
Esta casa que el autor construyó para su familia fue un ejemplo paradigmático de simbiosis entre modernidad MIESiana y tradición japonesa, dentro de la arquitectura santiaguina de los 60, convirtiéndose en referencia de muchas otras.
Durante esta época algunos arquitectos chilenos intentaron nuevas miradas sobre la arquitectura vernácula japonesa que inunda el medio estadounidense desde mediados de los 50. La casa tradicional japonesa incorporaba muchos aspectos esenciales a la arquitectura moderna (funcionalidad, integración interior/exterior, independencia estructura/cerramiento, flexibilidad espacial, modulación y seriación, ausencia de ornamentación) así como otros factores que el Estilo Internacional ignoraba: referencias culturales locales, arquitectura sensorial, belleza, sosiego, incorporación paralela de materiales naturales y técnicas constructivas tradicionales.
Desde esta hibridación de los espacios de Neutra y Mies con la casa japonesa se concibió esta nueva vivienda en madera, ubicada en una parcela muy reducida, con planta en L y ligeramente levantada del terreno.
El hall transparenta el patio y divide los usos de la casa en dos bloques (dormitorios y salón/cocina/servicios). En la zona de estar, un muro de piedra separa los espacios de comedor y salón sin tocar el techo. Las puertas interiores se continuaron hasta la losa para no romper la abstracción de la composición.
Los espacios de almacenamiento articulan el espacio o se adosan al perímetro, en algunos casos acusando su presencia al exterior (librería del salón). Este volumen de madera reinterpreta formalmente los armarios exteriores de las casas japonesas (tobukuro). En el sector dormitorios, un gran mueble armario organiza el espacio. Los dormitorios se cierran con correderas vegetales donde apenas son necesarios los muebles.
La masa escultórica de la cubierta sobre la caja flotante se estructuró encima de la losa de vigas invertidas formando la pendiente con cerchas según una de las modalidades japonesas de cubierta (cuatro aguas con faldones quebrados y hastial ventilado). La cubierta se acaba en tejuelas de alerce, a la manera del sur, similar también a algunas terminaciones japonesas en corteza de ciprés. Un montante de vidrio sin marco en el encuentro con la losa despega la cubierta del paramento, aligerándola.
La cara interna de la L, toda transparente, abraza el jardín. La cara externa parece ciega, compuesta a base de geometrías ortogonales de proporción casi cuadrada, con delicadas diferencias de nivel y delineada por bandas oscuras, recuerda el equilibrio abstracto del palacio Katsura, referente por antonomasia de la casa japonesa.
El jardín fue diseñado por Luis Nakagawa a la manera japonesa (fecha plano: junio 1963). Dado lo exiguo de la parcela, la casa se adosó paralelamente a dos de sus deslindes, liberando el jardín hacia la mejor orientación.
El camino de acceso, se proyectó como pavimento duro de adoquines y grandes piezas de granito (nobedan). Bajo la casa se colocó arena rubia de playa y orlando el otro costado del camino, una pared vegetal de bambú.
En este pequeño jardín interior, de topografía variada, se dibujó un pequeño estanque sinuoso que desaparecía bajo la veranda, con papiros, equisetum, nenúfares y otras especies acuáticas.
Un farol de piedra, un rústico chozubai (purificación) como rueda de molino, un pequeño parrón y un banco semicircular bajo una higuera completaban este espacio de sosiego insólito en el fragor de la ciudad.
Paula Montero del Corral
Arquitecta ETSAM