
por ESTEBAN UNDURRAGA
“Los recursos requeridos para crear, operar, y satisfacer nuestros actuales niveles de infraestructura son enormes. Aún así, los recursos disponibles para ésta actividad están disminuyendo. Para mantenerse competitiva, continuar su desarrollo, y rentar en el futuro, la industria de los edificios debe atender las consecuencias ambientales y económicas de sus acciones.”
La actual crísis energética en nuestro país suele entenderse como solo eso: un tema cuantitativo, de escasez y disponibilidad. Desde una óptica más optimista, representa también nuestra oportunidad para comenzar a erradicar un modelo disfuncional de desarrollo, fuertemente dependiente del consumo de combustibles fósiles y de su producción y distribución centralizada (usualmente más allá de nuestras fronteras), afectando así nuestro desarrollo nacional en múltiples frentes tales como la salud, la estabilidad del desarrollo socioeconómico y nuestra resiliencia tecnológica.
En este contexto, lo central es reconocer y concordar en el problema de fondo y que nuestra industria de la construcción tome nota de la oportunidad de transformar el mercado.
Poca gente cuestiona hoy la crisis que representa el ya evidente cambio climático como resultado de la acción humana. Sin embargo, hay quienes ponen en duda la exactitud de las conclusiones del último Panel de París sobre la raíz del cambio de clima y la directa responsabilidad del hombre sobre este fenómeno, argumentando la mera presencia de un nuevo ciclo natural de calentamiento de la atmósfera. La realidad es que estos ciclos naturales no responden tradicionalmente a variaciones en la concentración de CO2, sino que a relaciones gravitacionales, alteraciones oceánicas y cambios en la geomorfología de la Tierra, entre otros de mayor complejidad. Sin embargo, la información científica sobre concentraciones de CO2 en los últimos 160.000 años, y en particular en los últimos 100 años (nuestra consabida revolución industrial), muestra una relación directa entre estas concentraciones y las curvas de temperatura de la Tierra. Este nuevo ciclo es definitivamente distinto y nosotros, los humanos, marcamos la diferencia. Los impactos de esta alteración climática son especialmente severos para los más desprotegidos y aquellos países en desarrollo fuertemente dependientes de los recursos naturales. O sea, nosotros.
A mi juicio, lo más paradójico vuelve a ser la consabida fórmula de solución para un problema global que, si bien ha sido creado por unos pocos, requiere inevitablemente de la participación colectiva, incluyendo a aquellos en menor grado responsables, pero más seriamente afectados.
Otra vez, nosotros.
Pero, ¿cuál es el papel que nuestros edificios juegan en el modelo energético actual y la crisis descrita más arriba?
Impacto ambiental
Hoy, los edificios en el mundo consumen alrededor de un 50 por ciento de la energía total y son responsables de aproximadamente la mitad de la contribuciones artificiales (20 millones de toneladas) de CO2 al año, aportando así a las más de 300 ppm de CO2 (luego de 450,000 años) presentes en la atmósfera.
Para 2020, se estima un aumento en el consumo mundial de energía de 230 quatrillones de Btu (+54 %), donde 1 QBtu es igual a la producción anual de energía de 40 plantas generadoras de 1,000MW c/u.
Mientras tanto, en Chile la mitad del consumo de energía secundaria en los edificios se pierde por problemas de concepción técnica. Esto sólo con respecto al consumo energético, puesto que no me voy a referir acá a los otros impactos relacionados con el emplazamiento, el consumo de agua, el manejo de desechos, la carga ambiental de los materiales, ni la calidad del aire interior del edificio.
Es por esto, entre otras razones, que resulta fundamental intervenir y modificar las prácticas habituales de diseño y construcción para reducir significativamente, o eliminar, el impacto negativo del consumo ineficiente de energía y eventualmente, transitar hacia energías renovables de soporte a la construcción y operación de edificios.
El cambio paulatino a nuevas prácticas de diseño, construcción, operación, y decomisión de edificios está siendo adoptado por los mercados internacionales bajo diversos nombres (diseño verde, bioclimático, ecológico, de alta eficiencia, etc). Lo cierto es que, cualquiera sea su nombre (vamos a llamarlo verde por ahora), este cambio de prácticas requiere de un consenso metodológico urgente para su correcta articulación e implementación, que elimine de paso las conjeturas y autoproclamaciones ficticias de mejor “comportamiento ambiental”, comunes en un mercado tan dinámico como el nuestro. De ahí la necesidad de un lenguaje común y de un sistema de medición homologado para entender e implementar un “edificio verde”.
¿Certificación?

Lo cierto es que la energía descansa al centro del problema y la “eficiencia energética” fue y sigue siendo el principal tema de los edificios verdes, comenzados a principios de los 70. Actualmente, los beneficios de diseñar y construir edificios verdes (hoy extensamente documentados) hablan de una reducción significativa de los impactos directos e indirectos al medioambiente local y global, de una mejoría en los resultados económicos de retorno de capital y gastos operacionales, y de incrementos substanciales en los niveles de calidad ambiental interior y confort del usuario.
Es en la búsqueda de este “lenguaje común” que comienzan a crearse sistemas de certificación ambiental de edificios, como una forma de mitigar las ambigüedades respecto al concepto y, de paso, establecer medidas cuantificables de comportamiento ambiental, establecidas bajo prácticas reconocibles de excelencia para la industria de la construcción. Como resultado, variadas organizaciones comienzan a crear sus propias definición y herramientas certificadoras. Entre otros, se encuentra el Consejo de la Construcción Verde de los Estados Unidos (USGBC) y su herramienta LEED, ECD y Green Globes, o iiSBE y sus sistemas GBTool, entre otros más repartidos por el mundo.
Quizás la pregunta aquí sea si Chile debiera o no implementar su propia herramienta ¿Adoptamos una ya existente? ¿Seguimos como estamos? Respondiendo a esta última, me parece que, dada la dinámica industria Chilena y sus notables avances tecnológicos, debiéramos suponer que nuestros desafíos no son muy distintos de aquellos en industrias extranjeras y, por ende, la necesidad de homologar el lenguaje y cohesionar objetivos y practicas representa un valor considerable para nuestro correcto desarrollo.
Entonces, ¿implementamos nuestro propio sistema o adaptamos/adoptamos uno ya existente? Dadas las tendencias globalizadoras de la industria y nuestra ineludible responsabilidad en la crisis ambiental, la razón sugiere adaptarse y sumarnos al esfuerzo colectivo, evaluando con detenimiento la adopción de un sistema de certificación exitoso y su correcta adaptación a variables locales específicas.
Si miramos con cuidado, existen algunas diferencias de fondo entre los diversos sistemas de certificación disponibles. No creo que hayan mejores o peores, sino algunos más adecuados que otros en atención a nuestra realidad de mercado. Y ésta es la de una industria con severos impactos ecológicos, limitada o nula legislación ambiental, restringido acceso a tecnologías de avanzada y un conocimiento y preparación profesional casi inexistentes para abordar el desafío.
Al mismo tiempo, Chile presenta inigualables ventajas en cuanto a estabilidad de mercado, seriedad profesional, excelente capacidad técnica y, más recientemente, un fuerte compromiso público en avanzar hacia una agenda de progreso comprometido con el medioambiente y el bienestar de las personas. Dicho lo anterior, me parece que la prioridad reside, primero, en abordar una transformación profunda en las condiciones de mercado, por sobre la implementación de métodos más prescriptivos en cuanto a las metodologías de diseño y construcción verde.
Los objetivos de una transformación de mercado son los motores de un proceso complejo que requiere de la fuerte colaboración de los actores privados y públicos, y debieran incluir entre otros:
El sistema de certificación LEED fue creado por el USGBC precisamente con ese objetivo: transformar el mercado. Si bien este sistema presenta falencias graves en su capacidad de cuantificar impactos directos (niveles de emisión de CO2, orientaciones de emplazamiento, etc.), su grado de penetración en los mercados mundiales habla de su efectividad a la hora de poner el tema en la agenda de mercado de una industria altamente competitiva y dinámica.
La realidad es que los mercados generalmente se movilizan entre dos fuerzas: por un lado, las regulaciones mínimas establecidas por la ley para garantizar mínimos comportamientos y, por otro, los innovadores del mercado dispuestos a arriesgar más y marcar la diferencia. La combinación entre las acciones prescriptivas de la ley y el tiraje innovador de los arriesgados es lo que mueve el mercado hacia delante. Y LEED intenta ubicarse exactamente entre estas dos fuerzas, buscando la estimulación de la competencia a través de la innovación, bajo las reglas dinámicas del mercado. Por esto, el rol fundamental de un Estado progresivo y visionario no es el de subsidiar o certificar la innovación, sino garantizar el marco regulatorio para una competencia saludable y transformadora.
Una vez que el mercado acuse recibo, en una primera fase, de los estímulos y condiciones de mercado saludables, éste reaccionará avanzando hacia una paulatina implementación de nuevas prácticas de edificación que busquen primariamente la conservación de nuestros escasos recursos naturales, la eficiente utilización de la energía disponible y la incorporación de nuevas fuentes y tecnologías energéticas sostenibles, como producto de la acción innovadora. Sólo así nuestros edificios podrán responder a sus gigantescas responsabilidades para con un planeta en acelerado deterioro, los millones de habitantes desplazados por causas climáticas, la patológica planificación urbana, la salud de miles de usuarios y ocupantes (sobre todo de ancianos y niños) y, particularmente, contribuir de manera integral a la solución a nuestra crisis energética y propender a un desarrollo nacional más justo e inclusivo de la sociedad chilena.
Esteban Undurraga
Arquitecto U. Central de Chile y MA. Estudios Avanzados de Arquitectura de la Universidad de British Columbia, Vancouver Canadá. Socio fundador de Recollective Consulting LLP., una empresa chileno-canadiense de asesoría y certificación de edificaciones verdes y planificación estratégica de comunidades sustentables. www.recollective.ca.