
Como sea, hace tiempo que la bonanza económica y un cierto refinamiento en el gusto común han ido asentando algo que se nos vuelve constantemente conocida, y que podríamos llamar tentativamente arquitectura institucional. Hay centros médicos que podrían ser oficinas de industrias, colegios que se asemejan demasiado a compañías de seguros, o nuevos comercios de barrio que apenas se distinguen de las instalaciones de emergencia de una autopista urbana. Una de las características más evidente del fenómeno mencionado es la aparente desconexión que dichos procesos de diseño establecen entre la imagen exterior de un proyecto determinado, los requerimientos interiores definidos por el programa y la relación que dicha pieza deberá establecer con un contexto dado.Como resulta evidente, no es en la adopción de estas convenciones estéticas en donde debemos buscar las herramientas más certeras para esbozar un oficio crítico, por lo que intentaremos centrar nuestro análisis desde aspectos que puedan ser más precisos, sin por ello caer en lo obvio.
Así, valdría preguntarse por qué se decide cerrar un edificio hacia la calle cuando su programa es eminentemente público; pues, si hay un punto relevante en este tipo particular de encargos, es su relación con su contexto. Podríamos encontrar dos razones: por un lado el arquitecto privilegia la abertura hacia el interior del predio, y por otro el sistema estructural utilizado. La primera no tiene vuelta, mientras la segunda aceptaría mayor reflexión, sin cambiar la decisión del arquitecto.
Parece que la supuesta corrección e idoneidad de la planta libre en base a pilares y un núcleo rígido no sería lo más atingente al problema. Si uno, en cambio, entra al problema por su uso, es reconocible la necesidad de compartimentación al interior de edificio. Podríamos, entonces, partir desde otra premisa: un edificio estructurado en base a muros distribuidos regularmente en la planta que liberen al núcleo de su robustez, bajen la alturas de las vigas, permitiendo incorporar a la calle dentro del encargo.
Esto no es contradictorio con el uso del edificio, pues la esencia de él es una programación bajo el concepto de zonas independientes de trabajo que termina subdividiendo una planta libre que uno mismo ha cargado de atribuciones iniciales. Aquí no cabe defender la continuidad espacial o una necesidad de luz natural, pues las premisas del programa son que funciona bajo la subdivisión de la planta en cubículos o pabellones, y donde la condición lumínica de trabajo debe ser lo más controlada posible mediante un uso constante de luz artificial. Menos cabría hacerlo respecto a la flexibilidad de una planta libre para ser, a ojos cerrados, el eterno punto de partida. Los arquitectos prefiguran fuertes cambios de usos que al final resultan estáticos, y en este caso en particular, a largo plazo.
Plantear esto no parece redundante, pues si bien este edificio pertenece a una universidad, no debiera ser entendido como un edificio tradicional de educación ensimismado al interior de un sitio: es un edificio centrado en la atención clínica de pacientes externos a la institución, posiblemente habitantes del sector. Será, por lo mismo, necesario entender que el contexto urbano donde se sitúa es precario y la calidad de espacio público baja. Ahora bien, cuando un edificio de este tipo se plantea bajo dichas condiciones, el tema de la forma del edificio pasa a segundo plano. Nos enfrentamos a problemas que superan la escala del objeto y proponen una discusión mayor: qué gana y qué pierde la ciudad con un edificio como éste. Decisiones de emplazamiento, abertura y distanciamiento desde la calle por decir algunas, conformarían consideraciones de mayor relevancia que ciertos atributos formales del edificio, y que aquí pasan por tímidas. No son requerimientos, sino oportunidades para trabajar a éste en otro plano; pasar de ser una pieza formal para constituirse en una pieza urbana.
Cuando aquella recurrencia a la que nos referimos al comienzo, nos lleva a tomar decisiones iniciales que no implican mejoras en el uso y que confinan las posibilidades del edificio en otros planos, podríamos considerar que el punto de partida es trunco y de ahí las consecuencias son predecibles.
Si bien presenciamos una construcción de apariencia correcta, un poco abúlico, pero que se destaca como objeto; donde su programa interior funciona adecuadamente y es reconocido como una evidente mejoría por sus usuarios, el contexto sale perdiendo y se le escapa una buena oportunidad. El encargo ha sido resuelto y el problema ni siquiera planteado.
Tomás Folch / Arquitecto