Taller de Paisaje

por DARKO PANDAKOVIC 

Como parte de la historia de las artes figurativas y de la arquitectura occidental, podemos remontar los orígenes del diseño de jardines al renacimiento, a principios del siglo XVI, cuando los Medici construyeron sus casas en las zonas agrícolas en colinas de Florencia, Italia, proponiendo jardines geométricos en planta y proporciones renacentistas en los elementos verticale

El “jardín a la italiana” se propagó por toda Europa y evolucionó adaptándose a distintas culturas. En Francia, se transformó en el “jardín barroco”, mientras que en Inglaterra se propuso, desde la segunda mitad del siglo XVIII, el abandono de las geometrías clásicas, iniciando así su propia escuela, “el parque inglés”.

Recientemente, se puso atención a las formas de paisaje que no nacen de un proyecto estético que tiene como objetivo la formación de “lugares de delicias”, sino que son el fruto de la transformación hecha sobre todo el globo terrestre a través del trabajo agrario sobre el territorio. El “paisaje agrícola” suscitó inicialmente el interés entre los geógrafos y antropólogos, es decir, en disciplinas que describen las formas del habitar y del operar humano. Solo posteriormente la competencia sobre este aspecto de la realidad se extendió a la arquitectura; al urbanismo, en cuanto a formas del contexto en las cuales surgen pueblos y ciudades que son preponderantemente agrícolas; y a la composición arquitectónica, en cuanto a las reglas con las cuales están estructurados los paisajes agrícolas, que son funcionales, lógicos y consecuentemente estéticos.

Integrándose con las responsabilidades de la arquitectura, el paisaje agrícola se valorizó como una síntesis de la necesidad, tradiciones, sabidurías estratificadas de generaciones con las reglas más racionales y ecológicas para la producción del territorio, en un clima particular, determinadas producciones, y en un contexto social y económico específico.

En relación a la integración de múltiples aspectos humanos y expresión de la sociedad que la produjo, el paisaje agrícola se interpreta hoy también como un “bien cultural”, levantando problemas de tutela y conservación como cualquier otro bien histórico y cultural. Es significativo que entre los lugares definidos por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad haya algunos importantes paisajes agrícolas de diversos lugares del mundo.

La historia siempre propone como valor cultural lo que se está perdiendo. El tema de los “centros históricos” se levantó cuando los núcleos monumentales de las ciudades empezaron a ser destruidos. Hoy pasa lo mismo con el paisaje agrario. La agricultura tradicional y el trabajo manual con la ayuda de los animales, se transformaron con la mecanización y después con la industrialización, empezando desde los años ’30 del siglo XX. Las nuevas técnicas han desplazado las formas antiguas: con el desarrollo económico y tecnológico, las tierras agrícolas también han tomado nuevas formas.

Respeto de la compleja articulación de las culturas tradicionales, siempre plena de múltiples presencias vegetales, prevalece hoy la extensión de “desiertos monoculturales”. Sin embargo, las superficies cultivadas presentan todavía una inmensa riqueza de signos y formas antiguas que transmiten un modo de organizar la relación entre hombre y naturaleza que “diseñó” el globo terrestre, en las partes más habitadas durante siglos.

En la época actual, desde el punto de vista de la relación concreta y directa con la tierra, se puede asimilar al final del Neolítico. El Neolítico empezó, de forma diferida en diversas partes del globo, cuando el hombre empezó a cuidar una superficie de suelo, cultivándola, trasformándose de nómada a sedentario. Hoy el cuidado directo de la superficie terrestre está perdido, las máquinas explotan la tierra pero no asumen la preocupación.

En la República de El Salvador, en Centro América, donde los agricultores representan el 80% de la población, he tenido la posibilidad de ocuparme de aquel paisaje agrícola como parte del sitio arqueológico maya de Joya del Cerén (Patrimonio de la Humanidad) y proponiéndolo de nuevo didácticamente para la continuidad directa entre los paisajes de la época maya y la actualidad. Análogamente, para la UNESCO he podido proponer y realizar una porción de paisaje de la época inca en Cuzco, Perú, sobre la pendiente del convento de San Domenico que conserva los templos incaicos del Sol y de la Luna, con los aterrazamientos que han caracterizado a esta civilización andina en todas las extensiones de su dominio, incluyendo a la zona norte de Chile.

Más allá del tema de la conservación con el fin de documentar, grandes paisajes agrícolas se conservan y reproponen su utilización como zonas de recreación, distracción y tiempo libre. Un concepto que cada vez se está difundiendo más en Europa (la primera entre todas las naciones fue Holanda) es la integración de los espacios cultivados con otras funciones: un paisaje agrícola histórico tiene costos de gestión superiores a un espacio agrícola industrializado; pero la belleza de los lugares cultivados tradicionalmente puede tener compensaciones económicas en el uso recreativo y turístico. En este amplio cuadro de iniciativas, la conservación, gestión y proyecto del paisaje a gran escala tienen un rol vital.

Los campesinos fueron, inconscientemente, los más grandes transformadores de la forma de la tierra. El enorme legado que nos deja la civilización campesina, que está desapareciendo, es la organización de campos, bosques, aguas de regadío y recorridos que todavía hoy prevalecen sobre las superficies de la tierra en los diversos continentes. Estas formas hechas para producir la tierra fecunda, pasan ahora a ser heredados por quienes planifican y definen el aspecto de los lugares de vida del hombre contemporáneo.

Darko Pandakovic / Paisajista
Traducción Francesco Pozzato
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