
1) Las ciudades pueden ser cuerpos: organismos vivos que nacen, crecen y envejecen. Que mueren. Que enferman. Las ciudades como seres hechos de pulmones, corazón, hígados, vejigas, arterias. Con piel y pelos de barro seco, asfalto, hormigón, cemento; sufriendo alergias, heridas abiertas, cortes profundos, fracturas, cirugías plásticas. 2) Una teoría: la arquitectura como una disciplina médica o cosmética de la urbe. Los arquitectos como Troy & McNamara de “Nip/Tuck”, gente que repara la piel, pero que en realidad repara corazones. O rostros. Porque las ciudades tienen rostros, parecen personas. O sea: Lota como un anciano moribundo. Ñuñoa como un hombre de mediana edad que empieza a hacer jogging. Providencia como una anciana que sufrirá de una diabetes inminente. Valparaíso como un travesti obsesionado con un cambio de sexo. Rancagua como el cuerpo sano de una adolescente lleno de testosterona. 3) Los ciudadanos habitamos esos rostros -que son edificios o sitios baldíos o parques o autopistas- llenos de salud o enfermedad. Nos damos cuenta de lo que hacen, de la posición que ocupan en el cuerpo. El Forestal o el Parque Intercomunal de la Reina son pulmones. Plaza Italia como una cintura que se dobla. La Costanera Norte es una cirugía de emergencia donde se instala un bypass para prevenir un infarto. El barrio El Golf, un lifting desesperado hecho por un cirujano psicópata. 4) Todo lo anterior no es descabellado. Raúl Ruiz se queja amargamente contra dicha teoría, al decir que las ciudades tendrían un punto crítico, algo parecido a un corazón; “este mantendría unida toda la ciudad y, si se lo llega a tocar -un simple martillazo podría bastar- toda la ciudad se vendría abajo”. Por supuesto, reclama contra esta idea -su mecánica narrativa la encuentra anticuada y algo añeja- pero es cierta, por lo menos en las ciudades chilenas. Porque basta pensar en Santiago o en Viña, para darse cuenta de que la salud de las mismas dependen de sus ajados corazones que se aceleran, padecen de arritmias y soplos antes de infartarse. 5) Algunos síntomas de enfermedad: el camino a Ciudad Empresarial, colapsado por tacos a cualquier hora del día; la avenida Valparaíso en Viña abandonada a su suerte y convertida en un far west; todos aquellos accidentes vasculares en las estrechas calles de adoquines que rodean el centro; el exceso de vehículos es como el colesterol; la imposibilidad casi absoluta de bicicletas en la Alameda mientras el ruido se eleva a decibeles casi insoportables, como si fuera una tos carraspeada, una respiración entrecortada. 6) Algunos síntomas de salud, de baja intensidad, ejemplos de lugares de paz: el parque Bustamante, Los Dominicos, el San Cristóbal, cualquier ciclovía un sábado por la mañana. En cualquier caso, se trata de sitios secretos, celosamente guardados por los ciudadanos. Ellos intentan mantener la calma y la mente sana, atesoran esos pedazos de lozanía citadina y de aire, como la promesa de un lugar imposible, como algo que se atisba en el momento en que el sueño se funde con la vigilia. Para ellos es una medicina casera que repara los malestares del cuerpo cansado de la ciudad, una suerte de medicina casera que remedia los dolores con fe y algo de química –que, en realidad, es arquitectura- proyectando el alivio para las fiebres crónicas de nuestra capital.