El Cristo de La Matriz

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Historia urbana reciente: durante la década de los ‘90, los universitarios se tomaron el barrio puerto de Valparaíso. Pero fue una invasión algo temerosa: nunca cruzaron hacia el sector de la plaza Echaurren y todo lo que rodea a la Iglesia de la Matriz, aquel sector que luego la UNESCO declararía Patrimonio de la Humanidad. Ese espacio fue lo único que sobrevivió a la invasión de pubs, discos y bares que se instaló a unas cuadras de distancia y frente al mar.

Límite impreciso pero ineludible, se trataba de una línea imaginaria que separaba a esa bohemia incipiente de los verdaderos porteños: una barrera secreta que, en cierto modo, sellaba a un mundo en extinción sobre sí mismo. Se trataba del borde exacto donde la miseria porteña dejaba de ser turística y simplemente se convertía en el barrio donde porteños residentes convivían con una verdadera corte de milagros hecha de mendigos, locos y niños vagabundos, que contemplaba día a día cómo los edificios históricos -esos mismos que la UNESCO aspiraba a proteger- se quemaban y derrumbaban, convertidos en sitios eriazos y estacionamientos, desaparecidos por medio de legislaciones arbitrarias, pirokinesis imposibles, y justificaciones y decretos municipales impresentables.

Todo al lado de la Iglesia. Todo al lado del Cristo. Porque Cristo estaba por ahí. Un Cristo de madera oscura, porteño e imbatible. Un Cristo milagroso. Un Cristo de realismo mágico. Un Cristo porteño.

Porque el Cristo lleva ahí más de tres siglos. La historia es tan inverosímil, que llega a ser literaria: fue tallado por un escultor japonés por encargo del Rey de España para la Catedral de Santiago, cuando Chile todavía era una colonia. Nunca llegó ahí ni salió del puerto. Cuando por fin lo llevaron a Santiago, la carreta que lo llevaba se quedó atascada frente a una pequeña capilla miserable de una ciudad, que aún no era ciudad, y nunca se movió de ahí.

En 1688, un terremoto hizo subir las aguas del mar y el párroco de la Iglesia sacó el Cristo a la calle y eso detuvo las aguas. Realizó lo mismo en 1730 y de ahí en adelante ese gesto se convirtió en fetiche de las catástrofes naturales de la ciudad. Se volvió leyenda. Y la iglesia comenzó a llamarse así en honor suyo: Iglesia Matriz de Jesucristo El Salvador. Bernardo O’Higgins, se encomendó a ella en 1822, después de salvar con vida en un terremoto. En 1824, el futuro Papa Pío IX oró a sus pies. En 1971, un accidente -un terremoto más- le partió la cabeza. La repararon. Sigue ahí hasta ahora.

La ciudad, por supuesto, ha cambiado desde que llegó. Ella y el Cristo de la Matriz sobrevivieron juntos a invasiones piratas, incendios, saqueos, una guerra de independencia, otra civil, pestes y miserias incontables. Cada terremoto que el Cristo detenía, también hacía crecer a Valparaíso: cuando se detenían las aguas, los porteños echaban los escombros al mar y ganaban tierra, haciendo desaparecer la playa y aumentando la superficie habitable. Con ese Cristo como Santo Patrono, Valparaíso se edificó sobre sus propios restos, canibalizándose a sí misma para crecer hacia el horizonte.

Y aquel Cristo ha visto todo eso, con su cabeza inclinada, congelada entre la tristeza y el éxtasis, esperando a sus fieles. Y esos fieles han cambiado. Porque la ciudad también se ha corrido hacia el lado: la Matriz ya no es el centro de la vida en la ciudad, sino su memoria secreta. Y el Cristo es parte de una iconografía devota hecha a escala humana: es el Cristo de un barrio que huele a sexo y a miseria, lleno de bares secretos e inextinguibles, de ciudadanos rotos que recuerdan los puteríos incontables, de delincuentes legendarios jubilados que recuerdan las noches sin fin que ya fueron. Un Cristo que perdona los peores pecados, que son los cotidianos. Manuel Rojas escribió algo de eso en “Lanchas en la bahía”, donde todo sucedía a metros del Cristo de la Matriz: el deseo, el asesinato, el amor y la pena. Hoy no queda nada: la Iglesia de la Matriz ilumina las ruinas de una ciudad empeñada en venderlas como souvenirs tristes para el resto del mundo.

Así, la estatua del Cristo de la Matriz recuerda ese pasado legendario hecho del brillo de los cuchillos y de la melodía de las copas chocando en los burdeles como campanas de boda. A él se encomiendan los residentes del barrio, que también son las putas, los niños y los locos, mientras encumbran sus rezos y esperan que el mañana mejore y ese Cristo tallado por un japonés sin nombre esté ahí para salvarlos de cualquier desastre. Tal y como lo hizo antes, tal y como lo ha hecho siempre.

Alvaro Bisama / Escritor
Foto: Elisa Bertelsen

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