Crítica: El funcionamiento de las instituciones a la vista del ciudadano

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Al acercarse al nuevo Centro de Justicia de Santiago, el peatón adquiere la impresión de su tamaño. La enorme placa de acero, que se ha puesto unos dos pisos por encima de todo el conjunto formando un anillo virtual que se cierra salvando una gran luz sobre el acceso principal, causa algo de miedo. “Un agradable horror”, como definiera Joseph Addison el sentimiento estético de lo sublime. Pues se cumple aquí la caracterización de los teóricos del siglo XVIII, que pone a la arquitectura como el arte de lo sublime por excelencia y, especialmente, si sirve a esta idea la conexión cultural que asocia esta obra con la expresión institucional de un poder del Estado. “En democracia las instituciones funcionan”, dice un lema de la Concertación y la gran placa monumental subraya esa frase.

En una especie de alegoría constructivista de la Justicia Ciega, la unificación de los tribunales de Santiago bajo este mismo techo monumental conforma un núcleo urbano que se configura poderosamente autónomo, en medio de la decadencia del entorno. Como en la edificación carcelaria -hay una vecina, en este caso-, la sociedad hace visible a los ciudadanos las reglas de la libertad permitida o de la obediencia sumisa. Así, como afirmaba Foucault en “Vigilar y castigar”, si la cárcel moderna ya no es el mero encierro, sino que representa la utopía política de la eficiente reparación de la “deuda con la sociedad” y de la “corrección” del desadaptado, los Tribunales de Justicia representarán la otra complementaria del cálculo preciso de las faltas y la prescripción exacta de las penas.

Pero en el Centro de Justicia de Santiago se manifiesta también una nueva relación con el poder, que es propia de la Reforma Procesal Penal: ahora es la intimidad de los tribunales la que se expone al ciudadano. En la arquitectura de la reforma, las salas están abiertas al público y este puede asistir a las sesiones. Así, los cuerpos que forman el Centro de Justicia de Santiago son la antítesis del edificio cerrado y del proceso judicial secreto. El cálculo de las penas se hace aquí “a la vista de la ciudad”; eso se expresa en el atrio del conjunto y en las fachadas vidriadas e iluminadas, cuya imagen abierta ya no es la del templo dórico, sino más bien la de una organización conminada a la eficiencia, como un edificio de oficinas. Podríamos decir que el “funcionamiento de las instituciones” está a la vista en la arquitectura del Centro de Justicia de Santiago; en su interior, la reforma trabaja sometida, ella también, a una vigilancia: la de los ciudadanos. De tal forma, la garantía de la justicia radica en esa visibilidad desde “abajo” que tienen, para los ciudadanos, los procesos del poder de “arriba”. Algo así nos dicen las ventanas inclinadas del atrio. Y también la conformación elegante y austera del conjunto que, “analíticamente”, yuxtapone volúmenes y componentes diferenciados (escaleras, núcleos de ascensores, corredores vidriados, elementos soportantes y elementos soportados). Una arquitectura diseñada en cuerpos independientes, separados por juntas que muestran con claridad la elasticidad estructural que hace falta para enfrentar la fuerza de los terremotos. Es decir, una arquitectura expresiva del esfuerzo físico y mecánico de sus partes; una construcción levantada sobre y desde el suelo.

Entonces, ¿cómo pensar el significado de la escala monumental de la cubierta? Pues si la garantía de la justicia radica en los propios ciudadanos, ¿qué es eso que flota sobre las cabezas en la forma de una marquesina enorme? Poder y escala se complementan aquí en una relación problemática y, por cierto, bella.

por Alberto Montealegre Beach

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