
Las ciudades, como producto directo de la creación humana, deberían generar condiciones medioambientales ideales para las personas. Sin embargo, cuatro mil años de desarrollo de vida urbana documentada nos demuestran que esas aspiraciones no se han cumplido y que, quizás, nunca se puedan cumplir.
Pensemos sólo en la escandalosa y devastadora situación higiénica de París, que en tiempos cercanos a la Revolución Francesa todavía presentaba una mezcla de olores de excrementos, basura y el hedor dulzón a cementerio (ver “Pestilencia y Aromas Florales“ de Alain Corbin). Recordemos también las deplorables condiciones de vida en los barrios de trabajadores de las ciudades industriales inglesas, como asimismo en los sistemas de bloques, habitáculos y patios del Berlín fundacional, los cuales se repetían uno detrás de otro en series de hasta cuatro veces, haciendo imposible la entrada de un solo rayo de sol. O pensemos también en ciertos sectores de la ciudad contemporánea, en la que un visitante ajeno o un espectador no puede entrar sin poner en riesgo su vida, o en las nubes amarillentas de smog que flotan sobre varias aglomeraciones urbanas y que enturbian año tras año el cielo en tonos de gris, o en los infernales ruidos que se presentan en modernas calles de alta velocidad dentro de la ciudad.
Esto y muchos factores más demuestran que las ciudades tienen mucho que ofrecer, pero con carencias relativas que permitan garantizar una vida saludable, confortable y coherente con lo que es mejor para nuestra salud.
Independiente de ello, el fenómeno ciudad implica una historia de éxitos de creciente e interminable dinámica de desarrollo.
Los pronósticos sostienen que en el año 2020, sobre el 80% de la población mundial vivirá en aglomeraciones urbanas. La ciudad será, entonces, a corto o largo plazo el principal medio ambiente para la mayor parte de la humanidad.
El ideal de la ciudad ecológica
Mientras tanto, ya hemos despertado del sueño político-social del británico Ebenezer Howard, quien imaginó una ciudad ideal (“Wewyn Garden City“) a comienzos del siglo 19, la que armonizaría al habitante con la naturaleza, queriendo lograr una ciudad autárquica ideal de aproximadamente 32.000 habitantes, la cual podría crecer y multiplicarse libremente de acuerdo a sus necesidades.
Las ciudades actuales se encuentran interconectadas en distintos aspectos, en red entre ellas y su entorno, siendo por lo tanto menos autónomas. Los problemas causados por la ciudad en sí misma, tanto por los requerimientos surgidos de la necesidad de energía y recursos naturales, como también por el desarrollo social y económico, se traducen en esferas de influencia que van más allá de los límites urbanos.
El deseo de detectar y dominar tales fenómenos hizo surgir en los últimos años un nuevo concepto: el ideal de la ciudad ecológica.
La unión entre las palabras ciudad y ecología -concepto salido de la biología, que la ciencia define como la relación entre los seres vivos y su entorno natural- debe ser un término semánticamente manejado con sumo cuidado, porque también se refiere al equilibrio entre diversos bio-sensores (componentes de una comunidad) organizados y con la capacidad de estar en permanente autorregulación. Probablemente, una ciudad no podría poseer tales propiedades.
¡No importa! La combinación de estas palabras tiene para muchas personas un significado real y cargado con diferentes esperanzas: en ellas se cristalizan intereses de vida, como el deseo de un medio ambiente saludable, la obtención de las bases para una vida natural, incluso para las generaciones futuras, como también la mantención de los equilibrios biológicos y ciclos naturales. Y todo esto no sólo como una provocación para algunos desertores de las zonas rurales, sino también para la gran masa de los ciudadanos
Es ahí donde surgen preguntas como ¿compro la leche en botellas de vidrio o en envases tetrapack? ¿Con qué fuente energética funciona mi calefacción? ¿Con qué medio de transporte llego a mi trabajo? ¿Me alimento con productos orgánicos y correctamente tratados?
Pero, en realidad, ¿tienen estas preguntas algún significado? ¿No se trata más bien de contextos (o relaciones) globales que nosotros como individuos no somos capaces de vislumbrar ni dominar? ¿O son simplemente situaciones a las que estamos sometidos a merced del destino, como fue el caso del accidente nuclear de Chernobyl?
Estas preguntas son relevantes y necesarias, ya que formuladas en forma consciente y tratadas en todos sus sentidos, comprometen y tocan las bases de las relaciones entre civilización urbana y medio ambiente natural. Estos simples ejemplos también representan una amplia gama de problemas relacionados, que debemos aprender a dominar si deseamos sobrevivir de una manera aceptable: el problema de la basura, el consumo de agua, el tráfico vehicular, el consumo de energía y recursos, y muchos otros.
Lo fundamental al tratar estos cuestionamientos es la comprensión de la complejidad de estas relaciones (o contenidos) y no como postulado científico, sino como cualidades del conocimiento, y conciencia de todos y cada uno de nosotros.
Si los pronósticos anteriormente citados entran dentro de cierto margen de fluctuación, el conocimiento de tales relaciones debe pertenecer a elementos de formación intransables de todas las clases sociales. Debe llegar a ser parte de la formación básica y constituir la meta del comportamiento social. El asunto es que no se trata de si esto es factible o no, sino más bien de si se concreta a tiempo.
Los Problemas de hoy
La ciudad europea tradicional ha demostrado en el transcurso de su desarrollo histórico, que siempre ha estado en condiciones de reaccionar ante nuevos desafíos. Así como alguna vez fueron los problemas técnicos de la higiene de la ciudad y la prosperidad relacionada con la provisión del espacio habitable, hoy son problemas el consumo de suelo y naturaleza, la amenaza de las bases naturales de vida por la emisión de diversas partículas nocivas, pero además la creciente desarmonía entre las distintas clases sociales -también relacionada con una adecuada solución al problema de la vivienda- y la contradicción entre las estrategias a largo plazo e intereses económicos de corto plazo.
Entonces, la búsqueda de un equilibrio entre factores ecológicos, económicos y sociales, en el sentido de un desarrollo positivo del medio ambiente urbano, es una de las principales metas de la Unión Europea.
Actualmente, hay estrategias de largo plazo para la restauración y revitalización de distritos urbanos y zonas específi-cas. Una de esas estrategias cuenta con un programa bien dotado llamado “Urban”, que trata de sanear y proporcionar buena calidad de vida a zonas urbanas que han caído en problemas estructurales. Un enfoque integral, que incluye las distintas etapas de vida y una multitud de disciplinas especializadas, resulta especialmente importante. En el centro de las actividades es primordial la participación de ciudadanas y ciudadanos en el desarrollo de su ámbito urbano, y el desinterés de una convicción que entrega toda la responsabilidad a especialistas y políticos. En nuestra sociedad organizada democráticamente ya no existen personas o instituciones que, en virtud de su visión futurista y poder, pudieran tener a cargo el bienestar de sus ciudadanos. Incluso frente a problemas importantes relacionados con el bienestar de la comunidad, es fundamental buscar la mayoría, lo cual posibilita una decisión. ¡Ahora, como nunca antes, el destino de la ciudad está en manos de sus ciudadanos!
Alguna vez se prometió que “¡El aire de la ciudad os hará libres!”. Hoy la ciudad no es quien nos da la libertad, sino somos nosotros quienes estamos llamados a usar nuestra libertad para hacer de la ciudad un lugar inspirador, grato, seguro y, por sobre todo, saludable para nuestros descendientes.
HANSJÖRG LUSER / ARQUITECTO
Traducción Gabriele Stange/ Marcelo Huenchuñir