Todos Juntos
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Hace mucho tiempo, las comunidades recorrían el territorio en busca de comida, hasta que descubrieron cómo dominar el territorio para la producción de alimento y decidieron “estar”. La forma de organizar la comunidad evolucionó para poder vivir en el lugar más apropiado y con roles individuales que aportaban a la vida en conjunto. La ciudad es el producto depurado de esta evolución y la ciudadanía es el cuerpo responsable que la habita.

Entonces, la esencia de una ciudad es muy simple: vivir todos juntos en el mejor lugar posible y de la forma más eficiente y productiva. Si esta esencia se pierde, la razón para estar juntos deja de tener sentido y la ciudad, como producto cultural, también deja de tenerlo y entra en crisis.

Presentamos en este número la expresión de la ciudadanía como respuesta a esta crisis. La manifestación es positiva, porque implica retomar los vínculos entre vecinos y asumir roles de responsabilidad que conforman la esencia de la ciudad, ya que retoman la relación entre el territorio y la comunidad que lo habita.

Por un lado, están aquellas comunidades que estiman su contexto construido y ven con impotencia cómo es destruido, buscan proteger los vínculos y redes que nacen de una ciudad a la que se quiere. Por otro, están los habitantes urbanos que se sienten vulnerables, no quieren o le temen a los otros y buscan acorazarse a través de barreras arquitectónicas. Quieren “estar”, pero no juntos. Cuando la desconexión urbana es un valor que se persigue activamente, la aislación es una meta, la comunidad entra en crisis y se contradice la esencia de cuidad.

La pérdida de esta esencia es la destrucción de la ciudad, “estar” sin conexiones genera aglomeraciones y no ciudades. En ellas el auto es un medio vital, que no solo sirve de conector sino de coraza, para protegerse de la vulnerabilidad mortal del espacio público, que es la resultante de edificios herméticos, acorazados por cámaras y pistoleros que resguardan los accesos para que los “otros” no vengan donde “nosotros”.

La verdad es que ninguna mega ciudad goza de buena salud. Y ningún país que promueva los ghettos (poblaciones desconectadas física y/o socialmente) puede aspirar a tener ciudades seguras. La desconexión que genera la marginalidad, además de desigualdad o sensación de inequidad, provoca rabia y violencia, aquí, en Sao Paulo o en París.
La urbanidad consiste en una serie de códigos básicos de conducta, basados en el respeto al otro. No es solo válido para las personas, sino también para edificios, calles y autopistas, es decir, todos los participantes de una cuidad. La violación de los códigos básicos de conducta entre personas, es la delincuencia tan temida, pero también hay edificios calles y autopistas que delinquen en su contexto edificado.

Conexión y desconexión, barrio y ghetto, vínculos y delincuencia, en todas estas alterativas la ciudad tiene algo que decir, y las políticas de desarrollo estatales y locales tienen una responsabilidad que retomar.
Entonces, la forma de hacer ciudad es esencial respecto de propuestas públicas relacionadas con el comportamiento de la comunidad. Por ejemplo, con el combate a la delincuencia, ya que no es casualidad que el adjetivo marginal esté asociado con las malas maneras de personas sin urbanidad y que ellos provengan casi siempre de la desconexión urbana; y que las ciudades preocupadas de su tamaño y diseño sean amables y felices, versus aquellas que descuidan su crecimiento.
Promover la descentralización para evitar la hipertrofia urbana, evitar construir periferia sin conexión, son decisiones de estado que necesitan una reacción urgente y un desarrollo responsable e inteligente.

Porque la ciudad es un éxito histórico probado -no así la aglomeración-, la ciudad es un símbolo de nuestra civilización, y la interacción y multiplicación de los vínculos producen ideas, negocios, cultura y prosperidad. Rescatando la esencia, integrando los roles en una red construida en el territorio para vivir todos juntos.

Pauilina Villalobos / Directora Revista CA

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