
PILAR BARBA
UNIVERSIDAD DE CHILE
Arquitecto Universidad de Chile, 1984. Diplomado Estética y Pensamiento Contemporáneo 2003 Universidad Diego Portales. 22 años de experiencia profesional en la dirección y coordinación de equipos profesionales multidisciplinarios en las áreas de proyectos de arquitectura, gestión cultural y proyectos educativos. Amplia experiencia en gestión inmobiliaria y montaje de exposiciones. Docente desde 1998.
“Un verdadero arquitecto de nuestro tiempo, tendrá que redefinirse y expandir sus medios; muchas áreas fuera de la construcción tradicional, entrarán en el reino de la Arquitectura” “Everything is Architecture”, Hans Hollein.
No es fácil definir el Arquitecto que Chile necesita, especialmente desde la universidad, que debe proyectar esta pregunta a 8, 10 y más años. En educación, las decisiones que hoy tomamos sólo se verán como resultado en esos plazos. Y de lo único que podemos estar seguros es que los contextos donde se desempeñarán nuestros alumnos serán diferentes a los actuales y muy diferentes a los que nos correspondió vivir a quienes somos sus formadores.
Es difícil, también, porque nuestra profesión ha sufrido especialmente el impacto de la cultura neoliberal con el consecuente reforzamiento de los valores individuales sobre los colectivos y pareciera fácil sucumbir a los principios del marketing: la imagen, la marca; los intereses inmobiliarios, las premuras políticas, la especulación, etc., que producen arquitectura entendida como obra que sirve más a objetivos extrínsecos (fama, dinero, poder) que a los intrínsecos de la arquitectura, como es, entre otras, la resolución técnica de las necesidades sociales que le dieron origen y sentido.
Para los arquitectos de la Universidad de Chile, esta pregunta es inesquivable, especialmente por tres razones:
- Nuestra condición de pública, institucionalmente comprometida con los temas país; la diversidad de nuestros estudiantes, provenientes de distintas regiones, estratos económicos, credos, etnias, posiciones políticas, etc., y además los mejores de su generación. La diversidad de nuestros académicos. El pluralismo como norma.
- Nuestra condición urbana metropolitana: el emplazamiento de la Facultad en el centro de Santiago, en un campus que reúne Arquitectura, Geografía, Diseño, Economía y Derecho.
- Nuestra tradición y origen. El “Curso de Arquitectura”, abierto hace casi 160 años, nace como una necesidad del Estado de Chile de formar a los arquitectos capaces de construir los edificios públicos que la nueva República requería.
El arquitecto que Chile necesita y el que aspiramos a formar es un profesional que ejerza la arquitectura como una acción social compleja, comprometida con los valores culturales, ambientales, urbanos, paisajístico-geográficos y tecnológicos de un grupo humano determinado. La acción que nos es propia es proyectar (en el más amplio sentido de la palabra, más allá del diseño) una solución espacial, resuelta técnica y tecnológicamente (es decir, construible aquí y ahora), haciendo un uso racional, documentado y transparente de los recursos económicos y ambientales (sustentable).
Las virtudes (en el sentido aristotélico del término) que aspiramos asuman los arquitectos de la U. de Chile, son la conciencia sobre el valor social y cultural de la arquitectura, el respeto por el patrimonio tangible e intangible y la búsqueda del beneficio colectivo por sobre el individual.
Las competencias involucradas en este perfil profesional necesariamente se desenvuelven en un contexto muy cambiante con reglas que los arquitectos debemos comprender, que hace que los márgenes de la disciplina se amplíen o reduzcan, dependiendo de la capacidad de repensar la profesión y repensarse como profesional. Es aquí donde el concepto de educación continua se hace central. El arquitecto que Chile necesita es un profesional capaz de comprender un contexto complejo y cambiante y actuar en él, actualizando y ampliando sus conocimientos permanentemente. Desde el punto de vista institucional, significa articular realmente el pregrado con el postgrado y con el ejercicio profesional; desde el punto de vista pedagógico, trasladar el foco en los contenidos (y en el conocimiento como acumulación de información) por estrategias que promuevan la construcción de conocimiento, como acción colectiva y crítica.
Por último y es quizás el punto más importante y difícil de formar: Chile necesita arquitectos más críticos y reflexivos. Esta necesidad es la más contradictoria, ya que por una parte todo pareciera impulsarnos a ser desarrolladores de decisiones que se toman por otros y en otro lugar o arquitectos de marca (muy pocos) preocupados de los aspectos formales y comerciales del “producto arquitectónico”. Ambas posiciones dejan un ámbito de acción sin atención para el cual no hemos cultivado las destrezas necesarias. El resultado es que no estamos en los problemas más críticos de nuestras ciudades, ni en el ordenamiento territorial, ni en los problemas ambientales, ni en la innovación tecnológica. Por lo tanto, sin descuidar el rigor técnico que ha caracterizado al arquitecto de nuestra escuela, debemos formar nuevas generaciones más cultas, reflexivas y críticas. Capaces de escuchar e interpretar la realidad y establecer una relación hermenéutica con “el otro” (no sólo el cliente sino, sobre todo, el prójimo) extendiendo nuestra acción, ya sea desde las políticas públicas, desde el ámbito privado o desde el apoyo directo a las comunidades.
Finalmente, el arquitecto debe ayudar a formar ciudadanía. Tiene un rol no solo en la conformación material del habitat, sino también en la construcción moral de la calidad de la vida colectiva.
JUAN BAIXAS PONTIFICIA
UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Arquitecto PUC. Postítulo en Francia bajo la dirección de Jean Prouvé. Profesor Titular PUC. Miembro de la oficina Baixas y Del Río Arquitectos, coautor de: Museo Interactivo Mirador (MIM), Conjunto Habitacional Puertas de la Reina, Edificio PROLAM, etc. Investigador FONDEF “Diseño de Vivienda por Envolvente”. Autor del Libro “Forma Resistente”, texto docente para estudiantes de Arquitectura. Premio Fermín Vivaceta 2006 del Colegio de Arquitectos de Chile. Presidente de la XVI Bienal de Arquitectura de Chile 2008.
Al reflexionar sobre la formación de los arquitectos que nuestro tiempo necesita, surgen dos preguntas: ¿Qué deben aprender del oficio de la arquitectura los estudiantes de esta carrera durante sus estudios universitarios? ¿Y cómo aprenderlo?
En respuesta a la primera, lo fundamental de la formación universitaria de los arquitectos consiste en adquirir una ética que tiene que ver con la creatividad, junto a una voluntad y capacidad de actuar sobre la realidad.
La “Ética de la creatividad” y la “Voluntad de lo real” son dos temas que en forma tácita se han ido conformando en nuestra escuela a lo largo de años. Temas que intentamos preservar y consolidar en un “espíritu de escuela”.
El primero de ellos tiene que ver con que una obra de arquitectura debe responder cada vez a un encargo u origen circunstancial, con su propio tiempo, lugar y usuario y, por lo tanto, es una obra original. Esta última característica tiene por objeto construir un futuro (cultura) y pertenece necesariamente al ámbito de la creatividad.
Sin embargo, esa originalidad debe redundar en una obra habitable y perdurable, por lo que está obligada a considerar los múltiples aspectos que ello exige. Eso no deja de ser difícil en un mundo en que las acciones tienden a especializarse y a descartar asuntos cruciales en pos de éxitos instantáneos.
El segundo tema, de la “Voluntad de lo real”, se refiere al hecho simple de que nuestro sistema de aprendizaje tiene un alto grado de abstracción y que, si bien nuestro propósito final es la edificación de la ciudad real y sus partes, tal instancia no la encontramos dentro de la actividad académica. Ocurre el hecho observable de que, aunque la producción creativa e innovadora en el interior de esta escuela y de muchas otras es enorme y admirable, todavía es insuficiente la influencia de tales producciones en la ciudad real y su calidad de vida.
Debemos, entonces, cuidar este contacto de nuestro ámbito de reflexión y abstracción con el mundo real por medio de una “voluntad de lo real”, la cual debería estar presente en todas nuestras acciones académicas y reflejarse en aspectos tales como:
-Dominio proyectual de la fineza constructiva.
-Dominio de la estructuración.
-Manejo sustentable de las energías que inciden en la temperie (luz, calor, sonido, etc.).
-Capacidad de gestión de proyectos y obras.
Estos aspectos no pueden considerarse “agregados” a posteriori, sino que forman parte del proceso de generación de la obra, dándole densidad y riqueza.
En respuesta a la segunda pregunta que nos cuestiona cómo enseñar lo expresado anteriormente a los estudiantes de arquitectura, debe hacerse con la “gradualidad” propia de todo proceso de aprendizaje y con la “transversalidad” característica del mundo universitario moderno.
Sin embargo, la gradualidad en el oficio de la arquitectura no debe impedir que desde el primer momento el estudiante se encuentre con todo lo medular del oficio. La gradualidad debe tocar la profundidad de los temas y no la completitud del oficio, la cual debe ser encarada desde un primer instante.
La actividad de taller es fundamental. Si bien en ciertas etapas conviene hacer talleres con acentuaciones en ciertos temas, estas últimas nunca deben ocupar la totalidad de la fundamentación de un proyecto. El taller tiene por objeto reunir todo lo que en la obra se conjuga.
En cuanto a la transversalidad, en nuestro oficio tiene varios ejes. Uno de ellos es el de las magnitudes, que van desde la escala del objeto y del edificio, hasta la escala de la ciudad y del territorio, con un énfasis importante en la ciudad, que es la mayor obra de arquitectura. Otro, es el de los grados de abstracción, que van desde la reflexión teórica hasta la experiencia de la obra real construida.
En lo que se refiere a magnitudes, nuestra Facultad está constituida en la extensión del eje que va desde el objeto útil hasta la ciudad y el territorio.
En lo que se refiere a los grados de abstracción, una tarea consiste en relacionar en forma estricta el ámbito académico con el ámbito profesional. Tal relación la buscamos en varias instancias como, por ejemplo, la participación de profesionales de alto nivel en la actividad de taller, la existencia de tesis proyectuales en nuestros postgrados, etc. Estas acciones, unidas al desarrollo de nuestros postgrados, nos permitirán elevar el nivel de la reflexión teórica y relacionarla vitalmente con la práctica profesional.
ROBERTO BURDILES
UNIVERSIDAD del BIO-BIO
Arquitecto Universidad de Chile (1981), © Magíster Didáctica Proyectual UBB. Lleva 25 años vinculado a la escuela de arquitectura UBB. Socio de Burdiles Cartes arquitectos, con obras como Oficinas Compañía de Seguros Vida Cruz del Sur, Concepción 2002 (premio Municipalidad de Concepción 2003) y la mención en UIA-UNESCO con el proyecto: Arquitectura y Agua, en Túnez, Berlín 2002.
El perfil de la carrera de arquitectura de la Universidad del Bío-Bío está directamente influenciado por su ubicación geográfica en el sur del país; en los diversos tipos de arquitectura regional que son resultado de nuestra compleja geografía, que contiene variedad en paisajes, hábitats y diferentes materialidades.
Se considera importante en la conciencia de los estudiantes una identidad regional, que se refleje en el sentido de habitabilidad, en el diseño y construcción en madera, en los aspectos ambientales, en el uso de la tecnología, etc. Pero sin perder la perspectiva del mundo globalizado. En definitiva, buscamos que las respuestas arquitectónicas de nuestros titulados sean apropiadas e idóneas a su ubicación en el espacio (lugaridad), su posición en el tiempo (época que se está viviendo) y materialidad de cada región.
Estos objetivos son importantes en la formación de nuestros futuros profesionales, por lo que es tradición que los talleres de primero a quinto año viajen a diferentes localidades dentro del país, como también al extranjero para desarrollar proyectos, exponiéndolos y enfrentándolos a situaciones geográficas, urbanas y culturales.
Como escuela, sostenemos que es imposible generar arquitectura sin una base teórico-conceptual que la valide. Es por ello que permanentemente es requerida una posición y fundamentación por parte del alumno que avale su trabajo proyectual en el taller.
La arquitectura es por esencia la expresión de un orden del espacio, que le otorga cualidades para acoger los actos del hombre, pensando más allá de lo cotidiano, en el desarrollo de las personas o un grupo de ellas, insertos en un contexto cultural, geográfico, social, político y físico, planteando un nuevo orden para el hombre que habitará la obra arquitectónica, requisito base para la definición de un proceso de enseñanza.
La arquitectura está comprendida así como proceso de enseñanza en los siguientes conceptos:
a. espacio / forma / lenguaje
b. acto / programa / función
c. lugar / contexto / medio ambiente / paisaje / territorio
d. modelo / proyecto / materialidad / estructura / normativa / obra construible
Estos conceptos son compartidos en un sistema de signos que definen campos valóricos, acciones o acontecimientos y que se coordinan en procesos comunes.
Se considera así la obra arquitectónica como un discurso, propio de un lenguaje y que tendrá distintas complejidades dependiendo del nivel donde se inserte el alumno.
La observación arquitectónica opera como la manera más propia de aproximación en la formulación de proyectos, que sustentan su proceso de desarrollo incluyendo múltiples variables.
La observación entendida desde su propio significado, examinando atenta y recatadamente la realidad. No se trata de una constatación o descripción, es por esencia descubrir para develar lo que está oculto y hacerlo presente.
Lo anterior, como dice Roland Barthes, “hay dos términos que suelo usar cuando analizo una fotografía: studium y punctum. El studium es el simple gusto por una fotografía, a la que podríamos calificar de interés general, histórico, etc. El punctum es ese detalle que hace especial una fotografía y la hace destacar, un detalle innombrable, indefinible… y este detalle es como algo que me ‘punza’, duele y a la vez constituye un extraño tipo de relación amorosa con la fotografía, atracción. Esa es la razón por la que te he escogido para realizar este trabajo…”.
Podemos concluir que sucede lo mismo con respecto al acto del hombre en el espacio arquitectónico, y es ese “algo” que nos permite detenernos y reflexionar.
La línea de los Talleres de Diseño Arquitectónico y/o Urbano se constituye en la columna vertebral de la enseñanza de la Arquitectura, siendo estos los dimensionadores de las restantes materias que intervienen en la formación de nuestros estudiantes. Los Talleres se organizan a lo largo de seis años que dura la carrera, con énfasis específicos, pero sin perder el sentido de totalidad que le es inherente y propio a la disciplina.
Así, la carrera de arquitectura considera un Régimen de Prácticas profesionales que tiene como objetivo que el estudiante pueda confrontar y retroalimentar la enseñanza teórico-proyectual recibida en la universidad, con la realidad del proceso constructivo de una obra en construcción y del trabajo de diseño en una oficina profesional de arquitectura.
El Título Profesional de Arquitecto se obtiene una vez que el estudiante aprueba su Proyecto de Título, quedando habilitado para ejercer la profesión, cursar postgrados, realizar docencia e investigación y saber resolver las distintas problemáticas propias del quehacer profesional y que están en constante evolución.
RODRIGO SAAVEDRA
UNIVERSIDAD CATÓLICA DE valparaíso
Arquitecto, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso 1996. Doctor Universidad Politécnica de Cataluña, España 2007. Programa de Proyectos Arquitectónicos de la ETSAB. Tesis doctoral se ubica en el área de Educación en Arquitectura. Profesor de la Escuela de Arquitectura y Diseño de la PUCV. Coordinador del Proceso de Desarrollo Curricular de la carrera de Arquitectura. Miembro de la Ciudad Abierta de Amereida.
Revelar la identidad del lugar, construir un regalo
Para definir el arquitecto que hoy requiere nuestro país, es necesario abrir la reflexión sobre el contexto donde él oficiará.
Un primer contexto es el espacio del continente americano, donde América Latina aparece como un tejido de aspectos geográficos, históricos y sociales que definen una unidad cultural compleja, constituyéndose en nuestro espacio cultural, que se desarrolla a la luz de objetivos vigentes que impulsan iniciativas que mejoran la interacción y cooperación entre nuestros países, buscando conjuntamente campos que favorecen un desarrollo económico, social, científico y tecnológico.
Es importante señalar que dichas iniciativas buscan fortalecer el espacio cultural de América Latina en ese espacio, en base a las potencias de cada país y cultura del continente. Un apoyo en conjunto que reúne distintos elementos como una constelación cultural, en la cual nuestro desarrollo será pleno siempre que actuemos cuidando dichos elementos y cuyo núcleo fundamental es la identidad en cada lugar.
Los arquitectos somos a quienes nos corresponde estudiar los distintos casos y problemáticas del espacio habitable en el continente, dando una respuesta apropiada y creativa, desde una visión humanista que se responsabiliza de la identidad del habitante con su lugar.
Si pensamos en el espacio de América Latina, necesitamos un arquitecto capaz de identificar valores de identidad en los distintos lugares de dicho espacio, dentro de una diversidad donde la idea de contexto es un punto clave para la disciplina arquitectónica.
Ese arquitecto quedó manifestado en 1947, en el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna de Bridgewater (Inglaterra). En esa ocasión, se definió un perfil que aún está vigente y necesario. Ante todo sensible, capaz de vincular la expresión artística y la capacidad emocional con el lugar. Un arquitecto integral ubicado en un contexto y que es capaz de proyectar con coordinación.
Un segundo contexto es el espacio del país. Chile posee una gran variedad de paisajes, principalmente en la dimensión longitudinal, lo cual demanda distintas formas arquitectónicas para las modos de habitar las diversas zonas geográficas del país. Ese ideal de formas arquitectónicas son las que debiesen provenir desde la observación que el arquitecto hace de la realidad en cada lugar, para descubrir los valores de identidad que construyen el arraigo del hombre con su lugar, tanto en lo rural como en lo urbano.
En la escala del continente, es la identidad del hombre americano. Y en la escala país, debemos precisar que es la identidad que construye el arraigo del hombre chileno con su lugar. Al pensar en el hombre chileno, definimos un aspecto cultural que implica inmediatamente relacionar valores históricos, geográficos y sociales que van definiendo el contexto que construye su verdadera experiencia con el lugar. Él habita de un modo concreto y sensible a la vez.
La geografía de nuestro país orienta al habitante chileno a una configuración del paisaje que define claramente valores de identidad. Por ejemplo, la utilización de la piedra en el norte, el adobe como material y los corredores como elementos arquitectónicos en la zona central, la utilización de la madera en la zona sur. O como durante siglos se han relacionado los elementos materiales geográficos con los elementos extranjeros, principalmente europeos.
El contexto país es un espacio de diversidad geográfica y social, diversidad cultural, donde cada agrupación humana es necesariamente distinta, aun estando dentro de un mismo sistema cultural como lo es un país. Por lo tanto, se debe estar atento a las particularidades de cada lugar, entendiéndolo como un espacio de relaciones geográficas, históricas, físicas y sociales.
Por ejemplo, si pensamos en Valparaíso, cada cerro guarda una identidad. Es como unidad cultural que se ha ido construyendo por la relación entre habitante y lugar en una geografía donde se ha vencido la pendiente, se habita en quebradas, el borde del mar se ha conquistado y está inserto en una historia que tiene inmigración europea, terremotos e incendios. Complejidad que define al habitante porteño. Un arquitecto en Valparaíso observa al habitante del cerro, el cual cuenta historias del puerto, calles, plazas y quebradas, terremotos y fiestas de los barrios. Ese habitante que abre su cortina y mira el mar con una actitud de copropiedad y dice: bajo al plan o subo al cerro.
El arquitecto que se necesita es un profesional que se desvela por la identidad y por comprender los distintos elementos que la sustentan. Para ello, necesita consolidar los siguientes aspectos:
1. Visión humanista. Un arquitecto sensible capaz de observar en la realidad la relación del hombre con su espacio, para descubrir y comprender las leyes de dicha relación. Capaz de interactuar con los habitantes y estar atento a los cambios del mundo.
2. Aptitud artística, que le permita dar forma, con sensibilidad y creatividad, a los diversos casos del espacio habitable en relación a su contexto.
3. Actitud racional, que le permita integrar y coordinar los distintos aspectos científicos, técnicos y legales presentes en el desarrollo y la ejecución del proyecto arquitectónico.
Estos aspectos deben ser articulados por los énfasis que las distintas escuelas del país ponen en algunos de ellos, al ir definiendo perfiles de egreso y competencias. Por ejemplo, en la Escuela de Arquitectura y Diseño de la PUCV aparece la poesía como un elemento articulador que abre relaciones imprevistas para revelar la identidad del lugar y construir en él las obras como un regalo.
Por último, las claves del arquitecto que requerimos son precisamente esas: la capacidad para revelar la identidad del lugar y la capacidad de regalar.
RICARDO ABUAUAD
UNIVERSIDAD DIEGO PORTALES
Arquitecto Pontificia Universidad Católica de Chile (1994). Entre 1995 y 1996 obtuvo una beca de honor del gobierno francés para realizar un Master en Gestión Urbana en la École Nationale des Ponts et Chaussées en París. En 1997 formó su propia oficina donde ha desarrollado proyectos de urbanismo, vivienda, equipamiento y arquitectura interior. Es además Director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Diego Portales y profesor de la Escuela de Arquitectura de la PUC.
Vocación y éxito: razones para querer ser arquitecto hoy
Cuando en marzo de este año se inauguró el año académico de la Facultad de Arquitectura, Arte y Diseño de la UDP, el decano, Mathias Klotz, se enfrentó a la audiencia con un tema (el del campo laboral y las remuneraciones) y con una cita (del padre Felipe Berríos en Revista El Sábado1) difíciles de plantear en ese escenario. El argumento del padre Berríos era, básicamente, que a la hora de elegir una carrera “…no es importante… saber cuánto voy a ganar ya ejerciendo, cuál va a ser el campo profesional que se me ofrecerá, cuántas vacantes existen y qué prestigio social tendrá mi profesión, ni estar al tanto si se podrá amortizar el tiempo y el dinero invertidos en ella o si tendré éxito y reconocimiento. Pensar así es entender el estudio de una carrera y el trabajo profesional con la lógica del mercado y no con la lógica de una vocación”.
Personalmente, estoy muy de acuerdo con esta idea y me permitiría agregar dos datos extra en el contexto de nuestra profesión. El primero es que las crisis, como aquella en la que se encuentra actualmente la arquitectura en términos de su demanda laboral, de remuneraciones y de “valoración social”, no son sólo de este momento, sino cíclicas. De vez en cuando, y originado seguramente en la compleja red de variables culturales, estéticas, económicas, tecnológicas y sociales que forman el contexto en el que nos desenvolvemos, la carrera de arquitecto, y por añadidura su enseñanza en las universidades, se cuestiona en su base. Eso es bueno, a pesar de los inconvenientes obvios, porque nos obliga a estar en guardia y a revisarnos.
El segundo argumento, muy en el sentido de lo que plantea el padre Berríos, es que de seguro las noticias de la difícil inserción laboral de los arquitectos actúa como una suerte de filtro que distingue aquellos que de verdad sienten pasión por esta disciplina de aquellos que eventualmente, como ocurre en tiempos de “boom”, puedan sentirse más bien atraídos por voladores de luces o por promesas de enriquecimiento, figuración o fama fáciles que, las más de las veces, no se concretan. Cuando se llenan hoy los cupos con relativa facilidad, como nos ha ocurrido en la escuela, tenemos la garantía (a diferencia de hace algunos años) de que los postulantes están conscientes de las dificultades que enfrentarán, pero que, a pesar de ellas, se sienten tan fuertemente atraídos por la arquitectura que se encuentran dispuestos a trabajar para demostrar sus talentos. Eso constituye ciertamente una fortaleza.
Abrir opciones para encontrar un camino personal
La pregunta de cómo se enseña arquitectura hoy es particularmente pertinente, ya que los límites de nuestra actividad se expanden hacia campos que parecen nuevos y, al mismo tiempo, se cuestionan aquellos que nos eran tradicionalmente propios. Hoy se debate, no sin enfrentamiento, un tema vital: la calidad de la enseñanza. Particularmente, en lo que se refiere a contendido de la carrera y a su capacidad de enfrentar las demandas del medio al egreso. ¿Es beneficioso para la enseñanza de la arquitectura la disminución de las asignaturas “duras” de la carrera y el aumento de horas en disciplinas distintas? ¿Cómo nos afectará el giro hacia un currículo basado en competencias? ¿Puede reproducirse aún el mismo modelo de enseñanza a pesar de que la experiencia muestra que somos una de las profesiones con campo laboral más complejo, más cuestionadas?
Creo firmemente que la luz al final del dilema de la formación del arquitecto hoy está dada por abrir el abanico de posibilidades hacia el final del paso por la escuela. Esto no es otra cosa que ofrecer a los alumnos de los últimos semestres la posibilidad de encontrar un camino propio, un énfasis que, sin invalidarlos para el ejercicio de otras actividades dentro de la carrera, los prepare en mejor medida para ciertas funciones. Es a lo que frecuentemente se le ha llamado perfilamiento. Existen aprensiones al respecto: ¿cómo saber en qué ejercer esta actividad de antemano? ¿Por qué adelantar esta elección? Soy un convencido de que la adultez se impulsa en la medida en que se le permita al alumno ejercer su libertad. Personas de 22 o 23 años son suficientemente maduras para casarse y formar familia, ¿por qué no entonces para decidir qué quieren en lo profesional? Por otro lado, en la medida en que el título siga siendo de arquitecto “a secas”, las otras vertientes posibles no quedan nunca descartadas.
Esta opción nos permite también aceptar que no todos los egresados están destinados a lo mismo, ni tienen las mismas vocaciones. La educación del arquitecto sigue pensándose hoy casi exclusivamente como una respuesta a un encargo. ¿Y si el encargo no llega, podemos entonces pensar en formar gestores? ¿Y si los alumnos se sintieran más bien inclinados hacia la reflexión teórica, el desarrollo de nuevas tecnologías o la definición de políticas públicas, no es posible responder a esa demanda ofreciendo caminos para ello?
Desarrollar la capacidad de trabajo en equipos interdisciplinares
Dentro de esta misma idea de ofrecer hacia el final de la carrera opciones diferenciadoras, hemos apostado a abrir ciertas líneas de trabajo que nos parecen estratégicas, en particular aquellas que se relacionan con la interdisciplina. Probablemente, esta apuesta, aquella de que arquitectos, diseñadores y artistas (pero también ingenieros, geógrafos y otros) se preparen para grupos de trabajo en el que cada uno aporte lo suyo y aprenda del otro, sea el proyecto al que le hemos dedicado más tiempo y el que más nos enorgullece. Hemos puesto, en el nivel de pregrado y en especial en el de Magíster, a grupos interdisciplinarios a abordar temas de paisaje, infraestructura, espacio público, mobiliario y equipamiento. Los resultados son prometedores.
En la medida en que seamos capaces de actuar con rapidez y responsabilidad, los profesionales que egresen en los próximos años estarán mejor capacitados para ubicarse en lugares en los que hasta ahora los arquitectos no estaban, hacer tareas nuevas, descubrir intersticios en los cuales operar, e influenciar procesos en los que tengamos algo que decir.
1. La columna del Padre Berríos era en esencia una reflexión originada en la advertencia del Colegio de Periodistas a los postulantes a esa carrera, dadas las difíciles condiciones laborales a las que se enfrentarían como egresados.
JUAN ROMAN
UNIVERSIDAD DE TALCA
Arquitecto de la Universidad de Valparaíso y Máster en Desarrollo Urbano y Territorial de la Universidad Politécnica de Cataluña. De 1999 a la fecha es Director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Talca.
Se trataba de escribir un artículo a partir de la pregunta ¿cuál es el arquitecto que Chile necesita? Al revisar lo ya avanzado, no fue posible encontrar nada que fuera de interés, por lo que sólo quedaba disculparse y masticar la frustración de no haber sido capaz de generar ideas novedosas.
El afán del primer párrafo del escrito consistía en desmarcarse de la pregunta que convocaba a la escritura y no caer en la trampa de intentar responder a tamaña cosa para, desde ahí, concentrarse en desvelar la pregunta que yacía oculta y que parecía interpelar directamente al que se hubiese atrevido a contestar en términos de a pito de qué hacía lo que hacía, cosa no menor cuando se habla desde la escuela de arquitectura de una universidad pública.
El segundo párrafo se preguntaba cómo es que en Chile hemos logrado construir dos consensos tan contrapuestos: por una parte, la educación básica y media del país aparecen tan llenas de problemas, en tanto que, por la otra, la educación universitaria, a fuerza de acreditaciones, prestigios y construcciones, parece andar sobre ruedas. Así formulado, el párrafo permitiría preguntarse por la existencia o no de una industria de la educación universitaria.
El tercer párrafo habría de citar a Rafael Moneo con aquello del murmullo del lugar, para instalar justamente al lugar como mediador entre arquitecto y educación.
Concurrían así las características del lugar a la definición de la circunstancia de la escuela, que está determinada por la procedencia de sus alumnos y de sus profesores, el entorno en el que se emplaza, los referentes a los que habrá de recurrir y, tanto o más importante, el proyecto de la universidad en que surge.
El escrito seguía con una imagen onírica que retrataba al mundo de la educación como uno colmado de expertos, pleno de modelos y polisílabos, donde gobernaba el lenguaje, que sólo dominaban esos expertos, y cuyo poder residía en su condición de única clave para acceder a la comprensión de modelos.
En el quinto párrafo se pretendía describir, a través de casos, el proceso de la obra de titulación, de manera que se pudiera inferir fácilmente que su objetivo es verificar que las competencias contenidas en el Plan de Estudios están efectivamente instaladas en el egresado. Este párrafo era difícil de redactar, no sólo por las aspiraciones que pueda uno tener para con la escritura, sino por evitar caer en el lenguaje exitista que caracteriza por estos días la exposición de ideas y logros menores en la educación universitaria en Chile.
El último párrafo tenía que construir el final del escrito, para lo cual se decidió reproducir un diálogo que tuvo lugar en diciembre de 2007 en la precordillera de Linares, entre un titulante que construía su obra de titulación y un arriero que llevaba animales a la veranada. Estaban frente a la obra: dos volúmenes muy simples construidos mediante el entrecruzamiento de 1.800 tablas de pino de 1 x 4”, que sirve de refugio a esos arrieros que pasan por el lugar cuando suben con animales por la ribera del río Melado, como también a turistas, los gringos que contratan las cabalgatas que organiza un lodge cercano y que llegan al lugar cuando bajan por el estero Castillo.
Arriero: ¿Y qué están haciendo?
Titulante: Un refugio para ustedes.
Arriero: ¿Para nosotros? ¡Puchas que está bonito!
Titulante: …
Arriero: Oiga, ¡pero si yo en la casa tengo de esas mismas tablas!
Titulante: …
Arriero: ¡Puchas que sirve estudiar, ah!
Me interesaba consignar ese diálogo. Quizás todo el escrito era una excusa para poder reproducirlo, hacerlo público y compartirlo. Es que entre los silencios y los asombros habitan en él, de una manera ni obvia ni lineal, muchas de las cosas que alguna vez se pretendieron y que aún están ahí como aspiraciones. Cosas que de una manera más o menos íntima sirven para explicar por qué se hace lo que se hace. Cosas que permiten dormir tranquilo.
IGNACIO VOLANTE
UNIVERSIDAD MAYOR
Realizó sus estudios de Doctorado en la ETSAB obteniendo su suficiencia investigadora en el año 2000. Director de la muestra de Arquitectura Emergente Bienal 2006. Director de la Muestra Nacional de Arquitectura de la Bienal 2008. Profesor Invitado del Taller de América en la UBA Argentina. Es socio de la Oficina REI arquitectos y Socio de CPV arquitectos.
La pregunta ¿cuál es el arquitecto que Chile necesita?, es la que hemos sido capaces de responder durante todos estos años: el país necesita profesionales comprometidos con la realidad, con valores sólidos y bien constituidos. Deben ser emprendedores, un sello que distingue a la Universidad Mayor, y también deben asumir su compromiso con la sociedad que los selecciona y prefiere, siempre y cuando ellos asuman las oportunidades con altura de miras y sin complejos, atendiendo a que por más insignificante que parezca el encargo o la oportunidad, debe realizarse con dedicación y profesionalismo.
Evidentemente, el profesionalismo se adquiere con experiencia, trabajo en equipo y autoexigencia que solo da el tiempo. Por eso, es tan importante que nuestros alumnos, más que novedosos, sean genuinos, emprendedores y, sobre todo, capaces de auto gestionar tempranamente su futuro.
Los concursos de arquitectura han sido, desde la perspectiva antes mencionada, la vía de gestión y desarrollo que la escuela ha incorporado en pregrado para destacarse, posicionarse a nivel nacional e internacional, y para realizar las metas de nuestros jóvenes estudiantes sin tener que esperar a la consolidación de equipos profesionales o contar con la experiencia de metros cuadrados construidos.
Desde que en el año 2001, con un colegio en la ex ballenera de Quintay, fuésemos la primera escuela de arquitectura de una universidad privada que obtuviera el primer premio en el influyente concurso CAP, estos certámenes se han convertido en la tribuna en el mundo para dar nuestra opinión sobre cómo deben ser los arquitectos del futuro y, por cierto, cómo les parece a nuestros alumnos que debe hacerse la arquitectura en el mundo de hoy.
En total, tanto en Chile como en el extranjero, hemos recibido 39 distinciones que incluyen primeros, segundos y terceros lugares, además de distinciones de honor y premios en dinero que, obviamente, ha permitido a nuestros alumnos tener una excelente base para iniciar su futuro profesional.
Destacables son los concursos de Domus-Illy en Italia, los de la Universidad de Virginia en Estados Unidos, el de la UIA en Barcelona, todos los premios CAP y, más recientemente, los premios de CORMA y ChileEduca, que han permitido diversificar las variables tecnológicas de los proyectos, desde una perspectiva tectónica y programática, consolidando un modelo educativo que es integral y que aparece propuesto en nuestra malla curricular al incorporar la electividad entre el área de gestión y la de tecnología. Ambas se sintetizan de manera coherente en los talleres de concurso que, como todo, partió siendo una apuesta que el decano Jaime Matas aceptó y que, en cambio, en muchas de las escuelas de origen de los profesores del taller no resultó, aduciendo la “inexperiencia de sus ex alumnos”.
Hoy el taller de concurso es parte de la planificación académica de cuarto año y son cuatro las secciones que intervienen en una oferta de concursos a nivel mundial. La decisión de incorporarlo a la planificación insiste en que nuestros alumnos puedan, al menos una vez durante su carrera, aplicar sus intereses y creatividad en una instancia donde podrán medirse con sus pares, someterse al escrutinio de un jurado y, tal vez, saborear la felicidad del triunfo obtenido con esfuerzo y dedicación.
Debo destacar que la formación de nuestros alumnos ha dado frutos a nivel profesional, como en el concurso de las sedes regionales de TVN y el memorial del senador Jaime Guzmán, del arquitecto Nicolás Lipthay, o el premio CORMA en categoría profesionales, obtenido por el equipo de nuestro profesor y ex alumno Claudio Molina.
Podemos continuar con el espíritu que nos ha motivado durante estos años donde, casi como una consigna, se ha mezclado la fuerza, creatividad y el empuje de los profesores jóvenes con la sabiduría y experiencia de aquéllos con más trayectoria, incluyendo a dos premios nacionales.
El equipo de profesores es clave en el desarrollo de una escuela de arquitectura, pero en nuestro caso es un valor agregado donde, aparte del perfil académico, debe estar muy presente el perfil profesional. Es un orgullo tener, como complemento a lo anterior, un programa sólido de incorporación de ex alumnos como profesores titulares, adjuntos y ayudantes.
Eso, en mi opinión, es pavimentar el camino al futuro que construye esta escuela en la sociedad chilena, confiando en sus alumnos y ex alumnos que, finalmente, constituyen el alma de este proyecto.
CRISTIÁN SILVA
UNIVERSIDAD DE LOS LAGOS
Arquitecto ULA Magíster en Arquitectura PUC
Académico y Director del Departamento de Arquitectura y Diseño de la Universidad de Los Lagos. Profesor del Magíster en Ciencias Sociales del Centro de estudios regionales de la Universidad de Los Lagos (CEDER), del modulo Territorio y medio ambiente, cátedra Asentamientos humanos espontáneos.
El ingreso a las universidades chilenas de los actuales procesos de reforma curricular, es un fenómeno que enfrenta un antiguo problema: la distancia creciente entre lo que se aprende en el mundo universitario y lo que el mundo profesional o del trabajo realmente necesitan.
Si bien las mallas curriculares de las escuelas de arquitectura del país han mejorado en los últimos años, la lógica del “asignaturismo” poco a poco va dejando paso a la novedad planteada por el “aprendizaje basado en competencias” y, consecuentemente, la reformulación o actualización de los planes de estudios orientados hacia esa lógica.
Como lo mencionan expertos en innovación curricular para las carreras de arquitectura, “algunos fenómenos que nos sitúan en este estado de tensión o desajuste, son los cambios y transformaciones crecientes en la relación entre la educación y el trabajo. Un escenario que nos ejercita en nuestras capacidades de adaptabilidad, sociabilidad y proactividad para hilvanar las brechas que se suscitan en nuestra labor de ser competentes en la sociedad actual”.1
Conceptos como competencias, entorno significante, saber fundante, saber transversal, saber específico, saber general, transdisciplina, perfil de competencias, creditajes transferibles, rúbricas o matrices de evaluación, entre otros, son cada vez más usados por los involucrados en las reformas, al nivel de ser casi una especialización en materias de docencia para la arquitectura y que incorpora una variable más a la ya compleja definición epistemológica de la disciplina, en tanto arte, ciencia y técnica.
Para muchos, el traspaso de la currícula basada en asignaturas a la malla basada en competencias, mejora el perfil del egresado y cambia el paradigma en el perfilamiento de una carrera de pregrado. Se trata de pasar del estado de simulación a escala de la realidad (taller de arquitectura) a uno de práctica, construcción, disección y observación, en espacios de trabajo donde tienen cabida la simulación y también la experimentación real o la observación desde formas de análisis más exigentes, y con una demanda mayor de sensibilidad y herramientas (laboratorios u observatorios).
Taller, laboratorio y observatorio, son categorías de espacios de trabajo y aprendizaje que aparecen en la medida que las escuelas perciben la necesidad de estrechar lazos con la realidad, y acercarse concretamente al manejo eficiente de la información y los datos: desde la ejercitación escala 1:1, pasando por vínculos con la empresa para dar con las competencias efectivas y respuestas que, sin perder profundidad disciplinar, puedan ser resueltas bajo condiciones y plazos acotados.
Otra de las exigencias de este cambio de paradigma es la especialización o definición del perfil. Lo anterior, dosifica la proliferación del arquitecto universal, desde una disciplina también universal. Se trataría más bien de un arquitecto perfilado y que asume la universalidad desde rigores científicos, al margen de la transmisión oral (escribe y publica), evitando con ello la potencial negación del estado del arte arriesgado siempre en la relación puntual maestro-discípulo.
En los procesos de autoevaluación para la implementación de las mallas curriculares basadas en competencias, el levantamiento del perfil es un ejercicio detonado desde el medio externo a las escuelas y se relaciona tanto con las necesidades productivas, como con las políticas públicas en que se basa el desarrollo de una región o territorio. El concepto de “utilidad” o efectividad de un arquitecto es también cotejado con la idea de “pertinencia” en el entorno significante en la que se inscribe la propia escuela de arquitectura y por la que es también reconocida. De este modo, el arquitecto define una especialización asociada a su potencial inserción laboral, en tanto necesidades declaradas por el propio medio externo (entorno significante).
Un contrapunto a esta manera de levantar el perfil, es la sobre especificidad de competencias que se abstrae del contexto global y de la necesidad de universalizar conocimientos que se entienden intrínsecos a la arquitectura y, además, símiles a otras partes del planeta: historia de la arquitectura, problemas relacionados a la vivienda, desarrollo de competencias en materia de urbanismo y responsabilidad medioambiental, por nombrar algunos contenidos, u otras competencias de corte formativo, como la capacidad de liderazgo, autonomía y proactividad, que son parte de las demandas que se exigen en un entorno donde las acciones locales tienen impactos globales.
Esta universalidad, decanta al interior de los planes de estudios en los denominados SCT (sistema de creditajes transferibles) y habilitaría a los arquitectos formados en escuelas chilenas a ejercer en otros países. Actualmente, la única escuela de arquitectura que tiene incorporado este sistema de creditaje de manera vigente en nuestro país, es la Escuela de Osorno en su plan piloto para los módulos de inicio en proyectos arquitectónicos. Esto resolvería problemas asociados al cómo comenzar la carrera, cómo continuar y cómo deben ser los procesos de titulación, en tanto módulos basados en competencias, más que en talleres iniciales o finales.
Siendo entonces los planes de estudio modulares, la duración de la carrera en tanto pregrado, tiende también a acortarse con objeto de despejar los alcances más investigativos y de profundización en la formación de postgrado. El pregrado se entiende bajo una lógica más profesionalizante que disciplinar.
Otro aspecto considerable es que la modularización permite acceder desde fuera de la academia a cursos o módulos específicos planteados en la currícula y que, luego, son certificados por la universidad. Esto pone en relieve dos aspectos: primero, que es posible volver a la escuela a cursar algún módulo de especialización después de varios años de haber egresado; y segundo, que es posible que los estudiantes de pregrado accedan a certificaciones intermedias que acrediten competencias en un área. Esto último es relevante como proceso, ya que admite una circulación de estudiantes por distintas carreras, adquiriendo competencias en áreas relacionadas, pero no directamente conducentes a un título profesional tradicional, cuestión que dejaría la discusión del perfilamiento profesional en manos de los propios estudiantes.
1. Arancibia Cruz, Marcela. La actualización del currículo, un proceso compartido: Proceso de innovación curricular carrera de arquitectura, Universidad de Los Lagos. Revista RAD_ULA.
JUAN MASTRANTONIO
UNIVERSIDAD ANDRES BELLO / Viña del mar
Arquitecto 1969 Universidad Católica de Valparaíso, donde es Profesor Titular desde el año 1988. Actual Director Arquitectura UNAB Viña del Mar. Cátedras de Taller quinto año Universidad de La Serena. Presidente Colegio Regional de Arquitectos sede Valparaíso.
Nos hemos propuesto pensar el sentido que tiene una nueva escuela de arquitectura en la Región de Valparaíso. Para ello, nos volvemos al sentido de la universidad: depositaria del cuidado y acrecentamiento del saber. Nuestra Escuela va a repensar el conocimiento que se ha generado en la teoría y práctica de la arquitectura.
Debemos separar claramente la etapa de formación disciplinar de la profesión, atendiendo diferenciadamente a ese crecimiento, con el propósito de entender y ser capaz de abundar la teoría en el campo de la investigación, y recibir y entregar los nuevos conocimientos y técnicas que nos fortalecen en el oficio de dar la casa más apropiada, en el tiempo y en el espacio, a los habitantes de nuestras generaciones y ciudades.
Todo lo anterior está atravesado por un sentido ético, el conocimiento y los oficios deben estar volcados a ofrecer el mejor servicio a la sociedad.
La disciplina se enseña, la profesión se aprende. Por lo mismo, las áreas del conocimiento necesarias para el desarrollo del proyecto formativo de nuestra Escuela se inscriben en una tradición que es revisada con la mirada propia del lugar desde donde se enuncia su futura práctica.
Taller: Conjuga los conocimientos adquiridos en las materias complementarias en el ejercicio del diseño de una obra habitable que interprete, en la forma de un lugar, una costumbre definida. El fundamento es la explicación de la clave de la obra. Uno de los métodos para introducirse en el conocimiento científico es el de la observación directa. Hay otros y deben usarse conjuntamente para que la observación sea versada.
El croquis es un signo gráfico de la lectura de las cosas que se observa, el dibujo es uno de ellos y un distinguidor de los elementos que componen la escena. Muestra su orden, como una escritura ideográfica. La palabra es un “informe” (a sí mismo), otro mecanismo de interpretación de las cosas según el oficio que se ejercita. Pero no todo se observa con croquis, no fue necesario el dibujo de la caída de la manzana para Newton. Tampoco fue importante para Arquímedes dibujarse cuando, al sumergirse en el agua, sintió que perdía peso. Nosotros también tenemos que aprender a encontrar y formular las cosas que se sienten con y sin los ojos. No dejemos de lado el estado de negativa incertidumbre en que caen los estudiantes de arquitectura ante la palabra observación. En la enseñanza de la arquitectura debemos aclarar estas incertidumbres.
Lo poético es la amalgama de los varios sentidos aparentemente sueltos en un nuevo concepto. Ese es el trasfondo de todo nuevo conocimiento y obra nueva.
Urbanismo: todo lo anterior cobra sentido ante la visión ética que debe tener el conocimiento y el oficio, ellos concurren a la construcción del ámbito social y físico de los territorios que van tomando a su cargo la humanidad. Un imperativo de la época es la noción de la sostenibilidad. El hecho que hoy reconozcamos la interdisciplinaridad como la mejor estrategia para resolver los problemas complejos que visualizamos, nos obliga a encontrar la forma más apropiada para relacionarnos al interior de la universidad con otras disciplinas y establecer alianzas que nos prosperen.
Sin embargo, los arquitectos somos responsables de la habitabilidad de las ciudades, lo cual está manifiesto en la necesaria firma de un arquitecto en los proyectos de obras y planes físicos en el territorio, como representante de organismos públicos o privados. Por ello, debemos hacernos cargo de los conflictos ambientales que se han suscitado en el territorio de nuestras ciudades, convirtiéndolos en fuente de reflexión desde la universidad.
Toda buena obra de arquitectura, es una representación geométrica como estructura resistente dedicada a la duración de manera eficiente y posible de insertarse en una historia que mejor interprete la forma de vida de una época.
Tecnología: los conocimientos técnicos deben transformarse en una herramienta fundamental para el diseño, necesaria para la duración de la obra y para la minimización de la energía empleada en su construcción y en su habilitación. Debemos enseñar a internalizar los conceptos técnicos para convertirlos en modelos espaciales. Los detalles constructivos son tan importantes como la obra entera. ¿No escuchamos a los arquitectos recién empleados quejarse de no haber visto con rigor los detalles constructivos, más allá de los cortes escantillón que se piden en los talleres avanzados? Las referencias de especificaciones técnicas y copias de detalles constructivos de otras obras y de los productos que ofrece la industria, terminan comandando buena parte del diseño de los arquitectos. La obra se completa con el diseño de todas sus partes.
Teoría e Historia: Los arquitectos somos constructores de escrituras para la lectura de futuros arqueólogos, porque nuestras obras son interpretaciones físicas de la forma en que habitan los hombres. La teoría de la arquitectura, que debe fundamentar la obra, está alrededor de la pregunta por la interpretación. Su historia es la conjugación del retorno con su futuro.
Perfil del egresado: El arquitecto debe estar formado para bien responder a las responsabilidades que la sociedad le asigna. El diseño de la obra nueva, el rediseño de la obra existente y los elementos fundamentales para acometer el ordenamiento del territorio.
La obra nueva ha sido la preocupación casi exclusiva de las escuelas existentes, no vale abundar en ello, la intervención de las obras existentes debe ser asumida ya, puesto que cada vez más tenemos ciudades con mayores áreas consolidadas que nos provocan problemas, mientras producimos grandes extensiones incompletas. Los problemas relacionados con la rehabilitación de la preexistencia arquitectónica son problemas arquitectónicos y urbanísticos.
El fenómeno humano ciudad lo llamamos cultural, para diferenciarlo de lo natural. Los hombres instauran un orden distinto en la naturaleza y llegaremos un día a entender que este orden debe lucir tanto como el natural y junto a él. Para el cuidado de lo anterior, el arquitecto debe estar capacitado para ir incorporando los conocimientos técnicos y otros que se vayan produciendo en sus obras y planes físicos, de modo de incorporar la mayor eficiencia y disminuir la entropía con sus intervenciones.