
En un perdido barrio de Pudahuel, un anónimo e iluminado urbanista bautizó las calles con los bellos nombres de Inspiración, Nostalgia, Soledad, Lejanía, Ensueño y Melancolía, regalando a sus habitantes la maravillosa oportunidad de decir algo poético cada vez que les preguntan la dirección.
Sin embargo, este caso es solo la excepción que confirma la regla: si en las áreas centrales predominan los nombres de próceres de muchas veces desconocida fama, a medida que se avanza hacia la periferia los libros de historia dan paso a la generalmente pobre imaginación de inmobiliarias y urbanistas municipales, que para no meterse en líos y con tal de no estrujar mucho sus cerebros, recurren a flores, árboles, pájaros, piedras y un largo e insulso etcétera para denominar la vialidad que estructura nuestros suburbios. De hecho, en la Región Metropolitana hay trece calles Las Pataguas, diecinueve Las Acacias, veintidós Los Lirios y ¡veinticinco! El Canelo.
En sendas poblaciones de Recoleta y La Florida son homenajeados los elementos químicos, que al parecer bien merecido lo tienen. En pocas cuadras, los escolares de dichas comunas pueden empezar a familiarizarse con la árida tabla periódica con solo mirar la señalética de las calles Bismuto, Sodio, Azufre, Zinc, Cobre, Uranio y Fierro. En Quinta Normal fue el turno de los automóviles: Citroën, Ford, Chevrolet, Renault y Fiat, mientras en Maipú es el fútbol argentino el que llena de gloria las calles con los nombres de River Plate, Boca Juniors, Ferro y Platense. Si hasta dictadores de triste memoria, como Stalin y Francisco Franco, tienen su homenaje urbano en Cerro Navia y La Pintana, respectivamente, mientras en Pedro Aguirre Cerda algún burócrata decidió bautizar una importante vía con el administrativo nombre de Plano Regulador.
Aun más interesante es lo ocurrido en Puente Alto, donde se inculcan valores a la comunidad a través de la denominación de la trama vial de una villa, encontrándose así las calles Lealtad, Sabiduría, Constancia, Humildad, Dignidad, Caridad, Deber y Fidelidad. Como el diablo siempre mete la cola hasta en las iniciativas más loables, entre medio de todas estas arterias aparece la calle Abogado, presente quizás para recordarnos las contradicciones de este mundo.
Otros lugares han tenido peor suerte. En Alto Hospicio, un campamento que de la noche a la mañana se convirtió en una ciudad de calles polvorientas donde setenta mil personas viven en la más absoluta precariedad urbana, la pobreza se ve reflejada hasta en los más pequeños detalles, incluso en el nombre de las calles, o mejor dicho en la inexistencia de ellos. Hasta el sector de La Pampa, donde casi 2.500 familias viven en condiciones miserables, llegó a trabajar Kafka, el arquitecto urbanista, quien con tal de salir luego del embrollo desparramó números en las calles como si se tratara de un inventario vial. Decidió que a la calle 1 la siguiera el pasaje 15, a este la calle 17 y a esta última el pasaje 26. Los números intermedios los repartió al azar en el resto del plano, misma actitud que le permitió cambiar cuatro veces el nombre a una vía recta, que a medida que avanzan las cuadras se llama calle 7, calle 100, calle 45 y calle 108. Presa del agotamiento intelectual, resolvió dejar la mitad de la población sin ningún tipo de denominación. Seguramente pensó que era innecesario para gente que tarde, mal y nunca recibe correo, y que por lo tanto puede vivir en forma tranquila sin tener una calle a la cual referirse.
Quizás tiene razón: cuando se vive en condiciones de tal precariedad, el anonimato de la calle en que se habita no es más que un pelo de la cola para personas que, en lugar de gozar la ciudad, más bien la padecen.
Sin embargo, en momentos en que las nuevas políticas urbanas hablan de participación ciudadana, bien valdría la pena aterrizar el término partiendo por pequeños esfuerzos que no suponen mayor desembolso de recursos ni la necesidad de crear todo un aparato institucional para llevarlos a cabo. Desde ya se podría partir bautizando a las miles de calles y avenidas sin padre ni madre que hay a lo largo de nuestro país, dejando esta misión a quienes viven en ellas, que a través de esta mínima acción podrán sentir que el lugar donde habitan no les es ajeno, les pertenece y es parte esencial de su desarrollo como ciudadanos. De seguro nos legarían nombres más sabios y hermosos que los usualmente dados por cualquier urbanista o autoridad.
rodrigo díaz gonzález / arquitecto
FOTO: carola rosas