Mauricio Redolés: “El artista puede ayudar a preservar la vida de barrio”
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El barrio y la particular forma de vida que se da en él es un tema que ha marcado la carrera del poeta y músico Mauricio Redolés (53). Ya hace dos décadas cantaba “Descubrí un bello frágil barrio al suroeste de Santiago de Chile / Su belleza es tal que aún mi hermano tiene el rostro recompuesto antes de la fiebre verde y los fierrazos / Es bello, porque parece ser Londres 1956 por Bethnal Green / O Buenos Aires 1950, con equipos de fútbol y barras de emigrantes / y Gato Barbieri es chico, con olor a chocolate y naranjas / Hay arreglos de guitarra imaginativos y tengo amores con una muchacha que es casi de este barrio“ (“Bello barrio”, 1987). Más tarde, la capitalina calle Cueto inspiró su quinto álbum, titulado como Bailables de Cueto Road (1998). Hoy, además de tocar con su banda Ruido Bustos y realizar talleres literarios, está dedicado a defender la preservación del Barrio Yungay, el mismo donde nació y ha vivido gran parte de su vida. Pero no lo ha hecho con guitarra en mano, sino como parte de un potente movimiento vecinal que se opone a la destrucción de la rica historia de esa zona de Santiago.

¿Cómo se generó ese movimiento?

Partió como un grupo de personas que temía que le echaran abajo sus casas, como la de mi mamá en la calle Bulnes, que está actualmente amenazada de ser botada por un proyecto de parque. Y las arquitectas de la Municipalidad de Santiago nos invitaron a una reunión donde explicaron que iban a comerse todo el barrio y que a cambio nosotros íbamos a tener que recibir una plata que no iba a alcanzar para nada. Con un grupo de vecinos hicimos un cabildo abierto en la Biblioteca de Santiago y fue algo muy bello, porque al final se formó un movimiento vecinal súper fuerte.

¿Qué han conseguido?

Logramos que nos recibiera Raúl Alcaíno (alcalde de la comuna de Santiago), yo estuve en dos reuniones muy agradables con él, donde mostró una posición muy comprensiva frente a lo que le planteábamos. También dijo que no quería que el Barrio Yungay fuera destruido por las constructoras. Y nos dio su palabra de que mientras fuera alcalde no se iba a prolongar el parque que origina el problema. Hay una movida por atrás de las inmobiliarias, porque la construcción de ese parque significa también cambiar el Plan Regulador comunal, vale decir que por la orilla del parque se podrían construir torres de hasta veinte pisos.

¿Qué importancia le atribuyes a la preservación del patrimonio arquitectónico?

El patrimonio arquitectónico tiene una carga histórica, amén de una estética y un estilo de vida, que hace necesario que las ciudades lo preserven para recordar cómo se vivió y cómo algunos siguen viviendo. Es tan importante preservar un edificio o el café donde estamos haciendo esta entrevista en la plaza Brasil, como preservar el fuerte Niebla en Valdivia. Si alguien quisiera hacer un mall en el fuerte Niebla se pararía un millón de voces diciendo no. Lo mismo debiera ocurrir con este café o con muchas otras propiedades que tienen una carga histórica y, además, una estética.

¿Los artistas tienen poder para luchar por motivos urbanos como, por ejemplo, oponerse a la destrucción de los barrios?

De alguna manera, el artista y su destreza para crear artificios puede ser un buen elemento para la lucha que deben dar también abogados, arquitectos y los vecinos por preservar la vida de los barrios. Aquí se han destruido barrios enteros producto de que se quiere una ciudad de automovilistas. Como en Recoleta, todo ese barrio desapareció y era una de las primeras poblaciones obreras de Chile, un barrio bellísimo de casas de un piso. Todo eso hoy es un peladero con carreteras. Se los comieron por la congestión, por dos millones de huevones que tienen autos.

¿De qué manera se manifiesta la ciudad en tus trabajos?

Para mí la calle y el paisaje urbano es todo. Durante algún tiempo, incluso me acuerdo que odié el campo. Cuando empezaba a ver vacas me deprimía. Ahora no, estoy más campestre y me ha empezado a disgustar la ciudad. Lo que me agrada es la ciudad amable que era Santiago en los años sesenta o Montevideo en los noventa, ciudades que son un poco como este barrio Yungay. Sin mucha estridencia, sin mucha prepotencia, sin mucha agresividad en la calle. Un barrio ideal, de vecinos, del siglo veinte y definitivamente no del veintiuno.

¿Eres un nostálgico del siglo veinte?

Absolutamente. Resiento la prepotencia actual del capital del inversionista que arrasa con las ciudades. Echo de menos el poder que tenían los vecinos en aquella época para tener una ciudad, cuidarla y quererla.

¿Existen hoy canales de participación para oponerse?

Sí, pero tenemos que tomar en cuenta que el año 73 nos picó una mosca tsé tsé y estuvimos 17 años dormidos. Despertar a la gente y hacerla tener confianza de nuevo es un desafío y un deber para todo ciudadano, para ti, para mí y no solamente para los políticos. Es para hacer una ciudad más vivible.

¿Qué características hacen único al barrio Yungay?

Históricamente, es el primer barrio de Chile. El Presidente de la República Joaquín Prieto lo declaró “Villita de Yungay” el 5 de abril de 1839. Es el primer acto administrativo que tiene que ver con cierta política urbana hecha por el Estado de Chile, agrandando Santiago desde el callejón Negrete, que era la Avenida Brasil, hacia la Avenida Matucana. Y Alameda y el Camino a Valparaíso, que era San Pablo. Este fue un terreno que le dio Pedro de Valdivia a uno de sus guerreros. Descendiente tras descendiente, la hijuela donde hoy está la plaza Yungay, que es el corazón del barrio, llegó a don Diego Portales Palazuelos y sus once hermanos y hermanas. Las que tenían maridos que eran medios vivos se pusieron a lotear y vender. Así nació este pedazo de Santiago.

¿Cuál es la importancia de mantener este primer barrio de Santiago?

Las ciudades que no mantienen su arquitectura también pierden su memoria. Las ciudades son como las personas y alguien sin memoria no tiene identidad. Entonces hay un problema de identidad, de memoria y también de cultura. Acá hay desde casas muy antiguas, que tienen más de cien años y debieran ser derechamente declaradas monumentos nacionales, hasta otras que son de los años cuarenta y con distintos estilos arquitectónicos. Me contaba un amigo que anduvo de vacaciones en el Cuzco que estaba ahí descansando, se apoyó en un muro y se acercó un niño de unos 8 ó 9 años y le dijo señor, por favor no se apoye en el muro, porque este es monumento histórico y además lo están reparando, lo van a limpiar, entonces mientras menos se toque el muro, mejor. ¡Imagínate! Un niño de unos 8 ó 9 años, mira la cultura. Es la conciencia de un pueblo que se da cuenta de lo que tiene. Acá falta todavía para eso. Pero hay que lograrlo.

De Londres a Santiago

Los esfuerzos de Mauricio Redolés han apuntado en diversas direcciones, pero siempre con la memoria de la ciudad como eje central. Hace unos años, junto al poeta Eduardo Leiva puso en marcha un proyecto pionero destinado a instalar placas recordatorias en diferentes sectores de la comuna de Santiago. La idea era asociar esos lugares a hechos ligados estrechamente con la literatura, como la casa donde vivió Vicente Huidobro o una esquina que habría inspirado el libro “La sangre y la esperanza” (1943) de Nicomedes Guzmán. Además de ellos, el proyecto contempló espacios relacionados con Gabriela Mistral, Pablo de Rokha, la Casa de los Diez y Daniel de la Vega, entre otros. Pendientes quedaron reconocimientos para Carlos Pezoa Véliz y Pablo Neruda.

¿Qué te motivó a desarrollar ese proyecto?

Esa idea la traía de Londres. Yo había vivido en esa ciudad y allá hay un sistema de señalética cultural, que son unas placas azules redondas grandes, como la tapa de una olla a presión, y con letras blancas, todas son iguales. Y ahí está todo, dónde vivió Simón Bolívar o dónde estaba Sherlock Holmes. Es una ciudad con memoria. Cuando llegué acá, me encontré con Eduardo Leiva, que tenía un gran prurito por conocer la historia de la ciudad. Siempre me andaba diciendo “aquí se casó Pablo de Rokha” o “en esta cuadra está ambientada la escena tanto de la novela tanto de Carlos Droguett”. Yo lo uní con lo de Inglaterra y le dije hagamos un proyecto. Se lo planteé a María Gracia Valdés, hija de don Gabriel Valdés, y ella lo aceptó, buscó financiamiento y lo hicimos.

¿Plasmaste en alguna canción lo que viviste en Londres?

Uno de los poemas con que termino mi primer disco (Canciones y poemas, 1985) está dedicado a Londres, despidiéndome de la ciudad, porque yo me venía a Chile después de estar diez años allá. Hace poco remasterizamos ese disco y al escuchar ese poema, que en la práctica no oía hace 25 años, me emocionó. Me acordaba del poema, pero cuando uno se despide de una ciudad, también se despide de una persona, que tiene muchas caras y que te acompañó tanto tiempo. Yo le pedí a Londres que se cuidara, que yo me iba a cuidar también.

En 1974 te fuiste exiliado de Chile. ¿Qué te pasó cuando ahí tuviste que despedirte de Santiago?

Ya me había despedido de Santiago sin querer en diciembre del 73. Es un hecho que se me había olvidado, pero me acordé ahora con esta entrevista. Recuerdo que cuando salí de la casa en Santiago el 9 de diciembre del 73, miré hacia adentro y dije a lo mejor no vuelvo. Y estuve 12 años fuera de la casa. Dos de ellos preso y diez exiliado. También permanecí preso dos meses más en Santiago, pero estaba preso y ahí uno no está en la ciudad. Después los tiras me llevaron por la calle Rosas y pasamos frente a mi casa, ellos no sabían, y ahí yo miré mi casa por última vez. También fue una despedida de Santiago. Y ahí al avión y para fuera, para llegar en 1975 a Londres, al barrio Notting Hill, que era el más hippie de los sesenta.

¿Hay dolor en tus letras o poesías que haya sido provocado por la ciudad?

Algunas veces. Por ejemplo, yo caí preso en Valparaíso y cuando volví a esa ciudad, diez años después, una de las primeras cosas que fui a ver fueron los lugares donde me torturaron, en la Academia de Guerra Naval y el molo donde estaba el barco Lebu. Era extraño, porque yo antes de caer preso era un tipo muy solo, estudiaba derecho y vivía en una pieza en Valparaíso, de ahí a clases y de clases a la pieza. Me sentía muy solo además con respecto a mi padre y mi madre, no tenía gran comunicación con ellos ni tampoco con mis hermanos. No tenía amigos ni amigas, ni polola. Tampoco fumaba marihuana, ni tomaba copete. Justo cuando ya empezaba a hacer cosas, caí preso. Cuando volví a Valparaíso, ya de 32 años, casado y feliz, llegaba allá y me bajoneaba. Ahí escribí un par de canciones que nunca grabé. Creo que ya las olvidé, pero están en un cuaderno por ahí, que son temas sobre ir a buscar bultos a Valparaíso. Esa sensación me duró como siete años, hasta que la situación se revirtió un poco. Pero ya había recibido el mordisco, me podía amistar de nuevo con el puerto y amarlo como lo hago, pero sé que Valparaíso muerde y hay que tenerle cuidado.

Una duda: hay quienes dicen que tu canción “Bello barrio” está dedicada al Barrio Yungay y otros señalan que es para Bellavista. ¿Quién la inspiró?

Ninguno de los dos. La visión del “Bello barrio” la tuve en algo que podría denominarse vagamente Radal con Mapocho, en el barrio Carrascal. Pero yo creo que tú estás en Montevideo, Buenos Aires o Nueva Delhi y ves ahí un pedacito de esa canción, porque es como una idealización nostálgica de un barrio donde el tiempo se detuvo veinte años antes.

Por Raúl Márquez
Foto: Ã?lvaro de la Fuente

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