
A 100 kilómetros mar adentro de nuestras costas, la placa de Nazca se encuentra con la placa Continental. Ambas están en movimiento, pero Nazca es más rápida, con una velocidad de casi 6 mm/año y se hunde a nuestro pies. En tanto, a nuestras espaldas se levanta una cordillera llena de activos volcanes: Chile es un borde en movimiento.
Es en este territorio, el más sísmico del planeta, donde se ha construido nuestra cultura. Las ciudades han crecido de terremoto en terremoto, desde los primeros asentamientos indígenas de estructuras flexibles, pasando por la conquista, que llegó con su arquitectura europea de tierras “estables”, la cual colapsó en su mayoría, dejándonos casi sin patrimonio colonial. La historia de Chile relata constantes destrucciones y reconstrucciones, cada generación ha presenciado al menos un terremoto de gran magnitud y es esa constante, transversal a la sociedad chilena, la que se convierte en un factor cultural.
Porque aquí nadie se sorprende con demoliciones de arquitectura -valiosa o irrelevante- y, en general, no existe un apego emocional por lo construido. Talvez sea esa la razón de fondo para nuestro escaso amor por el patrimonio arquitectónico.
Esta condición ineludible del contexto, nos hace impensable proyectar sin ejes, ni fundaciones, ni juntas de dilatación, etc. La importancia de un proyecto de cálculo estructura es fundamental y cualquier arquitecto nacional que se precie de tal, debe tener nociones básicas de estructuras sismorresistentes.
Vivir en este borde en movimiento, condiciona la arquitectura a la racionalidad y determina ciertas maneras que podrían ser características de la arquitectura chilena. Para no caerse, se es flexible o extremadamente macizo. La falta de seriedad colapsa y la precariedad es una condición transitoria que, de un modo u otro, siempre está presente.
Cada gran terremoto o tsunami ha sido una gran lección, porque gracias a ellos se ha ido progresivamente condicionando la arquitectura y puliendo la normativa. Pensando en ello, presentamos esta nueva CA, que conmemora los 100 años desde que el 16 de agosto de 1906 ocurrió en Valparaíso uno de los sismos más destructivos de la historia de nuestro país.
Y, de paso, esperamos que el próximo gran terremoto no nos enseñe tanto como los anteriores. Que los muros cortina de los grandes edificios se mantengan firmes y que los suelos -incluso los de zonas pantanosas donde se ha construido periferia urbana o exclusividad turística como en La Serena- se comporten bien.
Paulina Villalobos / Directora revista CA