
A las 19:55 horas del 16 de agosto de 1906, se registró la primera sacudida de la tierra que, según muchos testimonios, duró cuatro minutos, provocando daños de grandes proporciones. La gente se lanzó a la calle, muchos fueron aplastados al desplomarse las fachadas, otros cayeron bajo el peso de cornisas, muros y balaustradas. Luego, vinieron quince minutos de alaridos y búsqueda de sobrevivientes, hasta que se produjo el segundo movimiento, más breve pero mucho más fuerte, con el cual se completó la destrucción de barrios enteros. Pronto, fue acompañado por un tsunami, posteriores incendios y derrumbes, que causaron la destrucción casi total de la ciudad de Valparaíso.
Ante ese caos, la población porteña tuvo dos opciones: se instalaba en los antiguos trazados de las poblaciones Bueras y San Juan del Puerto, actual meseta de Playa Ancha, construyendo atractivos chalets de madera; o prefería las oportunidades que ofrecía el proceso de reconstrucción de Viña del Mar. “El hecho es que en Valparaíso se inició, a partir de 1906, un verdadero éxodo de familias hacia Viña del Mar”, contándose industriales, comerciantes, empresarios bancarios, abastecedores, todos en compañía de su propia servidumbre.
Esta verdadera ocupación por parte de la clase alta, identificó a Viña del Mar como un lugar de intensa actividad social, centro de las tertulias y de los encuentros. Durante las primeras décadas del siglo XX, Viña del Mar presentó la inmigración “de decenas de familias de ascendencia anglosajona, especialmente británicos, en las apacibles quintas de El Salto o Las Salinas; en los prolijos y flamantes barrios de Chorrillos y Miraflores o sobre la playa de Miramar” .
Tanto en Valparaíso como en Viña del Mar, la vivienda para las clases trabajadoras y la burguesía se convirtió en un paradigma catalizador del nuevo esquema urbano, situación que solo fue factible de concretar como respuesta a la necesidad de reconstrucción que trajo el terremoto de 1906. Esa situación alentó la aplicación de la Ley 1.838 de Habitaciones Obreras, promulgada en febrero del mismo año, convirtiéndose en un factor de extensión del radio urbano de Valparaíso y con lo cual se implementaron los primeros esquemas de población bajo modelos planificados, masivos e higiénicos.
Junto al terremoto, la celebración del Centenario de la Independencia Nacional de 1910, permitió desencadenar un inusitado impulso constructivo en ambas ciudades. Eso facilitó la entrada de nuevos materiales y esquemas arquitectónicos importados de Europa y Estados Unidos, que adaptados y reinterpretados a la realidad local, permitieron dar respuesta a la condición geográfica, material, sísmica y cultural de Valparaíso y Viña del Mar.
Transformaciones en Valparaíso y Viña del Mar
En Valparaíso, el sismo destruyó gran parte de la zona del Almendral, cuyas construcciones se habían levantado sobre terreno arenoso y de relleno. La catástrofe se acrecentó con los numerosos incendios y aludes que sucedieron a la sacudida, acabando con manzanas completas.
El 6 de diciembre de 1906 se dictó la ley 1.887 de Reconstrucción del Almendral, facultando al Gobierno un empréstito con Inglaterra por 1.600.000 libras esterlinas. Esta ley tenía como objetivo precaver a futuro nuevos daños causados por inundaciones y terremotos, mejorando las condiciones higiénico-urbanísticas, e incentivando la racionalización en la ocupación del espacio y la definición de zonas comerciales, fabriles y habitacionales.
Los trabajos financiados se sintetizaron en una serie de importantes transformaciones en la planta urbana, con lo cual se construyeron nuevas avenidas, se rectificó y ensanchó el trazado de otras, y se aceleró la urbanización de cauces y laderas. Luego, en 1910, se iniciaron las obras del Camino Plano entre Valparaíso y Viña del Mar, permitiendo no solo la fácil vinculación entre ambos territorios, sino también el inicio de la tendencia de uso del bordemar viñamarino al destino turístico. Igualmente, se acometieron nuevos tramos del camino de Cintura, que hicieron posible una expedita comunicación de los cerros en la parte alta de la ciudad.
En tanto, en Viña del Mar el terremoto significó un hito determinante en el desarrollo urbanístico y arquitectónico de diferentes sectores. Crónicas de la época dieron por perdidas más de 30 elegantes mansiones en la población Vergara. Inmediatamente después de la dinámica telúrica, se añadieron los obligados siniestros que terminaron por consumir lo poco que quedaba en pie. En un espectáculo dantesco entre sacudidas, réplicas e incendios por doquier, la ciudad registró inundaciones que convirtieron a sectores como la calle Limache en verdaderas lagunas del Apocalipsis, abriéndose “frente a la Refinería de Azúcar… una profunda grieta por donde salía agua a borbotones e igual cosa sucedió en varias partes de la población Vergara”.
Lo positivo fue que al poco tiempo Viña del Mar experimentó un auge acelerado de la construcción de obras nuevas, a la par de algunos casos en los que fue posible reparar o reconstruir.
La llegada de la nueva arquitectura
La cultura arquitectónica de Valparaíso y Viña del Mar, vinculada al efecto sísmico de 1906, permitió la decidida transición desde la desgastada etapa tardohistoricista y ecléctica, para ir abordando experimental y paulatinamente los cambios tecnológicos, programáticos y espaciales preconizados por el Movimiento Moderno. Sanitariamente, se proveyó mayor y mejor iluminación de los recintos, adecuada ventilación, circulaciones racionales, con lo cual se dejó al estilo relegado austeramente solo al trabajo de fachada. A partir de esa época y hasta 1930, se registraron relevantes aportes arquitectónicos por parte de profesionales extranjeros y nacionales avecindados en la zona, formados en el gusto de la burguesía, entre los que destacó la obra de Alfredo Azancot L., Arnaldo Barison y Renato Schaivon, Alberto Cruz Montt y Roberto Dávila Carson.
Al mismo tiempo, el terremoto puso de relieve la necesidad de readaptar la forma y métodos constructivos, obligando a los arquitectos a abandonar esquemas netamente formalistas, evitando la repetición de la tragedia urbana de 1906, asegurando un intenso compromiso con los nuevos programas arquitectónicos y funcionalidad racional de la obra.
Por ejemplo, en Valparaíso surgieron sistemas basados en muros perimetrales en base a albañilería arriostrada con pletinas metálicas. Internamente, los recintos fueron divididos con tabiquerías de madera y relleno de adobillo, estructuralmente flexible y sísmicamente eficiente. Ya a partir de 1913 y producto de la necesidad de construcciones de mayor altura, el puerto vio la aparición de los primeros sistemas basados en rieles metálicos con recubrimiento de hormigón en masa. Por otro lado, el repertorio programático se nutrió de nuevos edificios públicos tales como el Teatro de la Victoria, y la nueva Intendencia en plaza Sotomayor ambos de 1910, Mercado del Cardonal de 1912, Biblioteca Pública Santiago Severín de 1920, Bolsa Comercial en calle Prat de 1915. La primera vivienda social, como programa arquitectónico-político iniciado en 1906, logró desplegarse en importantes sectores montanos de la ciudad, tales como Playa Ancha, cerro San Juan de Dios y cerro Barón, intervenciones a cargo de diversas Cajas de Ahorro, planteando por primera vez un modelo de planificación masivo que ayudó a urbanizar los cerros, mejorando la conexión vial entre estos y el “plan”.
Mientras que en Viña del Mar se impuso una arquitectura constituida por villas, chalets, cottages y castillos, tipologías que hicieron de la madera, la impronta romanticista y el espíritu derivado de la ciudad jardín, sus mejores aliados.
Tecnológicamente, a partir de 1906 Viña del Mar desplegó un amplio repertorio de arquitecturas residenciales, comerciales y recreacionales construidas en madera. En ese período, la arquitectura respondió notablemente a los requerimientos programáticos de la pujante “ciudad jardín”, llegando a caracterizar paisajísticamente a la ciudad hasta muy entrada la primera mitad del siglo XX.
Sin embargo, la homogeneidad arquitectónica que marcó al paisaje de Valparaíso y Viña del Mar a partir de 1906, se ha visto expuesta a diversas presiones y condicionantes, no siempre relacionadas con los sismos, las que han afectado su mantenimiento hasta nuestros días. Esto es especialmente notorio en Viña del Mar, donde se ha perdido gran parte del patrimonio heredado del período post-terremoto de 1906. En cambio, Valparaíso, sin experimentar la presión inmobiliaria de Viña del Mar, ha conservado la arquitectura y el trazado surgidos en respuesta al desastre causado por el terremoto.

MARIO FERRADA / ARQUITECTO