Marco Antonio De la Parra: “Somos hijos de nuestras cicatrices”

parra_final_byn.jpgDe acuerdo a la ciencia, el cerebro está dividido en dos hemisferios que se encargan de todo. El izquierdo es el realista, el práctico, el de las reglas, mientras que el derecho es responsable de los tipos soñadores, los expresivos y emotivos, esos que creen que todo es posible y que se desenvuelven en el mundo guiados principalmente por emociones y sentimientos. Y claro, por mucho tiempo fue “la izquierda” la que reinó, estableció reglas, creó códigos y formó un mundo ordenado, donde el progreso era tan simple como seguir hacia adelante con fuerza.

Pero ese orden ya no es suficiente para solucionar un mundo mucho más complejo, donde el caos existe en cada esquina. Y es ahí donde aparece la creatividad, el pensamiento lateral y la convicción de que es necesario romper con todo esquema para poder sobrevivir. Así lo confirma Marco Antonio De la Parra, que en su último libro Crear o caer establece la necesidad de olvidarse del mundo como es hoy, que él asegura que está en crisis, para asumir esa crisis que vivimos y abrazarla como la oportunidad de, no solo sobrevivir, sino también crear algo mejor.

“En el libro planteo el ejercicio de la crisis como práctica. Esta fue una sensación y decisión tomada después de perder el tiempo criticando la sociedad de consumo, los cambios que se realizan, la transformación de la sociedad en una sociedad mercantil. Cosa que hice hasta que empezaron a aparecer señales de que la sociedad mercantil se muerde la cola y el cliente, el consumidor, empieza a comportarse de una manera totalmente azarosa. Es un tipo que no cree en lo absoluto en la publicidad ni en las grandes tiendas, busca solo su propio espacio, y se pasa del hiperindividualismo a una consideración de sí mismo y sus necesidades emocionales (de satisfacción, de calidad de vida) muy importantes. Y que ya no siente que se las está ofreciendo el mercado (cuando digo mercado digo cómo se ha definido la sociedad a partir de fines del siglo XX). En ese sentido, toda crítica al mercado pierde absolutamente el tiempo, porque ya se instaló. Y se instala como interacción simbólica en la relación del cliente con el mercado”.

¿Y eso significa entender también la ciudad como mercado?

Claro. La ciudad también se consume. De pronto, empiezas a sentir que tienes derecho sobre la belleza de la ciudad y los espacios públicos. Ya no viene del despotismo ilustrado, se produce una hiperdemocracia sin que haya elecciones, más bien con la encuesta o con la opinión pública. Que tampoco alcanza a ser la organizada sociedad civil que preconizaba el neoliberalismo. Entonces, la ciudad, que es un ente en crisis, debe asumir la anomalía de cualquier ciudad mayor de un millón de habitantes. Es una ciudad anómala que empieza a contener situaciones conflictivas: la esclavitud del automóvil, la necesidad de alternativas de movilización, se empieza a precisar de áreas verdes y de movimientos muy rápidos del trabajo hacia la morada.

Surge un habitante distinto, que quiere estar dentro de la ciudad, no usar automóvil, estar relativamente cerca del trabajo, sobre todo de lugares públicos de interacción, de ocio. Eso es el disfrute de la crisis. Definitivamente, no están buscando las casas para toda la vida. Antes la gente se cambiaba más o menos cada 15 años: se cambiaban los hijos. Ahora va a haber casas para cuando uno está solo, para cuando está de a dos y para cuando está de a tres.

En las conversaciones que se dan en torno a Santiago y su identidad, lo único que se rescata históricamente es la imagen de una ciudad gris, donde no pasa nada.

Se está empezando a mover más. Nos falta el bagaje y la actividad cultural de una ciudad como Buenos Aires, que tiene una densidad cultural enorme. Uno viaja a buscar esa experiencia de grandes avenidas, de que haya teatro, pero eso también es algo que se está dando aquí. Eso sí, todavía falta acceso a la cultura, tenemos el libro más caro del mundo, ese es un tema. Que no va a parar la piratería, sino que todo lo contrario, la va a estimular, pero también tenemos un comprador fino de libros que, como drogadicto, es capaz de pagar fortunas. Es lamentable. Ahí hay un área de vicio compleja. Hay sitios de intercambios culturales notables que deberían desplegarse. El famoso Portal Lyon es un sitio de hallazgos inusitados.

En el centro de Providencia se produce cierta cosmópolis. Uno puede caminar y encontrarse con todo el mundo. Por el contrario, el centro de Santiago tiene algo en que si bien no se encuentra con todo el mundo, se puede topar con todas las cosas.

Eso está sucediendo. Cada vez avanza más. Los outlet van avanzando hacia el centro. Hay que revitalizar sobre todo el Paseo Huérfanos, el Paseo Ahumada, porque se convierten de lugares atochados de gente en la semana a lugares delictuales y peligrosos el fin de semana. Pero, por ejemplo, la calle Estado ya tiene una feria de libros usados con mucho movimiento. Entonces uno dice: ¿qué pasó con esta ciudad en que uno creció? Y que alguna vez fue una ciudad muy agitada, en mi infancia eso era “el centro”, ahí se hacían las compras de Navidad y estaba lleno de gente. Después se retira todo y se convierte en una zona delictual, peligrosa, llena de topless, oscura, extraña, donde es mejor no meterse. Y de nuevo vuelve a visitarse.

¿Está operando el mercado?

Sí, está andando. La generación joven, consumidora de este nuevo Santiago, es menor de 35 años. Entre 18 y 35, con menores o mayores recursos. Habitualmente, solo o con una pareja, sin hijos. Hombres de 34, mujeres de 30. Y tienen demandas culturales mayores, porque han crecido en internet, con una información enorme, ya se aburrieron de pedir en Amazon.com las cosas y empiezan a encontrarlas de pronto en las tiendas.

En ese aspecto, ¿el mercado está desplazando a la autoridad?

Definitivamente. La autoridad es la duda. La gente se pregunta por qué existe el único cargo (Presidente de la República) que está garantizado de 4 a 6 años según la Constitución y no tiene que rendir cuentas anuales. Cuando en todas las gerencias se produce un quiebre, se va el gerente. En ese sentido, la tecnocracia se vuelve muy importante. La administración tiene que estar interactuando con el mercado, porque este es el que impone las reglas. Eso sí, hay que hablar de qué mercado. Antes, era un mercado centrípeto, uno iba y compraba esa marca para ser alguien. Ahora, más bien el mercado es centrífugo y tiende a perseguir al cliente. Porque el cliente decide que muera una tienda o que se evite otra. Los ejemplos mundiales son Zara, Starbucks… Zara no pone avisos, la gente entra, elige, quiere trato personal.

Al igual que Apple…

Apple tampoco y juega con algo, descubre que el producto es más importante que la marca. Mete iPod y Apple no figura por ninguna parte. El iPod sabes que lo encuentras en Apple, pero es un producto independiente, funciona solo y se coloca aparte. Entonces, hay ciertos productos que son más importantes que las marcas. La marca hoy día es un accidente y casi un desprestigio. A nivel de gente joven, es mucho mejor comprarse ropa usada o con diseños. Surge la customización. El cliente dice “quiero esta zapatilla, pero corrígemela acá, corrígemela allá”. Y lo mismo va a tener que pasar con la arquitectura.

¿En qué sentido?

En este momento, el arquitecto tiene que escuchar a muchos clientes, interpretarlos, empezar a ver ya no solo un mercado, tiene que intervenirlo. Van a tener que ir haciendo eso, creando espacios como se ven en las oficinas: 100 m² donde adentro se meten tabiques, muros, etc. Al mismo tiempo, esta cosa rara y un poco perversa -la acabo de ver en España-, que departamentos de tamaño normal son divididos en cuatro departamentos de mucho diseño, mucho color, muy bonitos, pero de 25 m². Porque el habitar ya no tiene que ser ahí exclusivamente. Gran parte del tiempo libre no lo vas a pasar en la pieza. Vas a dormir ahí, probablemente trabajar en otra parte, en un estudio chiquito. Sobre todo que además se prolongan las familias, allá van disminuyendo los hijos y el promedio de edad va aumentando. Va generando una situación muy rara, porque es un hijo de padres muy mayores, un hijo-nieto, con todo lo que eso significa.

CIUDAD CICATRIZ

Marco Antonio De la Parra es dramaturgo y escritor, pero también un psiquiatra activo, una persona que analiza la ciudad, la ve y escucha como quien podría tener un paciente en su consulta. Por eso, resulta natural preguntarle si nuestra capital, siempre tan asociada al gris, es depresiva. “Mira, el problema es que hay varios Santiagos y eso todavía no se resuelve. Hay uno que tiene espacio abierto, en el que puedes caminar, donde hay plazas por aquí y por allá, desplazamientos que se pueden hacer a pie. Pero hay otros sectores que están todavía en la acomodación, en las casas apretadas, pareadas, unas iguales a las otras y jardines diminutos. Lugares donde los transportes son larguísimos desde el trabajo y eso genera un estrés muy grande.

¿Hay responsabilidad en los arquitectos? ¿Han sido capaces de ofrecer una mejor ciudad?

Ahí se produce un problema político que es muy grande en Chile: el urbanismo. Santiago está lleno de proyectos a medias, que no fueron terminados porque no alcanzó el dinero. Y la clase alta ha optado por este sueño de irse de Santiago, extendiéndolo a niveles inconmensurables, a la parodia del campo.

Los responsables de la ciudad huyen para no ver lo que han hecho de ella.

Exactamente. Por otro lado, en el centro, la calle República se remoza gracias a las universidades, de nuevo gracias al grupo joven. Para mi gusto, la salvación está en qué va a hacer ese grupo joven con ingresos medios cuando entre de nuevo a la ciudad. Porque, efectivamente, no pueden salir para ninguna parte, durante mucho tiempo van a tener una profesión que no va a permitir caserones gigantescos en Camino El Alba, La Dehesa, Los Trapenses. Además, viene el reencuentro con una imagen mucho más cosmopolita. Se empiezan a rescatar señales que se ven como elementos de nostalgia. Y va a pasar con más cosas. Quieres que las marcas tengan un sabor añejo, por eso prefieres la ropa usada, no la nueva. Esa ropa nueva la compran los cuicos, el cocodrilo de Lacoste es casi un desprestigio. A no ser que sea del Persa. Es interesante. Nadie quiere tener un Rolex, porque quieren tener un Rolex de imitación.

Creo que hay un error del arquitecto al no ver lo que la gente necesita. Uno solo ve departamentos donde hay un lobby y un baño a la entrada de 2×2. Como que los arquitectos no escuchan, no son capaces de entender al cliente.

Los departamentos piloto no absorben las nuevas tendencias. No rediseñan la ciudad. Construyen más o menos el mismo diseño. Yo sospecho que esto va a ser tomado por la creatividad generalizada. El individualismo genera una personalización en que tú quieres que lo tuyo sea más personal, entonces la gente empieza a pintar un muro interior de color sandía o verde, quiere intervenir las puertas y todos los espacios que pueda. Y, en ese sentido, todos se convierten un poco en instaladores y artistas. Eso es un hacer comunidad. Es la parte más entretenida. El juego con la ciudad de cicatrices, apropiarla y no vivirla pasivamente. La identidad chilena está construida a partir de la cicatriz. Una frase curiosa en una última obra mía estrenada que dice “su hijo es mi cicatriz”. Es una muy buena descripción del chileno actual, somos hijos de cicatrices. Llámese dictadura, llámese urbanismo roto, llámese historia, que está llena de cicatrices y de sedimentos, llena de heridas malcerradas. Incluso, hay heridas virtuales, heridas quirúrgicas, heridas que fueron accidentales, pero todas son cicatrices. Entonces, somos hijos de nuestras cicatrices.

FEDERICO WILLOUGHBY / PERIODISTAFOTO Ã?LVARO DE LA FUENTE
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