Planificación e Identidad Territorial en Chile
La idea de territorio está relacionada con una expresión de dominio −más o menos concreta, pero siempre artificial− de una determinada circunscripción geográfica. Sobre esta base, es posible aventurar que Chile posee un capital de base para la generación de recursos territoriales excepcionales. En efecto, estamos sumidos (porque acá da la impresión de que la geografía no se celebra, se padece) en nuestras propias particularidades geográficas: mar y cordillera; desierto, selvas y archipiélagos; valles, quebradas, ríos y lagos conforman un alfabeto variado que predetermina formas diversas de apropiación, y acaso si también formas primarias de urbanidad.
Sin embargo, (al menos) dos aspectos atentan contra la potencial consolidación de estas diferencias, que representan precisamente los soportes esenciales de la identidad local, y consecuentemente, de la riquísima diversidad territorial nacional: (A) la metropolización de las ciudades intermedias y (B) la carencia de instrumentos de planificación sensibles y flexibles a formas de ocupación no tradicionales.
A. La población y el desarrollo económico de nuestro país exhiben tendencias de distribución cada vez más urbanas, disponiendo las ciudades como focos de una demanda por localización vinculada a la oferta de oportunidades, bienes y servicios. Este proceso afecta ya no solamente los sistemas urbanos metropolitanos –Santiago, Valparaíso, Concepción− sino que también un segundo nivel de ciudades intermedias: Antofagasta y Puerto Montt, en primer término,1 pero también Arica, Iquique-Alto Hospicio, Calama, Copiapó, La Serena-Coquimbo, San Antonio, Rancagua, Talca, Temuco-Padre Las Casas, Valdivia y Coyhaique, entre otras.2 Entre los efectos de este proceso de metropolización aparecen, junto con el crecimiento demográfico, la proliferación de construcciones, congestión vehicular, escasez de suelo, aumento del precio de este último, mayor segregación socioeconómica, presión sobre los límites urbanos, etc.3, todos aspectos que afectan nuestro comportamiento socioterritorial.
Para responder a esta dinámica, el Estado ha puesto en marcha un ambicioso plan de elaboración de instrumentos de Planificación Territorial, en sus diferentes escalas.4 Esto implica que prácticamente todos los asentamientos urbanos que requieren planificación podrían contar con su correspondiente instrumento regulador actualizado. Implica, también, la aplicación de procedimientos que, inevitablemente, tienden a la estandarización de los usos y morfologías urbanas, apoyado además por un marco regulatorio que cuenta con un fuerte sesgo capitalino. Contribuye a esto, por lo demás, la acción directa del sector inmobiliario, que se expande buscando nuevos mercados, pero extendiendo con ello tipos edificatorios ya probados en escenarios urbanos disímiles, con resultados homogéneos, por no decir iguales, en todas las ciudades. Se tiende con ello a la anulación de los atributos locales, a la reducción de las diferencias.
B. Por otra parte, la aparente incompetencia de los instrumentos de planificación en otras formas de ocupación, un aspecto no tan evidente, pero no por ello menos significativo, requiere de un desplazamiento del omnipresente escenario ideológico de lo urbano-metropolitano. Ejemplos concretos de esta diversidad no tradicional son las que manifiestan las Ciudades del Cobre −metáfora para designar campamentos de naturaleza igualmente diversa− y las formas de ocupación de la isla de Tierra del Fuego, en su porción chilena. Avanzamos así hacia dos extremos de nuestra geografía.
Las Ciudades del Cobre5 representan manifestaciones de la evolución de un modelo de ocupación del territorio que se extendió en el mundo occidental como efecto de las lógicas productivas de la Revolución Industrial, sintonizando con las experiencias internacionales de las llamadas Company Towns. En Chile, la evolución los casos más emblemáticos –Sewell-El Teniente, Chuquicamata, Potrerillos y El Salvador−, así como los casos más recientes de la minería privada, ha decantado en franjas transversales de ocupación de escala regional, vinculando, a través de redes de infraestructura de transporte y servicios, los campamentos en la precordillera con ciudades preexistentes y los puertos de exportación, en la depresión intermedia y el litoral costero, respectivamente. La vigencia de los campamentos, no obstante, se ha visto eclipsada progresivamente ante el agotamiento de los respectivos yacimientos, perdiendo su rol territorial y deviniendo, en el mejor de los casos, en museos de sitio (Sewell, Patrimonio de la Humanidad).
Tierra del Fuego, por su parte, constituye un ámbito geográfico-social de frontera, cuyas formas de ocupación6 expresan criterios productivos que subyacen en la explotación de la pradera –a través de la ganadería ovina− y de los hidrocarburos, principalmente, permaneciendo casi inalterables por sobre cualquier otro objetivo de consolidación social o cultural. Porvenir y Cerro Sombrero, los dos únicos centros poblados propiamente urbanos en la porción chilena de la isla, así como un conjunto de estancias dispersas en la pampa, son las expresiones de esta siempre incipiente ocupación. Trasciende, en conjunto, la figura de una construcción territorial compleja, pero frágil y desarticulada, en base a redes y nodos discretos, que palidece frente a la intensiva y masiva ocupación del equivalente argentino –apenas 7.000 habitantes en Chile, más de 100.000 en Argentina−, pero que bien podría conformar las bases de un desarrollo sustentable en el mediano y largo plazo, apropiado a una disposición medida de población permanente.
Ambos casos de reflexión, desarrollados plenamente durante el siglo pasado, fundan su gestación y desarrollo sobre una comprensión del territorio como un bien de capital, recurso productivo. Al mismo tiempo contienen, de manera subyacente, intentos por develar una dimensión patrimonial hasta ahora no sopesada en su real proporción, cual es la de los paisajes culturales.
La displicencia frente al incierto futuro de los campamentos mineros, así como las frágiles formas levantadas en la ocupación de la isla de Tierra del Fuego, expresan una carencia. El proceso de metropolización de las ciudades intermedias, por su parte, expresa una (hasta ahora) incapacidad de adecuar los recursos a realidades locales; en cierto modo, un exceso. En ambos casos, una falta de sensibilidad, una ausencia o falta de aplicación de mecanismos descentralizadores para distribuir y absorber localmente los recursos para orientar el desarrollo.
Hay perspectivas alentadoras, en las que un Estado-Gestor avanza, al menos, en la declaración de una voluntad de hacer. Luis Eduardo Bresciani7 ha señalado que es necesaria “la formulación de políticas nuevas, que fomenten la descentralización de los recursos, y capacidades de gobierno que doten de instrumentos locales de gestión urbana y del suelo más eficaces y adaptables a las cambiantes condiciones, que incentiven la cooperación intermunicipal entre comunas rurales y sistemas de ciudades pequeñas, y que fomenten las alianzas permanentes entre el Estado, la ciudadanía y los sectores productivos impulsores del desarrollo regional”.
Urge además, en el mismo sentido, una descentralización no solamente geográfica, que distribuya de norte a sur los recursos impulsores de desarrollo, sino que también una descentralización ideológica e identitaria, que reconozca en su justa medida las diferencias entre los modos de habitar los más de 4.300 Km. de largo de esta faja de tierra, y transmita los valores territoriales que representan la base de lo que somos.
Sería necesario despojarnos, incluso, de lo Urbano-Metropolitano como deformación de la mirada, que opera en desmedro de una perspectiva arquitectónico-geográfica comprensiva, base de una identidad regional específica, y de una identidad nacional compleja. Quizás se requiera para ello, como un primer paso (valga como pregunta), integrar la planificación urbana con la rural, con las competencias pertinentes.
Chile posee un capital de recursos territoriales excepcionales. Nicanor Parra avanzaría aún más al manifestar que “queremos ser país y somos apenas paisaje”. Cabría tomar conciencia, entonces, de la construcción misma del territorio chileno como patrimonio cultural y económico; patrimonio social, en definitiva, soporte articulado de nuestra identidad. ¿Somos apenas paisaje…? A serlo plenamente, entonces.
1. Revisar al respecto Revista Prourbana Nº 3, dic 2005, Políticas Públicas UC – Lincoln Institute.
2. En todos estos casos se han realizado o se encuentran en proceso de desarrollo, desde el 2003 a la fecha, Estudios de Tendencias de Localización (MINVU), cuyo objeto es definir mecanismos integrados de aplicación de programas públicos y de gestión de recursos privados.
3. Bresciani L., Luis Eduardo: El Otro Chile Urbano: El Surgimiento de las Ciudades Intermedias, artículo en Revista Prourbana Nº 3, diciembre 2005.
4. Hoy en día, se están realizando en distintos niveles de desarrollo, 13 Planes Regionales de Desarrollo Urbano, 19 Planes Intercomunales y 181 Planes Reguladores Comunales (Bases Técnicas de Licitación AN�?LISIS DE TENDENCIAS DE LOCALIZACIÓN, CASO: SISTEMA URBANO COSTERO VALPARA�?SO; MINVU, 2007).
5. Revisar al respecto la Investigación Fondecyt 1990485: “Los campamentos de la minería del cobre en Chile (1905-2000). En proceso de edición su publicación en Ediciones Universidad Católica, para noviembre del 2007: Garcés, Cooper y Baros: “Las Ciudades del Cobre”.
6. Revisar al respecto la Investigación Fondecyt 1030580: “Las formas de ocupación del territorio en Tierra del Fuego” (2003 –2005), y parte de sus resultados en la página Web www.tierradelfuegochile.com.
7. Luis Eduardo Bresciani L. es Director de Desarrollo Urbano del Ministerio de Vivienda y Urbanismo.
