
Escritor, historiador autodidacta, amante de la ciudad y de su pasado, eximio conocedor de la dinámica urbana como manifestación de la cultura, Miguel Laborde ostenta desde hace tiempo –y con justicia– el título de cronista urbano, arquitecto honorario y miembro del comité editor de la revista CA hasta 2006, Laborde es descendiente por padre y madre de vascos franceses, es un prolijo difusor del patrimonio arquitectónico y una eminencia entre los estudiosos de la vida y las costumbres de la sociedad chilena. Anota más de 14 publicaciones, entre las cuales se encuentran Templos históricos de Santiago, Calles de Providencia, Calles del Santiago Antiguo, La selva fría y sagrada (Cosmovisión araucana) y Santiago, lugares con historia. Su mirada ilumina con sabiduría e ingenio aspectos diversos que tejen la trama profunda de nuestra idiosincrasia, en un espacio que nos pertenece y al cual no podemos renunciar.
Por eso, su opinión es consultada en todo debate y publicación que aborde con seriedad algún problema concerniente a la identidad de Santiago, ciudad de la cual muchos consideran que se ha vuelto su biógrafo. Defensor acérrimo de la idea de que no se ama lo que no se conoce, su objetivo a través de la docencia –hace clases a alumnos de arquitectura en la Universidad Diego Portales– apunta a difundir la biografía de las ciudades chilenas, para que los futuros profesionales del Urbanismo aprendan a leer y apreciar sus características y, en su actuación futura, se sensibilicen con su identidad.
Además, por estos días Miguel Laborde forma parte del directorio de El Observatorio de Lastarria, un centro de estudios “geopoéticos” desde donde coordina actividades de encuentro e intercambio de ideas entre teóricos, académicos y todos los interesados en reflexionar sobre nuestro territorio geográfico y nuestra identidad.
Con todo el camino que ha recorrido como historiador, no es extraño oírlo hablar de la ciudad como si se estuviera refiriendo a una persona cercana, entrañable, de quien devela, con dominio, sus orígenes, avances y retrocesos. Sus penas, dolores y alegrías.
Desde sus orígenes, Santiago se proyectó con una morfología clara y coherente, mediante un modelo de damero español que impuso un orden geométrico y riguroso. ¿Cuándo comenzó a perderse ese ordenamiento en la expansión de la ciudad?
“La verdad, conversando del tema con otros latinoamericanos, a todos les llama la atención el orden morfológico chileno, en contraste con lo sucedido con otras ciudades hispanoamericanas. Aquí se impuso el modelo más riguroso, luego de cuatro décadas de configuración (entre 1502 y 1541); luego, debido a la formación profesional de los ingenieros militares y a la influencia de los notables gobernadores ilustrados del siglo XVIII, que renovaron el modelo con voluntad culta, artística y exigente; a las reformas realizadas entre 1830 y 1930, que nunca injertaron diagonales que corrompieran el modelo, y por último, a un Estado y una cultura que siempre han tendido a lo programado y previsible. En ese sentido, nuestras ciudades, creo yo, se han desperfilado menos que otras iberoamericanas en lo morfológico. Sin dejar de valorar esa identidad que nos representa, creo que el orden ha sido algo excesivo, lo que se traduce en escasas oportunidades y espacios para creaciones inesperadas. Creo que todavía hay mucho margen para despeinar nuestras ciudades sin poner en riesgo su matriz histórica.”
Usted ha planteado que el tema de la ciudad está recién emergiendo en nuestro país. ¿Qué cabe esperar a futuro en este sentido?
“A estas alturas, ya tenemos rasgos propios de una cultura urbana, los que, positivos o negativos, es preciso reconocer y asumir. Ya no se puede incorporar cualquier tendencia en Chile. Por ejemplo, hace pocos años, Suiza detectó que como país adolecía de una imagen de frialdad, y que sus ciudades se proyectaban como conformadas por una burguesía aburrida, de una fomedad total. Entonces decidieron contrarrestar eso promoviendo asociaciones con lo gracioso, con el ingenio. Y como era previsible, no tuvieron mucho éxito. En el caso de Chile, aunque sea joven en términos urbanos, tiene una atmósfera propia desde hace siglos y hace rato que ya no se puede volver a partir de cero. Por eso, para los urbanistas extranjeros, las ciudades chilenas no carecen de personalidad: en el escenario de Latinoamérica, nos alejamos de Colombia, Ecuador y Perú, dentro del mundo andino, porque tenemos una escasa sensorialidad y una potente capacidad de abstracción; al mismo tiempo, nos distanciamos de Argentina y Uruguay, en el Cono Sur, cuando renunciamos a la cultura europea, allá por el año 1945, porque, por nuestra constante “fuga hacia el futuro”, volvimos los ojos hacia Estados Unidos. Entonces, debemos asumir que estamos condenados a ser creativos, o a no serlo, pero ninguna copia formal nos puede salvar del imperativo de dialogar con una geografía absolutamente original, que después de medio milenio ya tiene urbanísticas propias y formas de habitar en diálogo con los ríos y las montañas que alimentan los cursos de agua en valles y quebradas.”
No es difícil detectar que la ciudad está densificándose y creciendo en altura. En el camino se han derribado edificios históricos del centro de Santiago e intervenido barrios-jardín en comunas como Ñuñoa. ¿Cómo se proyecta Santiago en los próximos 50 ó 100 años?
“El chileno, por su carácter, descubrió un modo de habitar óptimo en la casa con jardín, porque ahí encontró el deseado aislamiento, el refugio para restaurar su sistema nervioso agotado por el mundo laboral y social. Ahí encontró el espacio familiar indispensable para una sociedad que se organiza, justamente, por familias. Ese estilo de habitar le asegura un trozo de naturaleza que lo vincula con el paisaje y le permite largos meses anuales de un goce climático casi cotidiano. En cambio, el edificio en Chile ha resultado a contrapelo, porque no teníamos los rasgos ni hábitos que se adaptan bien a esas estructuras espaciales. Los chilenos no somos gregarios, no somos organizados, no nos adaptamos fácilmente a los liderazgos, no somos claros y abiertos para solucionar las diferencias. Por lo tanto, la vida social edificio adentro, que en otros países es tan intensa –desde compartir mesa durante el desayuno en la cafetería de la planta baja, hasta intercambiar revistas en la lavandería del subterráneo–, no ha avanzado mucho en nuestro país. En el País Vasco, por ejemplo, todos se dejan caer donde el nuevo, durante las primeras semanas, con quesos y vinos; de allí surge un cierto grado de conocimiento y, eventualmente, de amistad. Entre ellos la relación se configura de inmediato. En cambio, nosotros no heredamos esa sociabilidad. El fenómeno de la densificación avanza en dirección de todos los puntos cardinales, y ya percibo en las nuevas generaciones algunos síntomas de adaptación: o son más gregarios, o más interactivos. Ahora, ¿qué sucederá con la identidad? Tendrá que reciclarse también, y no a partir de un núcleo individualista, sino que de un modo de ser más comunitario, donde plazas y parques de seguro disfrutarán una nueva vida, tras décadas de cierto abandono.”
¿Qué visión impera hoy al momento de proyectar la ciudad y cuánto de esta responsabilidad recae en los arquitectos?
“La tendencia chilena se caracteriza por el síndrome del náufrago, donde a partir del aislamiento y la precariedad de su condición, se toma lo que hay, lo que el oleaje va arrojando a la orilla de la playa; en nuestro caso, de la geografía. Todo lo que viene a dar a la costa puede se utilizado de algún modo. Sea lo que sea, es lo que hay. La visión no consiste, por tanto, en un proyecto global, sino que se va tirando y aperrando día a día. Chile es un país pobre, con la enfermedad de las economías monotemáticas, dependiente de los altibajos de un solo precio y producto, y por mucho tiempo se conformó con sobrevivir. Es más, supo aprender a celebrar el seguir vivo. En el ciclo Alessandri Palma-Ibáñez del Campo-gobiernos radicales, aprendimos a ser ‘precarios modernos’. Ahora, hablando como arquitecto honorario, está claro que no hemos sabido encontrar aliados, ni en el mundo de las ciencias sociales ni en el mundo de las artes visuales, aliados naturales que, en muchos países, sirven de caja de resonancia para reformar, reciclar o restaurar barrios enteros e incluso ciudades.”
¿Qué proyectos arquitectónicos aplaude usted por estos días en Santiago y en regiones?
“En varias regiones, con sencillez, se está avanzando en dos direcciones que son muy indispensables y que, por cierto, celebro: la de recobrar la relación con el medio natural, por ejemplo a través de los bordes marítimos, fluviales o lacustres en Antofagasta, Copiapó, Concepción, Temuco, Osorno o Punta Arenas, y la de recuperar patrimonios centrales –urbanos y arquitectónicos– que sirven para una suerte de refundación de las ciudades, de reencuentro con su origen. Darle valor al entorno de la plaza central ya las deja culturalmente de pie, tal como en la ciudad histórica la plaza, con su templo y su cabildo, eran un mensaje cultural insoslayable. Y aunque en algunos casos se corre el riesgo de ser demasiado ‘turísticos’, o por el contrario, de caer en un criterio de restauración muy ortodoxo y caro, hay que comprender que esos extremos están siempre cerca, en cualquier lugar del mundo. Eso es algo que teníamos que aprender en algún momento.”
Leyendo sus escritos queda la sensación de que cuando se conoce la historia de un lugar, la gente lo respeta más. En este sentido, ¿qué rol cumple el Observatorio Lastarria?
“Finalmente, creo que lo más importante es el trabajo con los sentidos, presentaciones para ver, oír, tocar. Creo que, a fin de cuentas, en Chile las ciudades sufren por falta de sensibilidad, de desarrollo de los sentidos. La educación debiera partir por ahí: enseñarnos a ver, saborear, tocar, que son todos medios para vivir más intensamente. De ahí parte la calidad de vida. Esto se relaciona con esa idea de Benjamín Vicuña Mackenna de que un gran monumento escultórico podía iluminar un barrio, llevar dignidad a los vecinos, quienes, luego de admirarla, comenzarían a pintar sus casas, a embellecer el entorno, para estar a la altura de esa obra de arte. El habitar poético de la extraordinaria geografía de Chile requiere afilar los sentidos, como lo hacían los orientales encerrándose tres días a oscuras para limpiar la mirada, o dándose baños totales de barro con sólo la nariz afuera, para respirar, y luego renacer desde la tierra germinal para aprender a mirar el mundo. Por eso, el Observatorio de Lastarria se define como un lugar para mirar Chile. Y en eso estamos.”