Territorio y Planeamiento

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Valparaíso

¿Por qué “planeamiento” y no “planificación” regional?

El movimiento es inherente a la materia viviente. Esta última, desde su paso de compuesto orgánico a la vida, no deja de desplazarse hasta el momento mismo de la muerte, a través de la degradación natural.

El mundo vegetal se mueve por tropismos, esencialmente en busca de la energía solar y también del agua, pero esto ocurre “in situ”, en un espacio limitadísimo. El reino animal se desplaza por sus propios medios y en un espacio no siempre limitado, de donde surge de inmediato un nuevo concepto, el de “autonomía”, para medir el grado de libertad de recorrido. Conviene resaltar aquí una característica común entre el mundo animal y la especie humana: ambos se desplazan por la necesidad fundamental de subsistencia, es decir la búsqueda de alimentos, pero el hombre va más allá de lo estrictamente necesario y eso genera problemas.

Nomadismo y sedentarización son fenómenos concomitantes, no como fenómenos aislados, sino precisamente ecológicos, es decir, en su dinámica de adecuación al contexto vital están indisolublemente concatenados en la historia de la humanidad, puesto que en algún momento la sedentarización no sólo fue complementaria, si no que fue “la” solución para la imposible continuidad del nomadismo. Ese momento produjo un incremento progresivo de la población, donde se evolucionó desde un modo de vida basado en la caza y recolección, pasando por un estadio intermedio del éxodo agro-pastoral, para llegar finalmente a la cultura del suelo y organizar la “producción” de la alimentación.
Pero los tres modos de vida y de sujeción al territorio, dinámicos los dos primeros (movilidad) y estacionario el último (fijación territorial), han seguido existiendo y coexistiendo con mayor o menor intensidad a través de todas las épocas y en casi todos los continentes.

Una diferencia específica va a surgir en la especie humana a partir del paso del nomadismo a la sedentarización. El tipo de desplazamiento sobre grandes extensiones de territorio va a reducirse para transformarse en otro tipo de desplazamiento interior, dentro de un espacio más limitado. Con el surgimiento de la “agricultura”, la sedentarización va a limitar el desplazamiento de una parte del grupo entre el lugar de residencia y el lugar de producción agrícola, mientras que otra parte del mismo va a realizar tareas mucho más localizadas, en el procesamiento y almacenamiento del producto de la agricultura. Nacen entonces:

1. La Zonificación, la división del trabajo y la segregación espacial del mismo (el campo y la aldea)
2. Las Vías de Comunicación (el camino) entre los distintos lugares de trabajo y residencia.
3. La Administración que organiza el trabajo, reparte el producto y resuelve los conflictos.
4. La Primera Arquitectura, el silo, para proteger las cosechas (y no la casa de habitación, como suele creerse).
5. El Ã?gora, o lugar donde se realizan las deliberaciones e intercambios.
A medida que esta “estructura social” se va organizando, se agrega la vivienda y nace la forma elemental de la ciudad. Las necesidades de desplazamiento se hacen más complejas y van codificándose, hasta generar el transporte, de personas y productos.
La sedentarización no reemplazó completamente al nomadismo. En efecto, la masa nómada se ha reducido fuertemente con el correr de los milenios, pero existe aún en diversos lugares de la tierra. El estadio intermedio, la cultura agropastoral, existe aún en �frica Central y del Norte, y en diversas regiones de nuestro propio continente americano.

Sin embargo, la facultad nómada del ser humano, reducida por los efectos de la urbanización y la estabilización laboral derivadas del desarrollo de la sociedad industrial decimonónica, no ha desaparecido en absoluto, sino que permanece en estado latente: sólo ha reducido sus áreas de recorrido y el volumen de itinerantes.

El neoliberalismo, en busca de la maximización lineal de sus ganancias, empuja a los sectores pauperizados del planeta a una nueva forma de nomadismo, el neonomadismo de los parias, que compromete el futuro de continentes como �frica, una parte de América Latina y de subcontinentes como el Sudeste asiático. Pero el fenómeno se hace sentir también en las grandes capitales europeas, donde la pobreza está inmersa en la vida misma de las metrópolis y se conoce como el 4° Mundo.

Sedentarización y neo nomadismo

La sociedad postindustrial, tal como se perfila en el milenio que se inicia, ha ido empujando progresivamente a vastos conglomerados hacia una situación de éxodo incierto, indicio de lo que será el siglo XXI. Las guerras generadas por la posesión de regiones enteras, la pauperización del tercer mundo y la inestabilidad creciente del empleo en la producción, son sus factores.

Es aquí donde constatamos la importancia de la dimensión antropológica aplicada al urbanismo y al regionalismo, porque el habitante medio de las ciudades no siempre sabe que dentro de sí mismo duerme un nómada latente que puede despertarse, o ser violentamente despertado en cualquier momento. El urbanita (1) ignora que la estabilidad en la que nació no es en absoluto una condición inherente a la naturaleza humana. La inestabilidad la siente como el reflejo del incendio…(”eso les ocurre sólo a los otros”).

Lo inherente al ser humano es el movimiento. Visto en esta perspectiva, el urbanismo y el planeamiento regional son como interfaces cuyo rol es correlacionar la pendularidad entre el nomadismo y la sedentarización contemporáneos. Y estamos en una fase de neonomadización mundial, forzada por la economía dominante. He evitado el concepto de “planificación regional” por considerarlo “cargado ideológicamente”.

Desde el punto de vista epistemológico, podemos hablar de “planificación económica” y de “planeamiento físico”, sea este último regional, metropolitano o urbano (ciudades intermedias). Ha sido un gran error histórico y metodológico en la pedagogía del hábitat, el hacer creer a urbanistas y arquitectos que podían jugar algún rol decisivo en las grandes orientaciones macroeconómicas, a través de su autoridad en materia de manejo del espacio habitable.

El “planeamiento”, concepto acuñado por los ingenieros de OO.PP. de los años cincuenta en Chile, estaba dirigido más bien a la creación, manejo (management) y evolución de la infraestructura física del país y sus regiones, pero en función de políticas y estrategias emanadas de las instancias de gobierno, dentro de los cuales las directivas de Corfo jugaron un gran rol, lo que nos hace comprender de inmediato que este concepto deja la puerta abierta a opciones políticas que pueden ser diametralmente opuestas.

En cambio, el concepto de “planificación regional” está íntima e ideológicamente ligado a la modelización de los años sesenta, al estudio de la rentabilidad del suelo, del capital, de la estratificación y de la localización social, a través de su batería de instrumentos de planificación, pero al servicio de un modelo global de capitalismo ascendente.

Las lógicas aplicadas, la econometría y los modelos matemáticos, obedecen a una ideología liberal difusa y han sido el espejismo de generaciones de conceptores que abandonaron el tablero de dibujo por la especulación en el lenguaje tecnocrático de una esfera del conocimiento que no necesita de nosotros para decidir de la utilización del espacio. Dichas técnicas fueron introducidas en Chile a instancias de las exigencias planteadas por la OEA en un contexto geopolítico bien preciso, bajo el influjo de la teoría keynesiana (2) de redistribución de la renta.

Un breve paréntesis etimológico nos indica que “regio” es sinónimo de reino, y un reino no tiene razón de ser sin el ejercicio del poder del príncipe sobre sus dominios. Pero que sea el príncipe medieval o la república contemporánea, la correlación sigue siendo la misma: no hay planificación regional posible sin manejo, directo o indirecto, de la propiedad del suelo y de la normativa para su uso.

En alguna época se habló de planificación impositiva (economía socialista) y de planificación inductiva (economía liberal o capitalista). En realidad, los únicos que pueden planificar son aquellos que poseen, a la vez, la gestión de las riquezas y un poder político fuerte para imponer sus designios. Noam Chomsky asimila ambos sistemas a un manejo dual de la opinión pública por parte de los gobiernos neoliberales.

La extraordinaria lucidez del agrónomo y profesor francés René Dumont nada pudo ante la expoliación sistemática de los recursos naturales en el planeta durante el último cuarto del siglo XX; ni siquiera pudo estructurar un movimiento político ecologista fuerte, como el que se perfila hoy por la acción de los alternativos altermundialistas. Otro tanto ocurre con la obra de Jacques Yves Cousteau respecto a la riqueza de la fauna marina, aun cuando este último, mejor mediatizado y aceptado en las esferas de poder, debe haber influido en los acuerdos de protección de algunas especies, como la ballena.
La presión social de las mayorías despojadas del primer, segundo y tercer mundo, junto al desarrollo de sistemas de planificación inteligente (modelos dinámicos) que integren los objetivos sociales en sus ecuaciones, podrían llegar a configurar un mundo algo más equitativo.

Los nuevos patrones de habitabilidad rural, urbana y doméstica podrán reorientar el trabajo de los conceptores a todos los niveles, incluyendo a arquitectos y urbanistas, en un contexto interdisciplinario con las profesiones conexas que confluyen en el proceso de planificación.

Querámoslo o no, estamos asistiendo a una mutación anárquica de nuestras ciudades y, contrariamente a lo que se pudiera llamar el “síndrome capitalino”, este fenómeno es constatable en muchas ciudades intermedias del país; basta observar el crecimiento acelerado de La Serena, las iniciativas y polémicas sobre el borde costero de Valparaíso, o la destrucción del carácter de ciudad jardín de Viña del Mar, cuyas zonas residenciales han sido invadidas por toda suerte de minicomercios.
Es evidente que las nuevas orientaciones en nuestro quehacer profesional necesitan una revisión en profundidad de los conceptos, axiomas y métodos de formación y trabajo empleados hasta hoy, muchos de los cuales ya no responden a la dinámica compleja de las sociedades contemporáneas, entre las cuales Chile se sitúa en el conjunto de las llamadas economías emergentes, con un virtual impacto espacial del comercio intercontinental (a través de la cuenca del Pacífico) en perspectiva.

(1) Neologismo introdicido en los años sesenta por el profesor Guillermo Ulriksen Becker, urbanista e investigador de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile. El urbanita es el habitante de las grandes metrópolis que ha perdido todo contacto activo con el mundo rural y la naturaleza.

(2) El “keynesianismo” es una corriente del pensamiento económico fundado por el economista británico John Maynard Keynes. Sus adeptos, más o menos críticos del liberalismo económico retuvieron, en particular, su posición en favor de la intervención activa del Estado en la economía, en ciertos momentos precisos, para asegurar el pleno empleo. Esta corriente, que se oponía vigorosamente a la escuela liberal clásica, dominó la escena desde 1945 hasta los años setenta, incluso ochenta según los países. Sus herederos son las corrientes neo-keynesianas y post-keynesianas, que se oponen a la corriente dominante actual de la síntesis neoclásica.



Raúl Peñaloza Román
Arquitecto consultor en Planeamiento urbano-regional. Integra la Comisión de Movilidad Urbana de la comuna de Etterbeek, en la región de Bruselas-Capital. Además es miembro de la Cámara de Urbanistas de Bélgica (C.U.B.) y de la Cámara Europea de Urbanistas (C.E.U.)

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