La mirada Selknam y Mapuche: La estructura ancestral

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Una idea común es que los pueblos desarrollan técnicas cons- tructivas que son coherentes con la abundancia o escasez de materiales y tecnologías apropiadas para la construcción, y que su desarrollo cultural puede medirse en función de las obras que dejan sobre los territorios que ocupan. Generalmente, resulta verdadera, sin embargo eso ha ocultado otras posibilidades de comprensión de la estructura, la materia y el significado que ello puede tener sobre nuestra forma de concebir la vivienda y de habitar.

La imagen de una casa no es igual en todas las culturas, ya que se va construyendo con el tiempo, transmitiéndose de generación en generación, encarnándose en los individuos de la comunidad.
Se ha dicho y aceptado que en la cultura chilena, la construcción en albañilería o en hormigón refleja nuestros anhelos y esperanzas. Pero, ese arquetipo de vivienda no ha sido siempre el mismo.

La tienda selknam y la ruca mapuche

El hombre llegó a Chile desde el norte, probablemente hace unos 12 mil años o un poco más, en diferentes oleadas migratorias. Sin un gran contacto entre los diferentes asentamientos humanos, muchos de estos pueblos conservaron los hábitos nómades, algunos establecieron asentamientos más perdurables y otros formaron poblados. Gran parte de estos pueblos no se desarrolló y se extinguió. Pero algunos perduraron más y se asentaron, fijando algunos patrones de construcciones que, pareciendo de gran simpleza, no están exentas de un gran simbolismo y contenido.

Entre esas construcciones pre-hispanas, resulta interesante des- tacar las de dos pueblos: selknam y mapuche. La tienda selknam es liviana, transportable, mínima, en que la estructura está confiada a elementos de madera muy esbeltos que quedan expuestos a la vista y son parte de la integridad del hombre, de su confianza en la naturaleza con la que convive, con la que tiene una especie de alianza, que demuestra, además, su total entrega a ella.1

En tanto, la ruca mapuche es más elaborada, la confianza estructural está entregada a un sistema de horcones y una viga maestra de madera que quedan a la vista por el interior, desde la cual se fijan varas de menor diámetro que tejen la cubierta y los muros de la envolvente, ambos recubiertos de paja. Llena de simbolismos, esta construcción sobrevive hasta nuestros días, pese a nosotros.2

Ambas construcciones comparten un aspecto fundamental: son estructuras esbeltas, de madera, internas a la construcción. El ce-rramiento es precario, pero no frágil: funciona y cumple el objetivo de dar cobijo, habitabilidad y, en el caso de la ruca, durabilidad.

Asimismo, las dos recurren a materiales orgánicos, tanto para la estructura como para el cerramiento y la cubierta lo que, más allá de la obvia mención a la tecnología y a los recursos disponibles, demanda una disposición especial, porque en ambos casos pu-dieron haber optado por usar otros recursos disponibles.
Así, dan cuenta de la confianza depositada en una estructura esbelta y en materiales de origen vegetal o animal, como si los que las usaron tuvieran, asimismo, una gran confianza en su propia estructura interior y muy poco temor de lo externo, entre otras cosas porque su construcción es consistente con su cosmovisión. Estructura y materia, en este caso, no son ajenas a su forma de ser en el mundo, a su forma de entender y sustentar el mundo.3 De esa manera, se mantuvieron probablemente por siglos, hasta hace solo un par de generaciones.

La llegada de los muros perimetrales

Con el tiempo, también del norte llegaron otras civilizaciones cultural y militarmente más fuertes: primero la invasión incásica, aunque no estuvo mucho tiempo ni logró cruzar más allá del río Maule por la resistencia mapuche; y luego la colonización española, que debió enfrentar la misma resistencia, pero llegó para quedarse. Incas y españoles proponen una forma muy distinta de construir, que podemos visualizar en la magnífica fortaleza monolítica y la potencia expresiva de los muros de Sacsahuamán o de Machu-Picchu y en la sencillez gravitacional de nuestras cons-trucciones del período hispánico, a menudo instaladas sobre las ruinas de las construcciones incaicas.

Estas formas de construir comparten un concepto muy distinto: nos enseñaron que las construcciones se hacen sobre grandes muros perimetrales, que cumplen la doble función de soportar la estructura de la cubierta y entregarnos una envolvente segura que nos separa de un exterior que parece ser cada vez más agresivo.

Desde entonces, para nosotros los muros perimetrales son estructura y manto, y lo incorporamos a nuestro ideario. Si era bueno para aquellos que nos conquistaron, no podía ser tan malo para nosotros. Pareciera que el miedo se instaló entre nosotros: nuestra tradición sísmica nos hizo renunciar a la altura, el temor al exterior, reforzó nuestra necesidad de separación, espesor y distancia entre interior y exterior. Esta forma de estructurar expresa, además, nuestra progresiva pérdida de confianza en la naturaleza, nuestro distanciamiento de ella y la rotura de la alianza que alguna vez tuvieron con ella los pueblos originarios.

Pese a que estructuras esbeltas, livianas y flexibles fueron parte de nuestro pasado remoto, y que han demostrado tener una excelente respuesta frente a las solicitaciones sísmicas, hoy seguimos prefiriendo las sólidas construcciones de muros macizos.

Esta forma de habitar poco integradora, que separa el interior (el nosotros) del exterior que la rodea (los otros), tiene también otras manifestaciones. Lo hemos hecho en la ocupación del territorio, mayoritariamente fundando las ciudades en los valles, entre cordilleras (muros)4. También lo hacemos hoy en nuestras ciudades, privilegiando el espacio privado y abandonando el espacio público. Mal que mal, somos un país que ha crecido separado del mundo por un gran muro: la Cordillera de los Andes.

Hacernos cargo de esta realidad quizás no cambie nuestra mirada, pero sí puede abrir espacios en que aniden la permeabilidad, transparencia, proximidad e integración. Nuestra arquitectura no habitacional, aunque en forma todavía aislada, tiende a incluir esta nueva forma de instalarse en el lugar. Talvez en el futuro seamos capaces de hacerlo con la vivienda y con la ciudad, para recuperar esa mirada integradora que hoy parece hacernos tanta falta.

1/ Ver Primer Viaje a Tierra del Fuego, Informe de Martín Gusinde, 2 de mayo 1919.
2/ Desde la minuciosa descripción de Claude Joseph en La Vivienda Araucana (Anales de la Universidad de Chile, 1931) hasta la reciente y muy documentada publicación de la Guía de Diseño Arquitectónico Mapuche para Edificios y Espacios Públicos, editada por la Dirección de Arquitectura del MOP en 2003, así como en escritos no publicados del arquitecto Miguel �ngel Contreras, se da cuenta que la ruca es receptora y expresión de la cosmovisión mapuche a niveles que nuestras propias construcciones de hoy difícilmente imaginan.
3/ En los Orfebres Olvidados de América (Museo Chileno de Arte Precolombino de 1991), Heather Lechtman hace una interesante reflexión sobre la metalurgia andina, en que la propiedad principal no era la dureza sino el color, no la función sino el significado.
4/ A diferencia de los mapuches y selknam, los pueblos originarios que habitaban el norte formaron poblados. Su forma de instalarse sobre el territorio, sin embargo, es muy distinta a la fundación colonizadora: liberaron el valle al cultivo y habitaron en las laderas.

FRANCIS PFENNIGER / ARQUITECTO

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