
En septiembre de 2005, partimos con un grupo de alumnos de la Universidad Diego Portales a la región de Tarapacá, recién devastada por el terremoto grado 7,9 de la escala de Richter, ocurrido el 13 de junio de ese año. El Serviu de la Primera Región nos había designado el poblado de Huatacondo como lugar a intervenir. Teníamos relativamente claro el plan de trabajo: levantamiento de las edificaciones existentes, clasificarlas por el tipo de daño que sufrieron y, luego, volver a Santiago para desarrollar proyectos-propuestas como un regalo a la comunidad.
Pero este regalo a la comunidad se transformó en una sorpresa para nosotros. Porque un terremoto tiene una fuerte carga negativa, ya que deja al descubierto falencias en la construcción que muchas veces cuestan vidas humanas y también develan la mala conservación de nuestro patrimonio. En resumen, desnudan una realidad para todos temporalmente olvidada.
Sin embargo, también genera una oportunidad: que esa desnudez nos muestre un Chile oculto en geografías extremas, un Chile que a un año del terremoto todavía sigue solicitando respuestas a sus demandas.
¿Por qué después de un año es tan difícil para el gobierno central y el gobierno regional dar respuestas a la población afectada? Principalmente, debido a que la gente que el terremoto nos mostró, no responde al chileno promedio, para el cual están hechas las leyes y normas que regulan los subsidios que los pudiesen beneficiar.
El nexo religioso
El pueblo de la precordillera de Tarapacá nació de la mezcla de dos culturas muy opuestas y, a la vez, tan fusionadas, en este caso, la cultura aimara y la del conquistador español.
Son opuestas desde muchos puntos de vista, uno de ellos es su arquitectura y su temporalidad en lo constructivo. Por un lado, los aimaras estaban acostumbrados a los terremotos, por lo cual sus construcciones tenían como base la tierra misma, una cueva o un muro de piedra y barro, cerrándose con ramas, quincha de barro o cueros que transportaban junto a su ganado. Tan fácil de construir y de reconstruir, y con una clara respuesta a su modo de vida, a un clima de extremos y, por supuesto, a su geografía sísmica.
Por otro lado, llegó un español tan arraigado a lo definitivo, sólido y sedentario. Ambos encontraron su punto de unión en su efervescencia religiosa, en la importancia que le dieron al lugar de culto, que hasta el día de hoy pareciera que el triunfo del cristianismo es una excusa para celebrar sus tradiciones milenarias.
Todo esto, que pareciera superado por el tiempo, renace con los efectos del terremoto. Porque lo primero que el pueblo nortino clama son el estado en que quedaron sus iglesias y capillas. ¿Y las viviendas, sistemas de agua y alcantarillado, y comercio? Para ellos constituyen algo importante, aunque no esencial.
Los pueblos aimaras viven por y para el culto de su fe, lo fundamental es participar en las celebraciones religiosas de su pueblo: Navidad, Semana Santa y el o los días de la Virgen, más la adoración de el o los patrones de cada pueblo. A lo anterior, se suman las fiestas de los pueblos vecinos. Es en estos lugares donde el alcalde o el cura párroco pierden su importancia y es el “fabriquero” (palabra que trajeron los españoles para designar al encargado de mantener los centros religiosos) el que tiene mayor peso entre la gente. Él es quien guarda las preciadas llaves del templo, el verdadero custodio de la fe, el hombre importante del pueblo.
Este modo de vida religioso y nómade regula su habitar transitorio, incluso su subsistencia básica, que es el pastoreo. Sus animales los acompañan entre pueblo y pueblo, y su venta se transforma en el ingreso de cada familia. También se da el cultivo en terrazas de algunas hortalizas y pastos, aunque es una tradición que se ha ido perdiendo. Infructuosos han sido los esfuerzos del gobierno y de algunas ONG por desarrollar plantaciones de cítricos con riego tecnificado, ya no son compatibles con pueblos nómades, que muchas veces no están durante los períodos de cosecha.
Por todo lo anterior, los pueblos reclaman la reconstrucción de sus lugares de celebración religiosa: la iglesia o capilla, la plaza frente a esta y las calles donde se realizan las procesiones. Pero la gente no se ha quedado tranquila esperando ayuda, aquellos pueblos donde los daños fueron menores o donde las reparaciones estaban a su alcance, solo tres meses después del terremoto ya estaban remozados y sin huellas aparentes de sismos recientes, aunque eso significara tapar con una lechada de cal grandes grietas en los enormes muros de adobe. No ocurrió lo mismo en aquellos luga-res donde los daños fueron mayores, en los que existían construcciones más sofisticadas de piedra, como fue el caso de Matilla, en que el hombre fue sobrepasado por la técnica y se quedó a mirar cómo su iglesia se venía al suelo, antes de recibir ayuda.
La falta de arraigo
Otro tema es la vivienda, que ilustra claramente la disociación entre una política pública y una forma de vida diferente. Al llegar a Huatacondo y conocer a sus pobladores, les informamos nuestra intención de trabajar sobre el tema de la vivienda y generar un proyecto que les permitiera postular a algún tipo de subsidio del Serviu. Ante tal comentario, la respuesta fue ¿dónde? ¿en cuál de los poblados que habitamos?
Ahí descubrimos que en estos pueblos precordilleranos no existe el arraigo a un lugar, las familias se han mezclado por generaciones y en un matrimonio se tienen, al menos, dos lugares de residencia. Ni hablar de títulos de dominio, eso lo han dado la tradición, la historia y la fe de bautismo, pero no el Conservador de Bienes Raíces. Sin un lugar de residencia claro, ni un título de dominio o con más de un dominio de terrenos del núcleo familiar, la posibilidad de obtener un subsidio es mínimo y, de lograrlo, les complicaría dónde construirlo.
Mientras el sistema no sea capaz de reconocer estas diferencias, no les va a llegar un subsidio de la manera que lo necesitan o los van a erradicar hacia lugares donde no pertenecen, como ha pasado con grandes movimientos de familias a Iquique, Alto Hospicio o Pozo Almonte. Por suerte, aquellos lugareños que alguna vez partieron a trabajar a los centros urbanos, puertos o mineras, ahora vuelven como jubilados a sus pueblos de origen.
Ni hablar de la educación pública, los municipios llegan a importar familias con hijos en edad escolar, para poder mantener el mínimo de alumnos que necesita una escuela rural, ya que los alumnos del altiplano se mueven con sus familias, haciendo imposible seguir una educación clásica, que pide un mínimo de asistencia. Lo anterior es doblemente dañino, ya que cuando se cierran las escuelas, las familias que quieren educar a sus hijos, los mandan a las ciudades, generando una migración obligada, origen de la pérdida de la cultura y de la muerte segura de un poblado.
Esta desnudez de Tarapacá que mostró el último terremoto, dio a conocer la historia oculta de Chile y nos compromete a preservar nuestro patrimonio cultural. Y no se trata solo de las ruinas precolombinas, iglesias o capillas centenarias, sino también de las culturas que les dieron origen, que las defienden hasta nuestros días y que están muriendo por una falta de comprensión genera-lizada ante su modo de vida.
Texto y fotos FRANCISCO DONOSO TAGLE / ARQUITECTO