
En el transcurso de las diferentes actividades que se realizaron para conmemorar el Día del Patrimonio, hubo dos frases que me quedaron grabadas.
La primera hacía referencia al patrimonio definiéndolo como “aquello que es irreemplazable”. Esta poderosa frase incluye un valor emocional transversal a la gente que lo estima. Es decir, el patrimonio es aquello querido por todos quienes comparten una cultura y éste no necesariamente es arquitectónico, sino también puede ser el paisaje y su geografía (los cerros, un bosque, la bahía o la cordillera), puede ser un rito o un lugar vacío apropiado para realizarlo y no necesariamente su entorno construido. Esto significa que la noción de patrimonio es variable y depende de lo que cada cultura considere de valor irreemplazable. Esto lo pudimos constatar en la reacción de los habitantes de Tarapacá, que tras el terremoto aunaron esfuerzos para preservar su iglesia, dejando como segunda prioridad sus hogares. Ahí el patrimonio construido es querido y respetado por todos aquellos que comparten esa cultura. En Chiloé también el valor patrimonial lo tienen las iglesias, pero por sobre todo el rito de la Minga: sin Minga, la iglesia se pudre. Ambos ejemplos, en el desierto y el archipiélago, involucran un compromiso de la gente con las obras que se quieren, es patrimonio vivo y necesario para quienes lo rodean. A su vez, esto nos cuestiona sobre qué tan querido e irreemplazable es, por ejemplo, para los habitantes de la cultura urbana santiaguina, el entorno arquitectónico construido. O qué tan irreemplazable son las edificaciones en un país de terremotos.
La segunda frase era parte de una reflexión respecto a la forma en que se debería intervenir el patrimonio construido, dentro del contexto nostálgico y pesimista que rodea nuestra normativa: “Hay que intervenir sin miedo y con mucho respeto”. Esta frase tiene para nosotros una carga de impotencia, donde la normativa fosiliza aquellos inmuebles declarados patrimoniales. La máxima preservación tiene sentido si lo que se busca es congelar la obra, para que refleje de manera intacta un momento histórico, que pueda ser leído inalterablemente a través de los siglos. Éste puede ser un destino coherente para algunas obras de arquitectura que no cambian su función ni su forma de uso. Pero, de no ser así, se las condena a la fosilización sin que puedan adaptarse de manera fluida para acoger nuevas actividades y mantenerse vigente. Por eso, la intervención es vital para la gran mayoría de la arquitectura patrimonial: para mantenerla viva y adaptada a la vida que la rodea. Y por supuesto, las intervenciones deben ser hechas con el mayor de los respetos, lo que implica entender la obra y sus principios, hacer un análisis inteligente de la historia y el contexto actual, para poder concluir en una operación que puede ser avezada, pero respetuosa y no al revés, como abundan: remodelaciones que por más modestas y temerosas que sean, destruyen el valor de la obra intervenida si carecen de respeto.
Recogiendo ambas frases presentamos esta edición de la revista CA con visiones frescas, ya que nuestros invitados son jóvenes arquitectos involucrados con el patrimonio desde diferentes perspectivas. Por ejemplo, comparando la normativa nacional versus la catalana, que prohíbe las intervenciones miméticas, lo que nos induce a la conclusión que las intervenciones temerarias y respetuosas pueden ser realmente vitales y exitosas para la arquitectura y su ciudad. Por otro lado, recogimos la experiencia participativa de un grupo que, en la Primera Región, basó su experiencia de reconstrucción patrimonial en la organización y compromiso de la comunidad. Y en este caso, una de las mayores conclusiones –más allá de lo puramente arquitectónico− fue la importancia de la invisible red social que debe existir para que una obra contenga el valor emocional necesario para que la nueva construcción pase a formar parte de lo querido e imprescindible.
Paulina Villalobos / Directora Revista CA