Themo Lobos: Nostalgia por la arquitectura sin arquitectos

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por MARÍA DE CASTRO
Foto ÁLVARO DE LA FUENTE

Nació en San Miguel en 1928 y su primera casa fue una antigua, al frente de la Municipalidad de esa comuna, en Gran Avenida. De adobe, como se usaba, con las típicas tejas de barro. Desde una de las ventanas que daban a la calle, el dibujante e historietista Themístocles “Themo” Lobos (79), creador de la inolvidable serie de aventuras de Ogú y Mampato, y de personajes icónicos como El Alaraco, recuerda haberse quedado mirando los últimos tranvías de dos pisos que pasaron por las calles de Santiago. En ese tiempo, era el Barrio Cívico lo más moderno que había. “Después de eso, uno pudo ver cómo se iban haciendo cada vez más construcciones enormes y modernas”, comenta.

Y con la ironía que lo caracteriza, se consuela pensando en el “progresismo” de las ciudades chilenas: “Es impresionante, ahora uno parece estar en Nueva York con los edificios altísimos que se hacen”. Mientras habla, es como estar escuchando de su propia boca alguno de los argumentos que dieron vida a una de las tantas historias que registró a través de dibujos. Conversador innato, a sus casi 80 años es inevitable asombrarse por su lucidez, que lo lleva a recordar mínimos detalles de un Santiago antiguo, especialmente de sus días de infancia en San Miguel, comuna que años después lo nombraría hijo ilustre. O los cientos de experiencias que sumó a lo largo de su adolescencia y en su carrera a través de sus caricaturas, elementos que lo ayudaron a dar carácter y -como tantos se lo han celebrado- un rasgo de vida cotidiana que las humaniza.

Para Themo Lobos han sido tres las experiencias arquitectónicas que han marcado su vida. La primera, cuando su padre obrero levantó con sus propias manos la casa donde vivió su familia por 10 años. La segunda, la construcción de su casa en Concón -comunidad que, orgullosa de su presencia, lo declaró ciudadano ilustre-, donde la verdadera arquitecta fue su mujer, quien comandó desde el radier hasta las ampliaciones que la han convertido hoy, 30 años después de comprarla, en un verdadero refugio dentro de un vergel lleno de flores y enredaderas. Y la tercera, cómo no, el registro de elementos arquitectónicos que con delirante acuciosidad ha trazado en sus dibujos para ambientar los espacios y la geografía de sus múltiples historietas.

“Para dibujar hay que ambientar usos, costumbres, vestimentas y construcciones. Ambientar y ambientar”, asegura.Santiago pareciera ser distintas ciudades dentro de una sola. Usted se movió por muchas de sus comunas, entre San Miguel, Renca y Las Condes.

¿Qué recuerdos tiene de esos lugares?

En la época que recuerdo de niño, prácticamente todo San Miguel era de calles sin pavimentar. La avenida principal era Gran Avenida y al centro estaban las dos vías de los carros para que circularan en ambas direcciones. Y las casas eran generalmente la típica chilena, de barro o adobe, con teja. El que tenía una casa de dos pisos era considerado rico, de seguro una familia de plata.

Y de su padre obrero, ¿aprendió alguna sensibilidad sobre los trazos y el arte de la construcción?

Es posible, porque esa construcción que hizo para que viviéramos, y donde estuvimos cerca de 10 años, la hizo con cinta de medir, chuzo, pala, martillo y clavo. Era de madera y estaba entablada. Además de esa casa, yo siempre recordaba el lugar donde nació mi padre, en Pencahue, a la costa de Talca. Tenía esa arquitectura típica chilena, con unos arcos en la entrada al estilo español. Eran casas muy lindas y amplias, con corredores interiores donde los niños podían jugar a destajo en el invierno y en el corredor exterior, que generalmente estaba enladrillado, uno miraba la lluvia. Me gustaban mucho las casas así, por eso guardo muchos recuerdos de esa época. Pero la zona donde viví de chico en San Miguel ha crecido muchísimo. Aunque nunca tanto como el resto de Santiago, donde ya es una especie de vicio construir en altura y eliminar lo que queda de pueblerino. Ahora hay solamente edificios altos, que son bastante bonitos. En realidad, Santiago no me agrada mucho, porque cuando voy me siento agobiado por el tamaño de los edificios y la cantidad de gente. La multitud me desespera. El tráfico, el sonido, los ruidos y todo eso es algo interminable. Yo prefiero todavía la arquitectura primaria del campo o del pueblo, como eran antiguamente San Miguel, Renca y todos esos lugares que ya han ido desapareciendo en su calidad de pueblerino.

¿Se reflejan en sus historietas esas ganas de que los pueblos se hubiesen mantenido así?

Sí. Cuando dibujé “Las aventuras de Ogú y Mampato - La Reconquista” y “Las aventuras de Ogú y Mampato - El paso de Los Andes”, desaté todos mis recuerdos. Me preguntaban de dónde sacaba toda esa documentación. Son recuerdos míos, respondía yo. Porque en la época en que yo era niño todavía todo era parecido a la época de la Independencia, aún se vivía como pueblo chileno antiguo. Con el secador de ropa encima del brasero o con el perrito y el gatito alrededor del brasero, mientras uno hablaba con el papá y la mamá. Si la casa era entablada, era de una calidad superior, porque ya no era de tierra ni ladrillo. Los patios eran grandes, con muchos frutales y flores.Parece tener nostalgia por la arquitectura sin arquitectos.Exactamente. Es que yo he visto a amigos campesinos que van levantando una casa con un tabique yanqui, como lo llaman, donde ponen dos tablones, le meten barro con paja, les ponen unos armazones de alambre por dentro y, cuando está seco, corren las tablas para arriba y quedan muros que resultan bastante firmes. Además, aíslan del calor y del frío perfectamente, y no se necesita calentar demasiado la casa para el invierno ni enfriarlas en el verano. Sólo hay que cerrar las ventanas y chao. Ese tipo de arquitectura es más cómoda y mucho más acorde con la manera de vivir del ser humano. De repente, a mí y a mi mujer nos recomiendan que vendamos esto y lo otro, y que nos compremos un departamento. Pero yo digo no, no, no. Para qué, si vamos a estar y sentirnos encerrados ahí. No vamos a tener cómo mirar un poco para afuera. Ver plantitas que sea. Ese es otro tipo de arquitectura. Aquí en mi casa, de lo que ha hecho mi mujer, lo más moderno son las ventanas con correderas, pero con eso estamos de lo más bien.

¿Cuándo cree que se desvirtuó la forma de crecimiento de la ciudad?

Al principio fue paulatino, porque Santiago iba de a poquito subiendo. Pero desde hace más o menos 15 o 20 años ha habido un crecimiento monstruoso. Por eso me sorprendo cuando paso por lugares que he recorrido con conocimiento y que no visitaba hará 20 años, y ahora me son desconocidos. En ellos ya no me ubico. Han aparecido edificios por todos lados. También ha aumentado la cantidad de plata del Estado, la cantidad de arquitectos y de gente, y ya Santiago se está transformando en una metrópolis más importante. Pero es agobiante.

Y desde que vive en Concón, ¿qué cosas ha descubierto de la zona?

El espacio donde vivo es una especie de oasis. Las casas más altas son de dos pisos. Pero el resto de Concón también ha empezado a crecer a una velocidad bien marcada. Es cuestión de andar por la carretera que une Reñaca con Concón, que está llena de torres. Paso por ahí y digo pero si ayer no estaba esta torre de 20 pisos. Da la impresión de que de un día para otro levantan edificios. Todo está creciendo de una manera grave, dolorosa para algunos como el caso mío, pero no se puede hacer nada. Porque es el progreso y qué se le va a hacer. Hay que celebrarlo no más.

¿Y cómo es la vida acá? ¿Se echa de menos Santiago?

Nada. Menos después que el doctor me lo prohibió por razones médicas. Cuando mis amigos me preguntan cómo es la vida acá, yo siempre les digo: mira, bastante desagradable, no estoy conforme. Fíjate que en la mañana hay unos zorzales que me cantan una serenata primero a las 7, después a las 9 al atardecer y también en la noche. Es un ruido espantoso. Ese rumor de la brisa entre las hojas de los árboles es enervante. El rumor lejano del mar, también, ¡me molesta mucho! Y el aire, ¡no sirve para nada! No tiene gusto a nada el aire de Concón, mientras que en Santiago ¡tienes hasta trozos de pollo flotando! ¡Desgraciado!, me responden, otra vez nos estás sacando pica.

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