
Castro, Isla de Chiloé / Invierno de 2007
Cuando le conté a un colega que la revista CA me había encargado una crítica arquitectónica al nuevo Edificio Consistorial de Puerto Montt, diseñado por la Oficina Prat e Iglesis, me dijo: “Difícil misión, a esa obra la llaman la estrella de la muerte, como la nave de la película La Guerra de las Galaxias”. Básicamente, lo que me estaba diciendo era que el edificio no es del gusto de la gente.
Confieso que el proyecto no me era ajeno. Lo vi en obra gruesa, con sus losas de hormigón y su estructura de tijerales de fierro galvanizado, y me pareció bien a primera vista: un gran volumen, muy simple, que recuerda la proporción de los galpones de madera, con mínimos aleros, casi un homenaje a la tipología y la estética vernaculares que inspiraron la obra posmoderna regional, esta vez en otro formato, a otra escala, siendo hito ciudadano en la Avenida Presidente Ibáñez.
“Sin duda es un hito”, me dice un amigo empresario de los revestimientos para la construcción, “pero un hito de mal gusto. Arquitectos de Santiago tenían que ser: no saben lo que es vivir todo el año bajo el gris austral y la profunda tristeza que provoca un edificio revestido con piedra pizarra negra, que no combinaron con ningún otro color”.
“Es horrible”, me confidencia uno de los constructores a cargo de la obra. Lo encuentran demasiado fome, demasiado sobrio, los taxistas y la gente lo reconocen como el “lustrín”, sin embargo el arquitecto, que estuvo de visita hace algunos días, me contó que se había inspirado en un palafito.
Todos estos comentarios me hicieron caer en cuenta de que, tal vez, me estaba metiendo en camisa de once varas al aceptar criticar una obra polémica, que no deja indiferente a nadie, sobre todo por su color. Yo había visitado en Copenhague la Real Biblioteca de Dinamarca, conocida como “la Perla Negra”, por lo que llegaba sin mayor prejuicio frente al hecho de que fuera un edificio negro.
Viajé especialmente a Puerto Montt a conocer la obra y el proyecto, atendida la obviedad de que, para emitir un juicio crítico, es fundamental enfrentarse a la obra y recorrer sus espacios, más aún cuando se trataba de elaborar una crítica al trabajo de una prestigiada oficina a cuyos arquitectos admiro y respeto. Antes de viajar, le pedí a los editores que me enviaran todos los antecedentes posibles del proyecto, entre ellos la memoria de la obra, donde se plantea:
“El edificio se presenta paralelo a la calle, lo que permite dirigir las vistas hacia el mar. La sucesión de plazas atrio-cívica-mirador acompañan la pendiente para incorporar la geografía de Puerto Montt.” Lo que la memoria no señala, es que esta geografía corresponde a la cornisa superior de una gran meseta, que mira hacia un paisaje notable: el plan de la ciudad, el mar archipiélago con sus islas y hacia la otra ciudad, la que mira hacia la cordillera de los Andes, con sus volcanes de nieves eternas.
Cornisa azotada por el viento y la lluvia, que por lo demás es tan rotunda que me hace dudar del partido general, que plantea una sucesión de patios que van desde al atrio a una plaza cívica y desde ella a una plaza mirador a otro nivel, que remata en una gran escalinata cuya fuerte pendiente aparenta una caída al vacío. Estas plazas hoy no están construidas, así como tampoco lo están los otros edificios que las abrazan y cobijan, por lo que esta vez hablaremos sólo del edificio principal.
Un volumen rotundo, muy bien emplazado de manera paralela a la avenida y que, según la memoria:
“Se levanta para comunicar las miradas que dominan la ciudad, lo que define la secuencia CALLE-PLAZA-CIUDAD-MAR generando, en el acceso, el trazo de un eje cobijado que recibe y distribuye actividades.”
Sin embargo, el primer piso, a pesar de ser completamente vidriado (lo que contribuye, sobre todo en la noche, a realzar la idea de un “volumen flotando”), no tiene una transparencia que permita que la ciudad y el mar se hagan presentes en la avenida, pues está cortado por los tabiques de los dos bloques de oficinas del Juzgado de Policía Local, que son la base, por lo demás, de los dos núcleos de oficinas que se elevan en cinco pisos.
Un problema importante es que los dos bloques dejan una apertura de doble nivel que es el “Pórtico Cobijado” de la obra por donde se accede a los 2 núcleos. Esta “ventana urbana”, sin duda, enmarca el paisaje y lo rescata del paso de los vehículos por esta transitada arteria. Pero, lamentablemente, este vacío genera una corriente de aire que expone, a las personas que buscan acceder al edificio desde el atrio, a un chiflón de viento austral muy fuerte que azota esta cornisa desprotegida.
Sin duda se hará necesario cerrar con un doble tabique vidriado este vacío, generando una suerte de “gran chiflonera urbana”. Esto es fundamental, sobre todo a nivel del segundo piso, cuyos dos bloques de oficinas corresponden a un solo departamento, el Dideco, lo que genera un tránsito permanente por un puente exterior que atraviesa el vacío.
Desde el análisis de sus plantas es posible señalar que, en general, el edificio tiene un diseño correcto y racional: dos bloques que se unen a la altura del tercer piso, sobre el pórtico de acceso, mediante un hall vidriado de triple altura que ordena el espacio interior y distribuye a los distintos departamentos de este edificio consistorial de servicios.
Sin embargo, no podemos dejar pasar el hecho de que, si bien cada bloque tiene un núcleo por piso muy claro, donde se alojan los ascensores, las escaleras de escape, los baños de servicio y los gabinetes de las instalaciones, no existen baños públicos por piso. De acuerdo a lo observado en la visita y en los planos, éstos irían sólo en el primer subterráneo, lo que indudablemente puede convertirse en un problema funcional no menor apenas se inaugure el edificio.
En el entretecho, donde se emplazan la corporación de salud municipal y la dirección de obras, destacan los extraordinarios lucernarios que coronan la composición de las ventanas verticales, cuales “miradores contemporáneos” que nos hablan de esa voluntad tan sureña de abrir las cubiertas para ganar luz interior y atrapar el sol y su energía, de la misma forma en que el edificio atrapa el doble paisaje.
Quizás uno de los mayores logros del proyecto es el hecho de que tanto en el hall de triple altura como en las circulaciones horizontales, el edificio se abre hacia la ciudad, el mar y los volcanes, convirtiendo el paisaje en el gran protagonista de la obra y, a los usuarios, en protagonistas del paisaje.
Otro aspecto rescatable es la claridad constructiva y estructural de la obra, así como de las EETT, que nos plantea un edificio de hormigón armado en tantos pilares, vigas y losas, y coronado por una estructura de tijerales de fierro galvanizado que conforman “el altillo”, incorporando nuevas tecnologías como el doble tabique de metalcom y el hormigón celular o una piel recubierta por tejas de piedra pizarra.
Las terminaciones son sobrias y sencillas, donde se ha privilegiado la mantención del edificio. Quizás la única duda sean las barandas de vidrio, que aumentan la sensación de vértigo, sobre todo en los puentes y espacios que se enfrentan con la triple altura.
Con respecto al polémico revestimiento en piedra negra, creo que éste puede recibir variadas lecturas, algunas luminosas y otras sombrías, tal como la afirmación de que acentúa la sensación de tristeza del paisaje gris bajo la lluvia. En ese sentido, a lo mejor la teja pudo ser verde, azul o marrón con marcos de ventana de color, más cercano a esa estética vernacular que la obra busca rescatar.
Pero como todo eso a estas alturas está en el plano de lo que pudo ser, me quedo con lo positivo de esta relevante obra construida en los albores del siglo XXI, con la emoción que me provoca la forma en que recoge el paisaje en su interior y cómo la piel del edificio recoge las texturas y los recortes de las tejas de piedra pizarra negra. Ello sí nos remite a la estética de las arcaicas y extintas tejuelas de madera sur, sobre todo en aquel instante en que las tejas, bañadas por la lluvia, brillan como espejos bajo el sol.