
La noche del viernes 11 de julio de 2003, las calles de Valparaíso se cubrieron de serpentinas y papeles de colores en una fiesta popular de proporciones. Como si de la víspera de Año Nuevo se tratara, el puerto se convirtió durante todo ese fin de semana en una gran pista de baile. ¿La razón de aquel súbito carnaval de invierno? Ocho días antes, el Comité Ejecutivo de la Unesco había resuelto en votación unánime que, al igual que las iglesias de Chiloé en 2000 y el Parque Nacional Rapa Nui de Isla de Pascua en 1995 , el casco histórico de Valparaíso reunía los requisitos para ser declarado Patrimonio de la Humanidad .
A partir de ese momento, las coloridas casas de los cerros Alegre y Concepción, el sector de la iglesia de la Matriz (origen de la primera trama urbana de la ciudad) y las plazas Echaurren, de Justicia y Sotomayor, entre otros hitos arquitectónicos urbanos contenidos en la superficie de 23 hectáreas sujetas a la declaración, pasaron a formar parte de lo que los criterios la Unesco definen como “legado universal”.
Naturalmente, un hecho de esta importancia hizo creer a muchos que el flamante título traería consigo tiempos mejores para la ciudad, incluyendo avances y mejoras que harían de su ahora célebre “casco histórico” una zona prioritaria para las autoridades. Sin embargo, transcurridos casi cuatro años de aquel memorable fin de semana, todo parece indicar que Valparaíso todavía no se recupera de la resaca post-celebración.
A pesar de su actual estatus, hay aspectos y descuidos que parecen nunca cambiar. Cada día que pasa, las viejas instalaciones de agua, gas y electricidad siguen acumulando descuido; la deficiente seguridad ciudadana en algunos sectores llega a ser alarmante para algunos; el deterioro de las construcciones más antiguas se hace cada vez más visible, mientras las insuficiencias del sistema de aseo urbano no solo se ven: también se respiran.
Por eso, cada vez son más las voces que claman por no seguir disimulando los problemas bajo de la alfombra. Un arraigado mal hábito que se hizo patente la fatídica madrugada del 3 de febrero de este año, cuando una fuga de tubería formó un bolsón de gas bajo la vereda del restaurante “Menu.com” y la tienda “Rincón Hindú” (justo frente al también venido a menos Palacio Subercaseaux y a media cuadra de la plaza Echaurren), lo que derivó en la explosión y posterior incendio de casi toda una manzana en la hoy llamada “catástrofe de calle Serrano”, que segó la vida de varias personas.
“Lo que le está pasando a Valparaíso no es una excepción a nivel subcontinental. La mayoría de los centros históricos de Sudamérica sufren complejidades similares a éstas, debido a que en nuestros países confluyen problemas económicos y sociales bastante serios, como la pobreza y el alcoholismo”, explica Marcela Hurtado, jefa de la carrera de Arquitectura en la Universidad Federico Santa María y secretaria general del capítulo chileno de Icomos (International Council on Monuments and Sites).
Según proyectan los expertos, es fundamental sacar en limpio una lección de lo ocurrido en calle Serrano. Para Jorge Inostroza, arqueólogo y coordinador del Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) para la Región de Valparaíso, la clave pasa por asumir la urgencia de una evaluación exhaustiva de las instalaciones de redes de abastecimientos en toda la ciudad. “Se han hecho muchos diagnósticos, el problema es que faltan evaluaciones que permitan presentar proyectos para trabajar con las empresas encargadas de las redes, en coordinación con los gobiernos regionales, y ver hacia dónde podemos direccionar la inversión en virtud de preservar una zona patrimonio de la humanidad. Lo primero es protegerla, recién entonces se puede empezar a hablar de rehabilitación”, argumenta.
En este sentido, para la arquitecto y miembro del directorio de la agrupación Ciudadanos por Valparaíso, Paz Undurraga, campañas municipales como la del “pintado de fachadas” resultan superficiales. A su juicio, no logran subsanar los problemas con los que convive a diario la ciudad: “Cuando uno está enfermo, antes de volver a ir a la peluquería hay que ir al doctor. No hay que desviar la atención hacia mejoras cosméticas, sino concentrarse en asuntos sustanciales. Hay que saber decir no a las campañas de pintado de fachadas. Primero, están mal hechas. No está bien elegido el tipo de pintura, los colores ni las técnicas aplicadas. Es dramático…”, acusa. “Antes de eso, la gente tiene que tener un extintor en sus casas o una techumbre digna, por ejemplo, porque el daño que causan el agua salina y las termitas es enorme. En vez de gastar la plata en soluciones superficiales, deberían buscar convenios con instituciones académicas que estudiaran, dieran alternativas y soluciones de fondo”, agrega.
En esa misma línea, Marcela Hurtado y un grupo de alumnos de Arquitectura de la UTFSM trabajan actualmente en el desarrollo de tres proyectos enfocados en los terrenos y conexiones viales destruidos por la explosión de calle Serrano, además de un plan de rehabilitación del Palacio Subercaseaux, construido en 1895. Este último, según indica el informe entregado por el Consejo de Monumentos Nacionales días después del siniestro, “resultó incendiado por completo, quedando sus muros perimetrales en pie y parcialmente los interiores”. Además, en su documento, el CMN indicó que el edificio patrimonial deberá ser restaurado. “El ejercicio para los alumnos es instruirse respecto a toda la normativa de la municipalidad y del CMN y de lo que significa invertir en ese lugar, haciendo un análisis crítico de todos esos instrumentos regulatorios. Lo otro que intentamos abordar es cómo se emplaza una obra nueva en un área consolidada, como el casco histórico de Valparaíso”, explica la académica.
Porteña de nacimiento, Marcela Hurtado no esconde su pensamiento: “La calle Serrano y la Plaza Sotomayor conforman un verdadero catálogo de la arquitectura local. Yo diría que la última buena arquitectura en Valparaíso la hizo el movimiento moderno en 1940. La ciudad es un ente vivo que se va transformando, los espacios se van resignificando: el centro se mueve de lugar. Un sector que antes tenía un rol comercial, hoy tiene un rol más habitacional. A Valparaíso le falta un poco de eso, pero con buenas obras, porque en esta ciudad no cabe cualquier cosa. Creemos en la buena arquitectura contemporánea, no en cualquier cosa, como el supermercado Santa Isabel que se construyó a un costado de la Plaza de la Matriz”, señala Marcela Hurtado.
Justo al frente del citado supermercado, nos recibe la arquitecto Paz Undurraga. De la fachada de la casa donde nos espera cuelga un lienzo que reza: No al supermercado. “Aún falta que se pronuncie la Contraloría”, dice, “por lo que no está dicha la última palabra. Al menos ya conseguimos que no se hicieran los estacionamientos subterráneos”, apunta la profesional, mientras por la ventana de su oficina observa el edificio en cuestión.
La polémica levantada por su construcción radica, básicamente, en que el edificio fue emplazado en uno de los sectores más emblemáticos del casco histórico de la ciudad, en un área declarada “zona típica” por el CMN y que se enmarca en el paño sujeto a la declaración de la Unesco.
El arqueólogo Jorge Inostroza es cauteloso: “Desde el punto de vista del Consejo que represento, el supermercado de la plaza de la Matriz tiene todas las autorizaciones legales. Yo sólo puedo opinar desde el CMN y no voy a entrar a enjuiciar otros instrumentos normativos: se presentó un proyecto, fue ampliamente discutido, luego fue modificado según recomendaciones del CMN y se terminó aprobando. ¿Si algún día será patrimonio? Eso nadie lo sabe. Sólo el tiempo dirá”, concluye.
Plan Director Patrimonial: La carta de navegación
La semana del 14 de mayo recién pasado, el alcalde de Valparaíso, Aldo Cornejo, anunció que, tras un largo proceso de licitación, la oficina de Servicios Externos y Extensión (Serex) de la Universidad Católica de Santiago se adjudicó el desarrollo del Plan Director de Gestión Patrimonial, instrumento que tiene por finalidad definir las reglas del juego a la hora de invertir los dineros provenientes del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en la comuna, especialmente en toda el área declarada Patrimonio de la Humanidad.
De esta manera, todos los actores involucrados sabrán qué es lo que está protegido, cómo se protege, dónde y cómo se puede construir, entre otras coordenadas que entregará esta necesaria e imprescindible carta de navegación. Tal es la opinión de Jorge Inostroza, arqueólogo y coordinador regional del Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) en Valparaíso.
¿El Plan Director se hace cargo únicamente de lo arquitectónico y urbano, o también de otros aspectos relativos al patrimonio?
“Claro. Se preocupa de cuidar el patrimonio de manera integral, pasando por temas como el turismo, las eventualidades climatológicas y naturales (terremotos, lluvia), las redes de abastecimiento (agua, electricidad, gas), el tema social, el tema económico de los negocios residentes. Hoy se está hablando de si el Café Riquet debe cerrar o no sus puertas. ¿Qué es lo importante de preservar? Los negocios tradicionales, algo muy propio y característico de las ciudades que son patrimonio de la humanidad, la arqueología urbana, el patrimonio intangible, todos temas que no se han desarrollado en profundidad y que necesariamente tienen que abordase mediante un instrumento orientador, es decir, con el Plan Director. No es un instrumento normativo, por lo tanto tiene que sugerir modificaciones a los distintos instrumentos normativos que hoy puedan existir. Sin esos lineamientos generales, hoy no podemos modificar instrumentos legislativos o normativos, porque no estamos en situación de hacerlo”, explica.
Por Cristóbal Dumay
Fotos: Carola Rosas