diferenciación de arquitectos salidos de diferentes universidades del país -a saber, egresados recientes de las universidades de Chile, Católica, Católica de Valparaíso y de Valparaíso-. A partir de ello, se retrataban varios perfiles profesionales diferentes (profesionalizante/ejecutor, de autor, especulativo y ejecutor con vocación social, respectivamente), a la vez que se planteaba un “perfil común arquitectónico”, caracterizado por una fuerte inquietud de carácter social que se expresa en una preocupación por los asuntos “de ciudad” . Schweitzer sostiene que si bien la enseñanza impartida en las universidades analizadas genera perfiles profesionales con ciertas diferencias, lo que básicamente caracterizaría a la enseñanza de la arquitectura en su relación con el medio profesional es un profundo “desajuste”, el que sería provocado por un relativo conservadurismo en los métodos y contenidos docentes con respecto a la naturaleza dinámica del medio profesional. Esta última demandaría profesionales con habilidades específicas y con capacidad de establecer un diálogo con los otros profesionales involucrados en el proyecto de arquitectura.
La autora centra su investigación en el ejercicio tradicional de la profesión -arquitecto diseñador de casas y edificios-, por lo que este desajuste estaría dando cuenta de la falta de pertinencia del currículo con relación a los saberes necesarios para la construcción del proyecto de arquitectura.
A primera vista, el asunto parece remitirse a un hecho bastante común en las escuelas de arquitectura de todo el mundo: mientras la docencia trabaja sobre un encargo ficticio, de carácter fundamentalmente especulativo, la realidad está constreñida por factores presupuestarios, normativos, infraestructurales, etc., todo lo cual perfila claramente un “desajuste” en la formación de los arquitectos. Sin desmerecer esta histórica crítica, acá sostenemos que este desajuste inicial (o de tipo “histórico”), inherente a la formación del arquitecto en mayor o menor medida, se ha visto incrementado en estos últimos quince años en Chile por un desajuste de carácter disciplinar, donde el ámbito profesional se ha expandido hacia áreas nuevas, como interiorismo, paisajismo o planificación urbana. Esto es especialmente cierto en, por ejemplo, las nuevas tecnologías de modelación y representación. Entiéndase bien: no es que antes no existieran arquitectos que derivaran a pintores, planificadores o poetas, pero parece ser que la diversificación disciplinar hoy en día es menos excepcional y más amplia que antes.
Lo anterior supone un interesante desafío para las mallas y procedimientos docentes, a la vez que obliga a replantearse la pregunta ¿qué tipo de arquitectos estamos titulando?, lo cual lleva a la pregunta ¿deben todos los arquitectos titularse de la misma forma?

El problema de titular arquitectos

En un encuentro reciente con carreras de arquitectura del país de distintos tipos (metropolitanas y regionales, tanto públicas como privadas) , el presidente del Colegio de Arquitectos, hablando a modo personal, se mostraba confiado en el futuro de los arquitectos en su desempeño profesional una vez egresados. Sostenía que, en un escenario de crecimiento sostenido del orden del 5-6% como el que Chile espera en los próximos años, el trabajo en la construcción debería abrir nuevos campos laborales (como lo ha hecho hasta ahora), de forma de acoger a los nuevos próximos contingentes de estudiantes recién titulados.
En tanto, la mayor parte de las universidades citadas adherían a la idea de que en los últimos años el campo profesional del arquitecto se ha ampliado hacia esferas antes escasamente exploradas. No obstante lo anterior, estos nuevos campos profesionales no suelen ser insertados en las mallas de la carrera salvo como asignaturas electivas, dando por descontado que el campo profesional del arquitecto por defecto sería proyectar casas y edificios. Esto se traduce en que en las formas de titulación para arquitectos es casi en su totalidad el proyecto de arquitectura , de carácter profesionalizante y donde deben comparecer la mayoría, sino la totalidad, de los contenidos enseñados durante la carrera. En los casos en que se permitían versiones alternativas (por ejemplo el formato de tesis), esta se encontraba reservada a alumnos sobresalientes de taller o bien debía derivar en una suerte de proyecto de arquitectura (“tesis proyectual”).
La razón fundamental esgrimida por las universidades para mantener el proyecto de arquitectura, es la propia naturaleza del título profesional en Chile, que es a la vez un grado académico y un título profesional, a diferencia de la mayoría de los países desarrollados -Francia, Italia, Reino Unido, Estados Unidos-, donde ambas instancias son asumidas en forma diferenciada por universidades y colegios profesionales, respectivamente.
Así, indirectamente, la universidad asume una cuota de responsabilidad sobre el ejercicio profesional de sus titulados, toda vez que por ley el arquitecto aún conserva prerrogativas importantes. Lo anterior se basa en la idea de que el arquitecto ejercerá en el área que la ley le reconoce como propia, aun cuando el campo profesional es cada día más hostil y competitivo, por lo que las posibilidades de los futuros arquitectos de ejercer en forma tradicional son cada día más reducidas.
Cabe preguntarse, entonces, ¿hasta cuándo seguir con esta idea, en la cual quien sale de la universidad necesariamente debe proyectar arquitectura y debe dedicarse a la arquitectura en su formato más tradicional? ¿No será posible superar esas preconcepciones y atender a la necesidad de diversificación en las formas de titulación? En concreto, ¿no es tiempo ya de permitir formas de titulación diferentes, como las tesis, la obra de arte o, eventualmente, una bien estudiada performance?

El dilema ético de titular arquitectos

Savater (1982) considera que la ética “es una convicción revolucionaria y, a la vez, tradicionalmente humana de que no todo vale por igual, de que hay razones para preferir un tipo de actuación a otros”. Actuar de manera ética significa necesariamente tomar partido por una opción, con la consiguiente postergación de otra.
Pues bien, sostenemos acá que el problema de titular arquitectos, más que un asunto de habilitación profesional o de responsabilidad de las universidades frente a las atribuciones dadas por el Estado, en el fondo es un problema de ética pública o privada. Mientras la primera estaría representada académicamente por el proyecto de arquitectura (que se supone sería la prueba de la integridad del estudiante como proyectista), la segunda, representada por formatos alternativos, buscaría perfilar al estudiante en ciertos nichos laborales definidos y atender a sus destrezas específicas.

Hacia dónde vamos

La continua expansión de la educación superior impone desafíos de forma y fondo a las actuales mallas curriculares de las carreras de arquitectura. Así, lo que en un principio se veía como un “desajuste” curricular al interior de la disciplina, ahora parece expandirse hacia otros ámbitos, lo que cuestiona la propia naturaleza disciplinar. El desafío parece ser doble: por un lado, las escuelas deben decidir ámbitos de instrucción, seleccionar contenidos y, finalmente, perfilar profesionales que llenen ciertas áreas del quehacer profesional. Por otro, la propia disciplina debe redefinir su ethos, su naturaleza profunda y su territorio común, para que logre atender a las parcelaciones definidas por la especialización.

Referencias
Beyer H., (2000): “Educación y desigualdad de ingresos: una nueva mirada”, en revista del Centro de Estudios Públicos nº 77, Santiago.
Savater  F., (1982): “Invitación a la ética”, Anagrama editores, Barcelona.
Schweitzer A. (ed), (1990): “El arquitecto en Chile: universidad y profesión”, Corporación de Promoción Universitaria, Santiago.
Tironi E., (2005): “El sueño chileno: comunidad, familia y nación en el Bicentenario”, Taurus editores, Santiago.

Fuentes de información:

www.mineduc.cl

 

PABLO BARROS / ARQUITECTO

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