
Las viviendas de los grupos sociales pobres de Valparaíso de comienzos del siglo XX, no podían ser sino precarias, tanto por la fragilidad de los materiales de su construcción, como por su emplazamiento en las quebradas de los cerros, donde proli- feraban los palafitos de madera. Los ranchos, llamados por sus contemporáneos cuchitriles, covachas o chincheles, hechos de cañas, ramas y barro, desafiaban la gravedad. En el cerro Monjas, por ejemplo, se podían ver “verdaderos milagros en equilibrio”, habitaciones que “se tambalean en el aire”1. Precarios y misérrimos también eran los ranchos y las casas subdivididas para el alquiler por cuartos (los conventillos) de la parte llana de la ciudad -“el plan”-, en los sitios menos privilegiados, al pie de cerros, receptáculos de basuras, aguas y barro de invierno. Otros estaban en el centro del Almendral, en terrenos más holgados, como la calle Maipú, actual Av. Pedro Montt, donde estaba el famoso conventillo “La Troya”, que albergaba a 500 personas2.
La demanda de habitaciones planteó un inédito desafío para una ciudad de sostenido crecimiento vegetativo en la segunda mitad del siglo XIX, que se transformaba en foco de atracción de inmigrantes nacionales y extranjeros, por su actividad comercial e industrial, y que dio origen a la parcelación de la ciudad en sectores urbanos preferentes y sectores marginales o decadentes. Estos últimos, fueron habitados sobre todo por campesinos venidos del interior -fenómeno de migración campo-ciudad común en Chile y otros países en dicho siglo-, acercados por el ferrocarril del sur, y el que unía Valparaíso y Santiago. Esta migración después fue incrementada por los cesantes de las oficinas salitreras. De 5 mil o 6 mil habitantes en 1822, pasó a tener 139 mil en 18953.
Un tercio de la población en conventillos
La respuesta a la presión demográfica sobre el escaso terreno plano de la ciudad fue, por un lado, el “aconventillamiento”, y por otro, el encumbramiento hacia los cerros con ranchos improvisados, o alquiler de cuartos en las calles pobres del plan. Ya en 1850 se sorprendían los viajeros al observar que dondequiera que las rocas lo permitían, se levantaban ranchos y en muchos casos los especuladores despejaban el terreno en pendiente para construir casas4, de modo de aprovechar el negocio que ofrecía la demanda. Pero también se construyeron edificios a propósito, se habilitaron antiguas casonas para alquilarlas por cuartos, o se reservaron terrenos del plan para arrendar “a piso”, que era levantar ranchos dentro de los muros de una propiedad. Además de las precarias casitas de laderas y lomos de cerros, había conventillos unifami- liares y multifamiliares en vastos sectores del puerto, Almendral y cerros. En 1905 se catastraron 1.619 conventillos, donde habitaban 54.794 personas en 18.314 piezas5, lo que representaba un tercio de la población total. El ya insoluble problema habitacional de Valparaíso antes que hubiera una política estatal, se multiplicó por el devastador terremoto de la noche del 16 de agosto de 1906 que, junto con el incendio que le siguió, destruyó 41 manzanas solo en el plan de la ciudad, y dejó 3.882 muertos y 20.000 heridos en una población de 163.000 habitantes6.
Problemas de salubridad
Los damnificados que perdieron sus viviendas -unos 60.000- convirtieron plazas y lugares abiertos en un tolderío, por la infinidad de carpas y barracones de emergencia, lo mismo en sectores periféricos como Las Habas, conformado por una ladera de Playa Ancha y vecino al lugar donde los carretones de la Policía Urbana depositaban las basuras7. El derrumbe de edificaciones y el desmoronamiento de ranchos, cerro abajo, aumentó la presión sobre los pocos conventillos que lograron mantenerse en pie. Muchos vecinos porteños que perdieron sus casas se fueron a vivir a la más holgada Viña del Mar8, mientras otros entregaron sus antiguas casas a la subdivisión y alquiler por el sistema de cuartos.
En la necesidad se vio un negocio: subieron los precios del alqui-ler mensual. Los inspectores de la Policía Urbana sólo podían controlar el estado de la construcción y la sanidad, pero según la documentación existente en el Archivo Municipal de Valparaíso, los propietarios no cumplían con los requisitos mínimos que contemplaba la Ordenanza Municipal de 1892 sobre Higiene de Conventillos. Los reclamos no eran de sus moradores o “conventille-ros”, sino de los vecinos que veían peligrar sus propias viviendas en caso de derrumbe del conventillo contiguo, al tiempo que se multiplicaban las quejas sobre los olores e insalubridad.
El aumento de la tugurización por efectos del terremoto trajo consigo alarma social ante los problemas de salubridad, que ya habían sido advertidos -el “higienismo” del que se hablaba a fines del silo XIX-, derivó ahora en un tema que comprometió a las autoridades y a la opinión pública de los sectores privilegiados de la ciudad. La razón: cundieron las epidemias en una ciudad en ruinas y hacinada, y la mirada se centró en los conventillos vistos como el origen de todos los males físicos y sociales. Se les estigmatizó: allí abundaban el alcoholismo, la violencia y las ofensas a la moral. Todo lo negativo de Valparaíso estaba en los conventillos: los niños tenían “rostros pálidos y macilentos, cuyo aspecto daba muestras evidentes de una avanzada degeneración física y moral que, unida a las miserables condiciones de vida, los colocaba en una situación especialmente propicia para recibir las influencias de todas las enfermedades y de todos los vicios”9.
En síntesis, el terremoto de 1906 destruyó las habitaciones de los más pobres de la ciudad. A partir de entonces, el problema se intentó solucionar por dos vías: la colonización cada vez más alta de los cerros, y la remodelación y reconstrucción de las viviendas populares, producto de una incipiente, pero sostenida preocupación de las autoridades por los ahora desatados problemas de insalubridad, que hizo transitar de los conventillos insalubres a los cités higiénicos que marcaron las décadas siguientes.
1/ La Unión, Valparaíso, 31 de marzo de 1911.
2/ Urbina, María Ximena: Los conventillos de Valparaíso, 1880-1920. Fisonomía y percepción de una vivienda popular urbana, Ediciones Universitarias de la Universidad Católica de Valparaíso, Valparaíso, 2002, p. 104.
3/ Archivo Nacional, Archivo Intendencia de Valparaíso, Vol. 778, 7o Censo general de la población de Chile, 1895.
4/ Walpole, Federico: “Visión de Valparaíso al finalizar la primera mitad del siglo XIX”, en: Boletín de la Academia Chilena de la Historia, No 6, 1935, p. 200.
5/ El Mercurio, Valparaíso, 13 de febrero de 1905.
6/ Urbina Burgos, Rodolfo: Valparaíso, auge y ocaso del viejo “Pancho”, 1830-1930, Editorial Puntángeles, Universidad de Playa Ancha, Valparaíso, 1999, p. 387-388
7/ Archivo Municipal de Valparaíso, Vol. 270, Alcaldía Municipal, No 118, 1916.
8/ Véase: Cáceres, Gonzalo, Francisco Sabatini y Rodrigo Booth: “La suburbanización de Valparaíso y el origen de Viña del Mar: entre la villa balnearia y el suburbio del ferrocarril (1870-1910)”, en: Pastoriza, Elisa (ed.), Las puertas al mar. Consumo, ocio y política en Mar del Plata, Montevideo y Viña del Mar, Buenos Aires, Biblos-UNMdP, 2002, p. 33-49.
9/ “Informe del Inspector de la Oficina del Trabajo sobre las condiciones de vida en los conventillos de Valparaíso”, en: Boletín de la Oficina del Trabajo, No 2, 1911, p. 14.
XIMENA URBINA / HISTORIADORA