
Arquitecto: Rodrigo Sheward (ICA 9031).
Ubicación: Pinohuacho, Comuna de Villarrica, Chile.
Año: 2006
Proceso de diseño: marzo - septiembre
Proceso de construcción: septiembre - diciembre
Staff de profesores: Juan Pablo Corvalán, Kenneth Gleiser, Andrés Maragaño, Fernando Montoya, Mauricio Ramírez, Carolina Reyes, Juan Román, Germán Valenzuela, Blanca Zúñiga.
Profesor guía: Germán Valenzuela
Materialidad: Madera reciclada, Coigüe (pellín). 2.050 pulgadas madereras.
Sistema constructivo: Postensado de barra hilada de 7/8″ atravesadas en 8 puntos, a lo largo del volumen.
M2 construidos: Cesetón = 25 m2 - terraza = 26 m2.
Costo de la obra: $1.500.000.
Financiamiento: Adjudicación segundo concurso de proyectos de desarrollo local 2006 de la Unión Europea y Gobierno de chile.
Participantes construcción: Pedro Vázquez, Carlos Vázquez, Danilo Vázquez, Miguel Vázquez, Pablo Vázquez, Hugo Vázquez, Rodrigo Sheward.
El encargo fue de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Talca: llevar arquitectura donde no la hay. Darse un espacio que permita dialogar y para ello gestionar, diseñar y construir. Un camino sin pavimento para un arquitecto que proyecta su Opera Prima. La obra está compuesta de dos volúmenes distantes 80 metros uno de otro. Uno mira de perfil al Volcán Villarrica y el otro de frente a los lagos Calafquén y Panguipulli.
Una cerca construye el límite a los animales y la arista a los visitantes que acceden a caballo o a pie desde el bosque.
96 piezas de 10 x 120 pulgadas conforman el cuerpo principal, bodega de acopio que permite a estas comunidades duplicar su producción. En invierno será guarida de los cazadores de jabalí; en verano parador de excursionistas y viajeros.
Las 38 toneladas del casetón son la historia material del lugar.
Cada una de las piezas ocupadas fue recogida de cada uno de los árboles abandonados por la forestal. Cada pieza fue aserrada en el lugar, modelada en el lugar, espigada en el lugar, inventada en el lugar.
La respuesta arquitectónica ha dado forma a una dilatada discusión académica, a una extensa conversación con los lugareños, a largas caminatas. Pero también al arduo trabajo del leñador, que, probablemente, culmina sus días construyendo para el lugar con la misma voluntad con la que antaño lo devastó.