Edificio “Consorcio-Santiago”, evaluación energética catorce años después

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por Enrique Browne

Ubicado en la comuna de Las Condes, el edificio Consorcio-Santiago (Enrique Browne y Borja Huidobro, arquitectos, 1990-93) tiene 26.751 m2 considerando sus subterráneos . Alcanza 17 pisos y tiene 74 mts. de largo, ocupando media manzana sobre la Avda. El Bosque Sur.

El Consorcio Nacional de Seguros pidió pocos requisitos, pero claros. El edificio debía tener unos 19.000 m2 sobre el suelo y las plantas libres unos 1.200 m2 cada una, subdivisibles al menos por dos. Los tres primeros pisos serían para la empresa (con entrada propia), mientras el resto superior quedaría para arriendo, venta o futura expansión de la propia compañía. Se sugería utilizar una “piel” con termopaneles de cristal y paneles de ACM  , material novedoso en esa época y recién utilizado en el edificio La Interamericana del centro de Santiago (Alemparte y Barreda , Arqtos. Asoc., 1987-90). Pero sobretodo, la imagen del edificio debía perdurar en el tiempo, es decir, no pasar de moda. Con estas indicaciones, más nuestras propias observaciones sobre el terreno, el barrio, los reglamentos y otros factores, se realizó el proyecto.

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Lo primero que surgió fue su planta con forma de “bote”, la cual deriva de la alineación de su fachada principal con los ejes mayores que bordean el edificio, a saber, la Av. El Bosque Sur por el poniente y la Av. Tobalaba y el canal San Carlos por el sur. Redondeando el amplio ángulo entre ambas vías (148 grados), se eliminó el costado sur del edificio, convirtiéndolo en un alto vértice. Esta “proa” vertical marcaría simbólicamente el inicio de la zona donde comienza legalmente el área de oficinas en la avenida. La esquina norponiente también se curvó levemente, para acoger visualmente el mayor flujo de peatones que vendría desde la Avda. Apoquindo, donde pasa el Metro subterráneo. Las curvaturas de los extremos produjeron plazuelas exteriores en ambas esquinas de la cuadra (gráfico 1).

Cabe considerar también que, hacia 1990, los vecinos hacia el oriente eran casas a la venta. Su impredecible volumetría futura hacía conveniente ocultar ese lado, por lo cual se planteó un largo volumen semi-adosado, según los reglamentos, de 3 niveles. Esto produjo un alto corredor entre éste y el “bote”, lo que hizo posibles dos accesos independientes en los extremos: uno para el Consorcio y otro para los pisos superiores. Estas entradas quedaban precedidas por las plazuelas antes mencionadas. Para separar funcionalmente ambas entradas sin perder la longitud, se dejó aquella del Consorcio a nivel suelo y la otra a nivel +1.
Ahora bien, en climas normales, el mayor problema térmico de los edificios de oficinas es su calentamiento, dado que unas 4 personas –más su equipamiento: lámparas, computadores y otros– generan calor equivalente a una estufa. Por lo mismo, el sistema de aire acondicionado incide decisivamente en el consumo y los costos de energía. En Santiago, el sobrecalentamiento aumenta excesivamente hacia el lado poniente entre octubre y marzo. A éste se agrega la reverberación del calor en el pavimento de las calles y veredas y, adicionalmente, están las molestias del encandilamiento.

Pues bien, la más larga fachada del edificio presentaba estos problemas, también presentes por el costado norte, aunque algo atenuadas. Enfrentamos los problemas de calor y encandilamiento utilizando lo más posible medios naturales, como vegetación y agua. En el antejardín se instaló un espejo de agua de 48 mts. de largo y 420 m2, con surtidores. Éste evita la reverberación y produce evaporación, reduciendo la temperatura. También se plantearon árboles para refrescar las veredas y sombrear al menos hasta el 3° nivel.

Los dos pisos superiores fueron protegidos del asoleamiento por una gran visera de 4,5 mts., que a la vez sirve de remate al edificio. La visera fue confeccionada con celosías que eliminan la radiación solar directa sobre los termopaneles (de 5,5 mts. de alto) durante la mayor parte del día. La insolación sobre los cristales sólo empieza después de las 17 horas, lo que permitía reducir la carga térmica de enfriamiento y reducir la capacidad instalada de climatización, con el ahorro energético consecuente durante la vida útil del edificio.

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Pero la clave estaba en el “cuerpo” del edificio (pisos 4 al 15), donde se optó por protegerlo con vegetación. Se consideraron tres alternativas: “parrones horizontales” con enredaderas de hoja caduca, para permitir más sol y luz en invierno; “doble piel vegetal” vertical, con trepadoras caducas, y “árboles” caducos (Acer Japónicos u otros, gráfico 2).

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Sobre el tipo de plantas, su velocidad de crecimiento, riego y funcionamiento térmico y estético, se contaba con experiencias empíricas previas por más de 15 años. “Horizontales”, como en Casas en Charles Hamilton (1974), con uva de mesa como superficie vegetal, y “verticales” como en Casa en Paul Harris (1982), Casa en San Damián (1987), o en el frustrante Edificio El Agora (1987). Pero con árboles en altura no teníamos dichas pruebas. Por lo mismo, se eligió la solución de “doble piel vegetal” (parrón vertical). Ésta se distanció 1,40 mts. de la superficie exterior del edificio, separación que asegura amplias chimeneas para corrientes de aire ascendentes y para dar cabida a generosas jardineras inferiores, con riego programado gota a gota. Además, esta separación permite un fácil paso de los carros limpiafachadas, que llevan también un jardinero para la poda, desinfección y abono de la vegetación (gráficos 2 y 3).

Las experiencias previas aseguraban un crecimiento de las trepadoras de al menos 12 mts. de alto en unos 6 años, como en la Casa en Paul Harris. Se optó entonces por dividir la gran fachada en 3 franjas horizontales verdes, con 4, 3 y 2 pisos recesivos, remarcando la separación de las franjas con un piso sin verde. Quedó así definida la elevación principal (gráfico 4).

Para convencer al cliente de la solución, lo invitamos a conocer experiencias anteriores, como la Casa en Paul Harris. Una vez que la alternativa vegetal fue aprobada, el apoyo de la empresa a la ejecución y mantención de ésta ha sido constante. El diseño específico de los jardines verticales se lo encargamos al paisajista Juan Grimm, quien utilizó enredaderas caducas que enfatizan el paso de las estaciones del año y su cambiante colorido (como buganvillas, ampelopsis y plumbagos).
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En la práctica, la solución de “doble piel vegetal” significa levantar verticalmente las superficies verdes de las casas originalmente en el terreno, aumentando éstas ligeramente de 2.674 m2 a 2.735 m2, es decir, por sobre el 70 por ciento del tamaño total del terreno, en ambos casos (gráfico 5).

Así el edificio devuelve a la ciudad la vegetación que le quita, haciéndola además muy visible. Esto alegra el barrio, lo oxigena y mitiga la contaminación atmosférica, especialmente de CO2. Y ofrece a su vez un aspecto cambiante, pero de permanente validez. De hecho, la arquitectura y la vegetación se comportan distinto en el tiempo. Cuando mejor se ven los edificios normales es cuando están recién terminados, de donde viene el apuro por fotografiarlos. Con los años su aspecto tiende a decaer, se ensucian y deterioran los materiales, junto con otros problemas. Con la naturaleza sucede al revés. Un parque recién terminado es apenas una esperanza, pero a los 15 años ha ganado mucho. Los árboles han crecido, dando sombra y conformando espacios. Predomina el verde y otros valores.

Por lo mismo, fundir arquitectura y vegetación, haciendo de ésta un material de construcción, mantiene vigente el edificio por tiempo indefinido. Con esto además se cumplía con el principal requerimiento planteado por el cliente. Por otra parte, los interiores se vuelven más atractivos y domésticos (fotos páginas 34 y 36 ). La vegetación puede ser regulada a discreción de los usuarios. Además, su superficie blanda reduce el ruido de la ciudad.

Por todo lo anterior, el edificio Consorcio-Santiago se ha convertido en un hito del barrio, querido por propietarios, vecinos y transeúntes. La tasa de ocupación del edificio ha sido permanentemente de un 100 por ciento; la compañía cambió su viejo logotipo, mantenido por decenas de años, por otro representando su edificio en Santiago.

Las encuestas de opinión realizadas por diarios o revistas confirman esta percepción, ya que el edificio ha ocupado sostenidamente un lugar destacado. Fue elegido como el Mejor Edificio de la Década 90 en Chile (2002) , luego como el Mejor Edificio de los últimos 30 años y como Uno de los 3 Mejores Edificios de Santiago (2003) , y por último seleccionado entre los 8 Mejores Edificios de Santiago de todos los tiempos (2006) .

Además de entregar sus beneficios “ambientales”, el edificio Consorcio-Santiago se ha comportado energéticamente mejor de lo pensado. Así lo reflejan los estudios empíricos realizados en conjunto con el ingeniero Joaquín Reyes. Durante el diseño, habíamos estimado que la “piel vegetal” reduciría en un 60 por ciento la radiación solar, con un 10 por ciento de ahorro en gastos energéticos. Con motivo de un congreso internacional realizado en 2002 , el ingeniero J. Reyes efectuó un estudio comparativo del consumo energético de 10 edificios corporativos construidos recientemente en Santiago. Pero no pudo incluir el Consorcio-Santiago por la dificultad de conseguir datos mensuales y anuales de los distintos arrendatarios, que tenían diferentes contratos con las compañías proveedoras de energía. Sin embargo, este año sí fue posible recabar dichos antecedentes, porque la propia empresa ocupaba la mayor parte del edificio. Se reajustaron al año 2007 todos los costos de los edificios considerados originalmente y se compararon con pisos típicos del Consorcio-Santiago.

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Los resultados, si bien deben considerarse provisorios, son mucho mejores de lo esperado. El edificio Consorcio-Santiago tendría un 48 por ciento menos de consumo energético que el promedio de los 10 originales. Este menor consumo significaba un ahorro monetario del 28 por ciento respecto al promedio de los otros (gráfico 6). Estos porcentajes podrían estar algo distorsionados por factores circunstanciales (como ubicación, altura, relación con edificios vecinos, densidad de ocupación interior, distribución y otros), por lo cual comparamos un piso del Consorcio-Santiago con “doble piel vegetal” con otro piso del mismo edificio, pero sin dicha protección. Los resultados se confirmaron, pero atenuados. El piso protegido vegetalmente consume un 35% menos de energía, con un costo 25% menor (gráfico 7).

Por lo mismo, suponer que la “doble piel vegetal” redunda en un 20 por ciento de ahorro anual en gastos de energía –es decir el doble de lo presupuestado originalmente– parece una estimación razonable y satisfactoria. Sobre todo, después de una investigación empírica en arquitectura que lleva 33 años de empecinado trabajo de “prueba y error”.

Enrique Browne Arquitecto (1965) y Magíster en Planificación Urbana (1968) de la Universidad Católica de Chile. En su ejercicio acumula 29 premios y más 30 menciones en bienales y concursos en Chile, Argentina, Bulgaria, Italia, Ecuador, Israel, Costa Rica, España y EE.UU. Premio Vitruvio Latinoamericano en 2000.

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