
Al grano: la XV Bienal de Arquitectura 2006 fue la más perfecta y pulcra que se haya realizado, pero también la más gélida, aséptica y reducida. Fue también la más pobre, porque en este caso la perfección y la reducción se tornaron miserablemente carentes. Fue tan perfecto e importante el soporte, que el contenido se perdió y se hizo casi inexistente. Si lo hubo, no pudimos verlo como tal o no se pudo entender. Fue, además, un contenido uniforme, único y homogéneo.
La guinda de esta cuadrada torta la aportó la nueva localización en el Centro Cultural Palacio La Moneda, espacio “adosado” al poder. O más bien a los subterráneos del poder, donde la crítica y la divergencia, entre otras cosas, se hacen menos libre y donde mostrarnos al ciudadano común se vuelve difícil. Bienaventuradas las palabras del presidente del Colegio de Arquitectos, Juan Sabbagh, en la inauguración, que nos salvaron de la sumisión. Al menos en el discurso.
¡Es imperativo que este proceso de exclusión y limpieza que comienza en la XI Bienal 1997 termine!
Ya no es posible más blancura. Si seguimos así, lo que queda es lo invisible, es decir, el blanco cegador; cada vez menos maquetas, menos planos, fotos con tal resolución que los proyectos se hagan irreales y… ¡desaparezcan! Una muestra más insípida y sin discusión, donde se apuesta todo a los cada vez más costosos arquitectos internacionales, excluyendo de la discusión a cada vez más arquitectos nacionales.
En todo este marco descrito, la muestra universitaria llegó a su máxima expresión: difícil de mirar, difícil de leer, se ve bien sólo de noche pero, la verdad, se entiende bastante poco. No hay posibilidad de detenerse a observarla, a pensar sobre ella. La exposición se reduce a una imagen en pantalla diminuta y en movimiento rotativo de objetos móviles virtuales cada siete minutos, separados, uniformes y en extremo abstractos. Las maquetas blancas o transparentes se advierten pequeñas y cada vez más irreales. Así, se obtiene tan solo una imagen, se rehuye el contenido y nos quedamos, perversamente, con una forma… casi siempre inerte.
En tanto, la selección de la Muestra de Arquitectura Nacional exacerba el criterio reiterativo, que impera hace varias Bienales.
No solamente se elige una “buena arquitectura”, como aparenta o quisiera ser. Es una selección orientada a una arquitectura de “buena calidad” en un concepto restringido y sesgado.
El problema es que no se excluye únicamente “mala calidad”, sino que también se están dejando afuera otros segmentos, formas, lenguajes o tipos de arquitectura que no están acordes con lo que pareciera dominar como lenguaje “moderno” o “contemporáneo”. Nos mostramos así como un solo cuerpo, una sola mirada, un solo discurso.
No vemos innovación, solo desarrollo de una vertiente. Salvo excepciones, no hay sorpresas estilísticas. Se rechaza y se teme, consciente o inconscientemente, a todo lo que amenaza con trastocar un orden dogmático de calidad. Es la ambición de poder que ciega y anula alternativas.
El objetivo, consciente o inconsciente, es homogeneizar y “vaciar”. Los planos son inexpresivos, no existen esquemas ni detalles y las fotos no tienen personas… ¡no tienen usuarios! Están presentes solo el objeto arquitectónico y el arquitecto que lo crea. Pareciera que son ellos quienes más gozan admirándolo y admirándose, como si estuviera realizado para ellos y no para la gente que lo habita.
Exceptuando la exposición de “Cinco Sitios del Patrimonio Mundial de Chile” y la de “Arquitectura Pública en Chile”, no percibimos ninguna diversidad en esta XV Bienal. Como si esto fuera un defecto, no se permite el error u otra mirada de las cosas, los proyectos no se eligen con el objetivo de generar discusión, sino consensos. No se entiende la arquitectura en toda su complejidad y multiplicidad. La idea pareciera ser mostrar que en Chile se realiza arquitectura de calidad, pero una calidad en relación mimética con las tendencias hegemónicas en el mercado elitista de la arquitectura internacional. ¡Y esto viene desde los orígenes de la República!
Pareciera ser consustancial a nuestro ser, somos repetidores frívolos de esquemas de poder, pretendemos ser vanguardia, pero mentimos al ocultar el modelo original y nos aprovechamos de la falta de información de la población, cuestión que va a ser cada vez más difícil de forjar. La información, los deseos y la intuición, aunque no lo quieran algunos, comienzan a fluir con más fuerza de la que tienen nuestros engaños.
Es urgente cambiar y dar un giro radical. Requerimos de Bienales diversas y vitales, que vuelvan a ser lugares de discusión, disconformidad, expresiones diversas, cambios de rumbo. No debiera ser tan relevante “el como” se muestra, sino el objetivo, sentido y significado de lo que se muestra. Necesitamos generar discusión con miradas contrapuestas, visiones distintas con información completa y clara. Necesitamos maquetas grandes, visibles, como las que se presentaron en la exposición “Chiloé Patrimonio de la Humanidad”, planos técnicos con detalles y expresión gráfica libre, que varíe según la identidad del proyecto o según la mano del autor. Necesitamos con urgencia una Bienal popular, incluyente, heterogénea y que genere conocimiento.
No necesitamos tantas propuestas foráneas, sino también escucharnos entre nosotros. Una Bienal debe ser una “feria arquitectónica”, entretenida, variada, colorida y popular donde los frutos buenos se mezclan con los maduros y verdes. Únicamente de esa forma el interés se mantiene durante dos semanas y no cómo fue en esta ocasión, donde solo la inauguración y charlas de arquitectos estrellas concentraron la atención del evento.
Las Bienales deben cambiar de lugar constantemente y dejar huella en la ciudad.
Las Bienales deben alejarse del poder para ser críticos a él y acercarse a la gente.
Las Bienales deben invitar a arquitectos latinoamericanos, africanos, ucranianos o del medio oriente.
Las Bienales deben escuchar otras visiones de la arquitectura, discutirlas sin importar los consensos, ya que precisamente el valor de la profesión está en la diversidad de las miradas. Y, por último, el régimen presidencial único y paralelo a la presidencia del Colegio también debe terminar, para dejar paso a una forma más moderna de trabajo en equipo, mediante un directorio resolutivo y de coordinación general, que posibilite más ideas, más creatividad y más diversidad.
La era de la perfección aséptica y elitista se agotó. Habrá que darle ahora una oportunidad al color, la calidez, la divergencia… la vitalidad de lo imperfecto.
IGOR ROSENMANN, RODRIGO TORO Y JORGE LOBOS / ARQUITECTOS