
“La obra de Germán Del Sol es una arquitectura sin dobleces. Su arquitectura es franca, es una respuesta verdadera, sin pretensiones vanidosas, sin adornos innecesarios, es abiertamente una resultante de ese todo, de su vida, de su pensamiento, de sus planteamientos, de su postura frente a las cosas, de su propuesta, de su ser impreso en su obra”.
Extracto del discurso de Patricio Schmidt en la entrega del Premio Nacional de Arquitectura 2006.
Al llegar al estudio de Germán del Sol, se sienten emociones encontradas. Primero, porque uno espera ver una oficina arquitectónicamente llamativa pero, en cambio, se trata de una casa sencilla, de madera por fuera y el techo forrado con cajas de huevos. Es el primer acercamiento al juego de las expectativas de Germán Del Sol, porque así como entramos curiosos a este sencillo taller, en sus grandes obras ocurre algo similar. Son famosas las escaleras estrechas en las que apenas cabe el pie del Hotel Explora en la Patagonia o el corredor abierto que deja entrar el viento frío del Hotel Remota. Un truco que funciona, ya que una vez al interior, las expectativas son sobrepasadas por la realidad. Algo que para él es esencial, ya que no busca quedarse sólo en la apariencia, sino con lo que realmente es importante.
Entre libros, maquetas y vasijas de gredas, el flamante Premio Nacional de Arquitectura 2006 habla, sin pelos en la lengua, de sus obras, sus vivencias y la responsabilidad que implica este inesperado y, a la vez, ansiado galardón.
-¿Cómo vivió el proceso del Premio Nacional?
Un día me llamó Patricio Schmidt (vicepresidente del Colegio de Arquitectos) y me pidió unos discos con las obras. Le respondí: “No soy candidato. El premio despierta mucha envidia y yo he cuidado mucho mi vida privada”. Nunca estoy metido en los cócteles. Soy como el cine independiente. No sé de qué vivo, ni qué como, pero no estoy mezclándome en esas cosas faranduleras. Mandé los discos y cuando pasó bastante tiempo me empecé a alegrar, dije “se olvidaron”. Ahora, es un premio que siempre he querido mucho. Quién va a decir que está mal que valoren tu trabajo. Pero hay tantos buenos políticos entre los arquitectos, el mismo Enrique Browne siempre se ha manejado súper bien y desde el punto de vista político tenía muchas más chances.
-¿Qué sintió cuando le avisaron que estaba seleccionado en la terna?
Cuando supe, quería triunfar. Le dije a toda nuestra gente “tenemos que ganar” y tuve que planear cómo hacer la presentación. Sabía que las de los otros seleccionados iban a ser muy buenas y me acordé de los comentarios de hace dos años, cuando unas presentaciones que habían sido espectaculares las desecharon por buenas. Yo dije: “hay que ser un poco más vivo, entrar con el Caballo de Troya y, cuando uno ya está adentro, sacar las espadas”. Eduardo Castillo hizo mi presentación ante el jurado e hizo dos cosas muy buenas o muy malas: primero, las fotos eran chicas, entonces el jurado tenía que pararse para verlas. Después, escribió un texto precioso, pero habló muy despacio y no le entendían nada. Todos le pedían que hablara más fuerte, se empezaron a interesar y a ayudarlo para que todo le saliera bien. Al final, todos dijeron “la presentación de Teodoro Fernández, hecha por sus alumnos, estuvo fuera de serie. La de Enrique Browne, fantástica”. Pero el jurado pensó lo mismo que la otra vez: “¿Estamos premiando presentaciones o las obras?”. Después me llamaron y dijeron “re mala tu presentación, pero ganaste”.
-Como el juego de las expectativas, que se repite en la mayoría de sus creaciones.
Es el sistema que he usado siempre y conscientemente. En mi casa, que construí en 1987, tenía una puerta afuera que era horrible. Entonces cuando se abría la puerta, en vez de entrar a lo que tú esperabas, que era un hall de entrada, volvías a entrar a un jardín. Era como una sorpresa. En el hotel Explora de Atacama hicimos unas escaleras súper incómodas, angostas y muy verticales, que muchas personas las criticaron. La verdad es que hay que subir como de lado, pensando en no caerse. En cambio, si la escalera fuera normal, vas pensando ¿cómo será el hotel?, ¿cuán grande será la pieza? y nada de lo que yo te muestre después te va a parecer suficiente. En la Patagonia también me comentaban: “esas puertecitas tan chicas, después de doce horas de viaje”. Si eres una persona que viene de Nueva York tarde en la noche, llegas cansado, vienes pensando en este gallo que te metió en este viaje de mierda y, más encima, esta porquería de hotel con una puerta chiquitita que parece de juguete. El tipo tiene su expectativa en el suelo y cualquier cosa que saques del sombrero va a ser extraordinaria, porque en ese momento no espera nada. Si uno observa las cosas a las que le pone atención en la vida, tiene que concluir que le pone mucha más atención a lo inesperado.
Polémica epistolar
Hace unas semanas, el arquitecto y el Padre Felipe Berríos se trenzaron en una serie de discusiones a través de cartas publicadas en el diario El Mercurio. Del Sol criticaba la falta de belleza en las mediaguas de Un Techo para Chile y el sacerdote jesuita las defendía, aludiendo a la urgencia de sacar a miles de chilenos de la indigencia. Esa mediática discusión se ha apaciguado, pero Del Sol es enfático en la defensa de su punto de vista.
-¿En qué quedó esa discusión?
Cuando la gente ve la arquitectura, confunde la música con los instrumentos. La arquitectura está hecha con la materia, pero la arquitectura no es la materia. Y eso es lo que le digo al Padre Berríos: ¿cómo le explico a un sacerdote que crea en lo invisible y en la belleza? La belleza es un destello de Dios, él debería decirme “tratemos de hacerlas más bellas” y no darle vergüenza la palabra belleza porque es políticamente incorrecta.
-Quizás le suena a pretenciosa.
O le suena vanidoso, a vano. Pero también le suena vana la palabra “paraíso”. Me ataca y dice que me dieron el premio por hacer hoteles para millonarios en lugares paradisíacos. Para referirse a los hoteles no dice un lugar “estúpido” o “vano”, dice un lugar “paradisíaco”. ¡Y son ellos los que nos han prometido el paraíso, pero ahora el paraíso es una cuestión banal, donde se hacen hoteles! Yo le pregunto al Padre Berríos, ¿por qué son todas las mediaguas iguales? ¿Por qué son todas puestas al centro del sitio, igual que las casas de los ricos y no aprovechando la suma de las casas hacia el lado? ¿Por qué las entregan terminadas? No albergan ninguna esperanza al que la recibe. Por último, si le entregaran unos palos, el tipo diría “mañana voy a seguir ampliándola para allá”. Hacer mediaguas en un sitio miserable es continuar la pobreza.
-El Padre Berríos dice que la falta de estética pasa por la urgencia.
Comprendo tanto o más que el Padre Berríos que no podemos tener gente viviendo en el barro. Eso es indignante. Y en las cartas yo señalé que nunca he construido “soluciones habitacionales”, siempre he hecho “casas”. Hay que entender que a través de las palabras construimos realidades y están haciendo una porquería de casa, así se llama en castellano. ¿Por qué no evolucionan? Porque es un proyecto hecho igual que los del gobierno, desde el poder, desde arriba, diciendo: “estos pobres incultos, démosles casa”.
-Actualmente, usted participa en un proyecto de viviendas sociales en España. ¿Existe una diferencia en la solución?
A los españoles les demostramos que damos buenas ideas de cómo mejorar las casas económicas. Cuando nos ofrecieron ese proyecto, dijimos “tenemos que hacer algo que conozcamos y que se vea bien en Chile o en Madrid”. Pensamos ¿qué tenemos en Chile que sea un bien indiscutible? Agarramos la mitad de la manzana que nos toca, construimos una especie de parrón frente a la fachada y metimos dentro al edificio, para crear un espacio entre el edificio y este parrón. Eso le da un filtro. Hicimos los departamentos más largos, los pasamos de 10 metros de fachada a 15 metros, con mucha más luz en todas las piezas y todo da hacia fuera. Las escaleras son por el exterior. Lo camuflamos en este parrón para poder seguir la ordenanza y hacerlo amistoso con los vecinos. No todo lo que se hace en Europa es perfecto, pero hay más participación de los que habitarán esos departamentos. Nos escriben mails para preguntar cosas de la obra y están cachudos con lo del parrón. Aquí es lo contrario, la gente que recibe las casas de Un Techo… no decide nada, no le preguntan sus necesidades, ni se toma en cuenta su opinión.
La belleza de lo imperfecto
Del Sol no busca obras perfectas, sino que descubre la belleza en las imperfecciones de la madera, del irregular adobe y de la forma en que los obreros trabajan sus oficios.
-Al mirar sus obras, se ve que hay una fuerte relación con los lugares, el paisaje, las tradiciones e, incluso, el arte primitivo. ¿Cómo enfrenta los proyectos?
Siempre han dicho que nosotros hacemos la obra en relación con el paisaje. Nos interesa más el ambiente cultural que el natural. Yo entiendo el paisaje como la relación del edificio con el país y con el territorio donde se encuentra. Tratamos de recoger una tradición propia de América, de los hombres y mujeres viviendo en el paisaje, en el país y no solamente en las ciudades.
-¿Eso hizo al llegar a Puerto Natales o San Pedro? “A ver, ¿qué hay aquí?”.
No es tan fácil. Uno llega allá lleno de prejuicios. A un gallo le pedí una huincha de medir y me dijo: “no, el metro es muy impreciso”. Te quedas pensando qué significa eso. Él me decía: “mire lo que hay, no lo mida. ¿Le gustó la mesa o no le gustó? ¿Es cómoda? Pero no empiece a decir que tiene 1,10 x 2,10″. Como en un cuadro de Matta no vale nada evaluar por la cantidad de óleo. ¿Cuánto le costaron los materiales? ¿Cuánto habrá trabajado? Primero hay que hacer un proyecto teórico y escribir un relato, de qué se trata lo que vamos a hacer. Antes de hacer el Hotel Remota, escribí una memoria que se llama “Un hotel no es una casa”. Porque ese fue el error en el Explora en Patagonia, es una casa. Fue pensada como tal, un interior inglés, recogido, muy acogedor en el sentido de mucha textura, madera y elementos que la hacen muy habitable. En Remota quisimos hacer un hotel, que da otras satisfacciones y experiencias.
-Se hace un paralelo entre el Explora en la Patagonia y el Explora en San Pedro de Atacama. A simple vista, uno se ve súper prolijo y perfecto, mientras que el otro es mucho más rústico.
Es obvio. Yo partí de Chile muy libre, me fui a Barcelona y ahí me enseñaron el rigor, llegó un momento en que decíamos la viga pasa por aquí, la línea viene por acá, tienen que coincidir… Yo dije: “si seguimos con esto, voy a terminar muerto”. Esas cosas no resultan y estaba quedando todo cada vez más mal. Cambio y fuera. Inventamos un método que se llama “mistake is beautiful” o, como lo tradujimos nosotros, “la arruga es bella”.
-¿En qué consiste?
Es entender que la belleza de las cosas está en ser como cuando se encuentran en su esplendor. Y eso es distinto en Nueva York o la Patagonia. En Alemania me decían que allá es imposible hacer un hotel como el Remota, porque sus maderas son laminadas o prensadas perfectas. ¿De dónde vas a sacar en Alemania un tronco de un metro de ancho, agrietado y astillado? Acá hacemos lo que podemos hacer bien y allá harán lo que puedan hacer bien.
-¿Cómo es la relación con sus clientes?
Les voy a contar una cosa un poco snob. Cuando el arquitecto inglés Norman Foster me invitó a su oficina, fue muy entretenido. En una de esas reuniones, Foster me preguntó: “¿en qué porcentaje esperas tú que te hagan caso los clientes en una obra? Yo dije el 99% y me respondió: “estás cagado, yo me contento con el 50%”. “No te creo”, le contesté. La arquitectura es la parte invisible. El cliente me exige el número de piezas o el tamaño del living, dice el presupuesto, pero cuando entra la arquitectura nadie la ve y cuando la ven ya es muy tarde. Ahí es cuando te echan. En el Remota me dijeron: “¿Sabes qué más? No me sigas cagando el edificio”. Y ahí te das cuenta de que se han adueñado, entonces en verdad están contentos. Quien no opina, es porque no es dueño y ese es el cliente fatal, el más invisible.
La Bienal cuestionada
El encuentro nacional de arquitectura fue otro tema que Del Sol no quiso dejar pasar. Echó de menos a profesionales nacionales, que se le diera más importancia a lo que estaba pasando a nivel de país y desestimó la participación de los arquitectos extranjeros.
-Usted estudió en España y ha trabajado fuera de Chile. ¿Cómo ve a los arquitectos chilenos en comparación con los extranjeros, que tuvieron una excelente acogida en la Bienal de Arquitectura?
No podemos poner las esperanzas y nuestra atención en las cosas que nos vienen a enseñar de afuera. Siempre me ha cabreado esto de que dejamos que vengan los españoles. ¡Cómo somos tan ingenuos!, no darnos cuenta que ellos vienen a venderse a ellos mismos y sus cosas. A los chilenos jamás los van a invitar a una Bienal española, porque allá tiene como finalidad darle pega a su gente. En cambio, nosotros los traemos y estamos como tontos viendo qué nos van a decir para salvar nuestra ciudad. En la Bienal, aparte de la mía, no hubo ninguna conferencia de arquitectos chilenos y eso no puede ser. Más encima, después Sebastián Gray, que pertenece al Colegio de Arquitectos, dice con una actitud increíble que lo mejor de la Bienal fueron las participaciones extranjeras, sobre todo las de Rafael Moneo y Luis Fernando Galeano. Hay que darse cuenta que Galeano tiene la revista Arquitectura Viva, que es la promoción oficial de los arquitectos españoles en el mundo. Y eso se los envidio, han vendido a los arquitectos españoles, que yo no sé si serán tan buenos, pero ahora para todos lo son.
¿Faltó incorporar más de lo nuestro?
Claro, no podemos basarnos en lo de afuera. Los europeos vienen a hacer negocios. Lo mismo pasa con Douglas Tompkins. Ellos dicen que vienen a ayudarnos, pero no es cierto. Hay que ser muy ingenuos. Las empresas constructoras españolas ya están acá, se han comprado casi todas las autopistas. ¿Qué buscan? Mandar a sus arquitectos a hacernos obras aquí. A Rafael Moneo lo quiero mucho, fue profesor mío, lo admiro y lo he seguido desde siempre. Pero ahora está haciendo obras pésimas y seguimos admirándolo como tontos, sigue siendo el dios… ¡No poh!
¿Somos poco críticos?
Lo somos entre nosotros, lo único malo está acá. Viene Galeano y yo lo encuentro un payaso, pero dicen que es bueno porque es español. Si viene de Francia y no se entiende nada, mucho mejor. No podemos seguir siendo indios. No somos una tropa de pelotudos que se va a quedar esperando que venga alguien a explicarle cómo son las cosas. Falta que nos creamos el cuento. La inspiración de nuestro trabajo tiene que estar en nuestra propia cultura.
Recuadro
Trayectoria
Tras cursar 4 años de arquitectura en la Universidad Católica, Germán del Sol partió a España, a estudiar tres años en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona, recibiendo su título en 1973. Luego de regresar a Chile, partió nuevamente, pero esta vez a trabajar en un estudio en Palo Alto en California, Estados Unidos. Ya de vuelta en el país, en el año 87, creó una de sus obras más mediáticas: el Pabellón Chileno Expo Sevilla en 1992. Años más tarde, y como una forma de unir su admiración por la naturaleza y gustos personales, desarrolló uno de los más prestigiosos proyectos de turismo en Chile. Se trata de los hoteles Explora, que son conocidos mundialmente por su gran valor arquitectónico en lugares tan singulares como Torres del Paine y San Pedro de Atacama, pero Del Sol no solo estuvo a cargo de su arquitectura, también se dedicó por unos años a la dirección de este complejo, veló porque la decoración fuera sobria y por una gastronomía que valorara los productos tradicionales de la zona. Del Sol también ha estado en proyectos más públicos, como el diseño de las Termas Geométricas, las de Puritana, algunas casas particulares, las bodegas de la Viña Gracia y hasta un yate de 100 pies. Hoy está dedicado a un proyecto y dirección de las obras de un edificio de 68 viviendas sociales en Madrid para la Empresa Municipal de la Vivienda.
Por Nicole Labbé, Cristóbal Molina y Trinidad Montalva / EQUIPO CA