Cuando el territorio se convierte en paisaje.

131_01_territorio_se_vuelve_paisaje.jpg

Percepción y experiencia
Cuando el Territorio
se vuelve paisaje

El territorio está compuesto de elementos diversos que no necesariamente tienen una vinculación entre sí reconocible por uno o más individuos. Estos elementos se pueden encontrar dispersos y ser autónomos e independientes, sin generar un impacto recíproco o en la red que configura el territorio. La definición de territorio resulta más bien política o geográfica −el “territorio” nacional de Chile tiene una determinada cantidad de km2 y los límites físicamente demarcados− dejando de lado aspectos fundamentales que tienen que ver con los aspectos culturales o con la percepción del usuario o del observador (percepción del espacio). Aparece entonces el paisaje, como este “salvavidas conceptual” que rescata una sumatoria de aspectos en permanente e impredecible dinámica.
Nace una nueva totalidad que no busca destacar los elementos configuradores como una unidad, sino como una complejidad, y logra entregar una identidad más allá de lo físico territorial, pero además está profundamente ligada al background de quien percibe esta realidad. Se incluyen además aspectos transversales que, quizás, no aparecen en la dimensión inmediata del tiempo en que se percibe un territorio, pero que, para entender esto como paisaje, no pueden estar ausentes.
Un paisaje está configurado por una infinita red de relaciones territoriales, biológicas, sociales, histórico-culturales, económicas, perceptuales, que cuando comienzan a operar de forma simultánea develan su presencia en el total. Las redes de vinculaciones son determinantes al momento de reconocer un paisaje, ya que es la propia historia de cada individuo y la capacidad del cómo comprender lo que se tiene frente a los ojos lo que define el alma del paisaje. Es decir, no sólo los elementos objetivamente reconocibles son los que le entregan al ser humano valor agregado de comprensión del territorio, pero es el ser humano quien, con el solo acto de percibir, ya le da un valor y un potencial a lo que pasa a denominarse como paisaje, cargado de la emotividad de cada observador. (Lo anterior, sin tener que entrar necesariamente en la absoluta expresión metafísico-cósmica de paisaje desarrollado en la obra de Yves Klein o en la sensibilidad filosófica de Georg Simmel.)
Un territorio puede estar lleno de naturaleza o bien ser absolutamente humanizado, puede ser urbano o una mixtura de naturaleza que se impone sobre la intervención humana de carácter artificial, pero será la sumatoria de los factores, más el filtro del perceptor, lo que logrará generar paisaje.
La identidad de los “espacios-paisaje” estará determinada entonces por la propia experiencia y, para obtener un pleno reconocimiento de ellos, será necesario generar diversas escalas de aproximación. Un territorio puede ser comprendido desde un punto de vista técnico, al analizar una planimetría o una imagen aerofotogramétrica. Un paisaje, en cambio, para ser comprendido requiere ser observado, recorrido, tocado y vivido desde diversas distancias, a distintas velocidades (inmóvil, caminando, en bicicleta, en automóvil, en avión), a diferentes horas (madrugada, día, atardecer, noche) y en distintos momentos del año (invierno, primavera, verano, otoño) . Por lo tanto, paisaje es un fenómeno profundamente ligado a la dimensión del espacio y su vinculación con el correr del tiempo.
Es imposible pensar que un paisaje pueda tener límites físicamente definidos. Por ejemplo, en el norte de Chile sabemos con certeza cuáles son nuestros límites territoriales con los vecinos países, pero a nivel de paisaje hay una perfecta integración de todos los elementos (geográficos, sociales, históricos, etc.) que traspasan las fronteras. Hay una permanente transferencia identitaria que no podrá jamás ser interrumpida o segregada por confines políticos (que, en este caso particular, ni si quiera tienen que ver con una identidad nacional particular).
El caso del artista Donald Judd, quien se trasladó en los años 70 desde Nueva York a Marfa, en el “espacio limítrofe” entre México y Estados Unidos, donde creó la “Fundación Chinati”, es un ejemplo del reconocimiento de una complejidad de elementos geográficos, sociales e históricos que sólo cuando se encuentran, entrecruzan y reconocen, hacen surgir el paisaje. Judd ha desarrollado su obra (que resulta inundada por el paisaje circundante, en toda su amplitud conceptual) con el objetivo de destacar el territorio-paisaje-lugar a través de la expresión arquitectónica y escultórica, interviniendo el espacio desde la escala ergonómica de la escala hombre-usuario, hasta la lejanía territorial del “panorama visual”.
El paisaje se vuelve patrimonio de quien lo percibe y vive, reconociendo sus diversas escalas desde el nivel macroterritorial hasta el particular tangible, y su totalidad a través de la visión, del recorrido y de la experiencia histórica y física de cada hombre o lugar…del ojo y del pie.
La intervención del paisaje será entonces producto de un profundo análisis de los factores comprometidos en esta red de relaciones multidisciplinarias y multicontextuales y, con la superposición de estos estratos, no es necesario más que sólo un pequeño gesto: “Subrayar en lugar de reescribir lo que existe: subrayar la palabra Paisaje” (Richard Long).

René Cerda Gosselin
Arquitecto de la Universidad de Santiago de Chile, actualmente cursa un “Máster in Paesaggi Straordinari- Pesaggio, Arte, Architettura” en el Politécnico di Milano, donde participa en diversas investigaciones y publicaciones sobre paisaje. También se ha desempeñado como proyectista en el Studio Marrelli, de Brescia, y colaborador en Studio Azero.
131_02_territorio_se_vuelve_paisaje.jpg
0.953 secs con 60 database queries