
El depurado espacio moderno, con sus características clínicas, biológicas, medioambientales o sustentables, tiene su origen en el conocimiento del cuerpo humano y en la conciencia de la necesaria salubridad de la arquitectura y del espacio urbano. La modernidad en su racionalidad se definió eficiente, iluminada, ventilada y, sobre todo, aséptica.
Un caso ejemplar, que definió una conciencia medioambiental sanitaria, fue el París del siglo XVIII, donde se dio un debate en torno al insalubre Hotel Diêu, sostenido en una fuerte crítica de los médicos hacia los arquitectos, preocupados más bien por los estilos que por la función. Las investigaciones sobre el aire, de Antoine-Laurent Lavoisier, convocaron cambios en el criterio de diseño hacia una nueva arquitectura salubre iluminada y ventilada, como una “máquina de curación”, incidiendo en la edificación pública y progresivamente en la civil. Igualmente, esta inicial conciencia higienista, se trasladó al espacio urbano, afrontando el hacinamiento e insalubridad del trazado gótico parisino. Manifiesto realizado en la modernización urbana por el Barón Haussmann, que incluyó la literal “abertura” de los famosos bulevares, ventilando y asoleando la ciudad, e importantes obras hidráulicas, que evacuaron las pestilencias.
La reforma y conciencia higienista influyó, depurando la arquitectura y organizando la urbe hasta consolidarse en lo que finalmente hemos experimentado como el radical espacio moderno, lúcido del funcionamiento anatómico y psicológico del cuerpo, constituyendo la “máquina de habitar”, y su aséptico espacio liberado. En urbanismo, los retos planteados por la ciudad industrial se respondieron con zonificaciones que, básicamente, separaban áreas contaminadas de la vivienda, hasta llegar a la extirpadora “tabula rasa”.
En arquitectura, las obras que mejor sintetizaron esta nueva visión fueron los sanatorios antituberculosos, como el Purkersdorf (1903), de Josef Hoffmann, en las afueras de Viena; el Zonnestraal (1925-1928), en Hilversum, de Johannes Duiker y Bernard Bijvoet’s; el afamado Sanatorio Antituberculoso de Paimio (1929-1933), de Alvar Aalto; y el Dispensario Antituberculoso (1934-1938), de Josep Lluis Sert, en el Raval de Barcelona.
Una nueva arquitectura consciente emergió acogedora para el cuerpo enfermo, curando a través de sus espacios. Según Beatriz Colomina, “la arquitectura del siglo XIX fue maldecida como insalubre y sol, luz, ventilación, ejercicio, techos-terrazas, higiene y la blancura, fueron ofrecidas como medio para prevenir, sino curar, la tuberculosis”1.
Esa espacialidad trazó las rutas que seguiría la arquitectura moderna, rescatada por importantes teóricos, como Sigfried Giedion, en el libro “Habitar liberado. Luz, aire y abertura”2, de 1929, declarando la importancia de la relación interior-exterior, o aun en las arquitecturas y los mediáticos discursos de Le Corbusier, como “Aire, sonido, y luz”, pronunciado en la Acrópolis, en 1934, justificando en las necesidades del cuerpo contemporáneo el uso de fachadas acristaladas, dobles vidrios y aireación artificial.3
La llegada a Chile
En Chile, a pesar de que los primeros hospitales datan del siglo XVI (Nuestra Señora de la Asunción, en La Serena), igualmente podemos recordar la crítica sobre la insalubridad del Hospital San Juan de Dios4, que realizó el arquitecto Joaquín Toesca a fines del siglo XVIII. Pero las políticas progresistas que se trazaron, impulsando el desarrollo de la modernidad salubre, datan en gran medida de las crisis sociales desatadas desde la Guerra del Pacífico, pasando por las epidemias (viruela y peste bubónica), los terremotos de Talca y Chillán, la Gran Depresión Mundial y la crisis de las salitreras en torno a 1929, provocando el éxodo hacia las ciudades, y la consecuente aglomeración e insalubridad.
Una de las primeras instituciones que demostró el carácter sanitario de estas iniciativas políticas, fue la Caja de Seguro Obrero Obligatorio, de Enfermedad, Invalidez y Vejez, creada en 1924, amparada por el Ministerio de Salubridad. La institución fue la herramienta de acción gubernamental para mejorar la salud y el bienestar social, compuesta en su mayoría por médicos, pero también por arquitectos. Pretendían la construcción de viviendas salubres, sitios de esparcimiento, reposo, centros sociales y culturales, de los cuales pocos se realizaron. Su principal medio de difusión fue la revista “Acción Social”, una publicación de gran calidad editorial que divulgaba las ideas modernas de una Latinoamérica sana y social.
Desde las acciones de la Caja, las arquitecturas dispuestas a la salud pasaron a ser gestionadas por el Departamento de Arquitectura del Ministerio, a través del cual, en una primera instancia, se realizó la reposición de los viejos hospitales decimonónicos por una arquitectura moderna aséptica, adecuada a las expectativas progresistas de la nueva sociedad chilena.
Escuela de arquitectura hospitalaria
En 1944, se creó la Sociedad Constructora de Establecimientos Hospitalarios, institución claramente orientada hacia la racionalidad arquitectónica. En un principio, estaba encargada de los aspectos financieros de las obras diseñadas en los talleres multidisciplinarios del Departamento de Arquitectura del Servicio Nacional de Salud (SNS), hasta que en 1967 la Sociedad Constructora creó su propio Departamento Técnico, para el cual contrató a un gran número de profesionales del SNS.
El taller del SNS fue una escuela de arquitectura hospitalaria, comandada por el arquitecto Fernando Devilat Roca. Entre los integrantes se destacan el inglés Frank Fones, quien colaboró en el diseño del soterrado Hospital Roy Glover de Chuquicamata; Javier Rast, arquitecto suizo-alemán; el italiano Luis Zorzi; y el arquitecto Hernán Aubert. En el desarrollo de los proyectos, los arquitectos estaban muy vinculados a los médicos y a los administrativos del futuro hospital. El taller fue muy prestigioso, tanto que muchos de los arquitectos se convirtieron en asesores técnicos de distintas instituciones internacionales, como la Organización Mundial de Salud, la Oficina Panamericana de Salud, el Banco Interamericano del Desarrollo y el Banco Mundial.
Ellos realizaron una serie de valiosos edificios en Santiago, siguiendo los patrones de la racionalidad, como el Instituto Traumatológico (1937), el Consultorio del Servicio Nacional de Salud en calle Copiapó (1938), el Hospital José Joaquín Aguirre (1952) y el Hospital del Tórax (1954).
Las regiones fueron igualmente dotadas de estas estructuras sanitarias, como el Hospital de Arica, Coquimbo y Rancagua, por mencionar algunos. Pero podríamos destacar el de Antofagasta, construido en el período 1960-1966, donde se aplicaron las investigadas rutas funcionales de asepsia e infección, en tipología de torre y base, bajo soluciones medioambientales propias del medio desértico, con elementos arquitectónicos heredados de la acalorada modernidad brasileña.
Fueron diversas políticas y arquitecturas que fundaron el espacio de la salud en Chile, iniciadas por la Caja de Seguro Obrero Obligatorio, seguidas por el Departamento de Arquitectura del SNS, hasta consolidarse en la Sociedad Constructora de Establecimientos Hospitalarios. De esa manera, fueron concentrando todos lo esfuerzos en reunir a la sociedad chilena con la pretendida vida aséptica de la urbe contemporánea, configurando un espacio social donde salubridad y arquitectura se congregaron, a través de significativas acciones higiénicas de la modernidad chilena.
CLAUDIO GALENO / ARQUITECTO