
Durante muchos años, en Chile las obras elegidas para ser representadas en las bienales de arquitectura generalmente han sido pequeños encargos, alejados del compromiso urbano, las necesidades inmediatas y las mayorías. La arquitectura pública que conforma las ciudades que representan al país, y que diseñan el rumbo y el camino de la arquitectura, en general, está ausente.
En ese contexto, que representa mayoritariamente a la arquitectura contemporánea nacional, nos hemos centrado, desde hace muchos años, en el desarrollo de arquitectura pública. Esta experiencia nos permite analizar de manera crítica el proceso en torno a la génesis de las obras públicas hoy, ya que todas tienen un impacto en el entorno, no solo aquellas de gran formato.
En la Bienal anterior (2006), el MOP planteó que la arquitectura pública puede significar un proyecto político y ejemplificar lo que el país piensa de sí mismo en un determinado momento de la historia. La arquitectura pública es eso: lo que el público entiende como su manera de ver el mundo construido. Debe ser austera, trascendente, flexible, duradera, respetuosa, ajena a las modas, regionalista y contemporánea. También debe ser una representación de lo público, porque es propiedad de todos y está abierta a la comunidad. Es por eso que en Chile la arquitectura pública no se encarga a oficinas, sino que se define a través de concursos de arquitectura.
En este sentido, la institución del concurso parece la solución más adecuada para el problema planteado, ya que permite la obtención de un producto de calidad. Los concursos tienen la ventaja enorme sobre la simple elección, ya que no se opta a priori por un proyecto, sino que se elige y toma partido en la elección. Produce una participación que fomenta la discusión, pensamiento, reflexión y construcción de ideologías. En general, no se elige solamente un proyecto eficaz, racional y bien solucionado, se elige una “arquitectura”, una propuesta referida no solo al tema específico, sino también a una comprensión de la realidad.
El problema de la práctica v/s la teoría
La arquitectura pública es un desafío sumamente interesante. Un balance de lo que se ha realizado en Chile en los últimos años, sin mayor profundidad nos va a demostrar que aún hay mucho por hacer. Sin embargo, la mayoría de las propuestas no tienen el espesor conceptual ni las soluciones de diseño que corresponderían. En definitiva, cuentan con la calidad arquitectónica que debieran tener. A mi juicio, el problema no está en los consultores ni en los arquitectos, sino en la forma en que se está gestando esta arquitectura pública desde sus llamados.
Los concursos son convocados en cada una de las regiones de forma independiente, a través de las direcciones regionales de arquitectura que pertenecen al Ministerio de Obras Públicas. Ideales en la teoría, pero sus virtudes en la práctica tienen gran cantidad de falencias.
1. Concurso de ideas y no de honorarios. No se está llamando a concursos de arquitectura de ideas de proyecto. Todos estos concursos son de honorarios y anteproyecto, donde se mezcla lo que cobran las oficinas con su capacidad de diseño. El valor de los honorarios de proyecto es siempre muy relevante, menoscabando la calidad de la propuesta arquitectónica. A modo de ejemplo, para la elección de la arquitectura de una gran obra pública que tiene un presupuesto de $2.000 millones para su construcción, se decide en función del honorario profesional de proyecto, el que puede fluctuar en $2 millones entre un proyecto y otro. Si vemos esta cifra en el total, es irrelevante, pero la diferencia en la calidad de la obra no lo es.
2. Plazos y condiciones de entrega. Las cosas que piden son cada vez más exageradas, más difíciles de conseguir. A veces, se exigen planos escala 1:100, renders y hasta animaciones. Los términos de referencia solicitados deberían ser razonables y lógicos, ya que en la práctica no se concursa con una “idea”, sino con un “anteproyecto”. Además, el tiempo para desarrollar los partidos o propuestas de diseño es cada vez más breve: un concurso para diseñar una municipalidad o un centro polideportivo, debe entregarse con un plazo de 30 días. Desanima a muchos la cantidad de trabajo que se realiza de forma absolutamente gratuita. Lo lógico sería pedir solo lo necesario para que un jurado preparado se forme una idea de lo que está proponiendo un equipo y, además, retribuir en parte el esfuerzo estableciendo premios. De tal manera que si uno está entre los premiados, salve al menos los gastos de la participación.
3. Jurado apropiado. Es imperativo que existan jurados idóneos que tomen decisiones colegiadas, cuya decisión sea de un número que dé respaldo, por ejemplo 8 personas las que tomen la decisión y no 3. Es necesario un jurado formado por arquitectos de reconocido prestigio, gente que haya ganado concursos, que sean profesores universitarios y que no tengan que demostrarle a nadie quiénes son. De otra forma, no merecerán el respeto y reconocimiento de los concursantes. Los consultores estamos cada vez más descontentos, porque no sabemos quiénes son los jurados y, como no entregan sus evaluaciones, entramos en un terreno donde todo puede pasar.
El Colegio de Arquitectos ha planteado los puntos anteriores en diversas ocasiones. He formado parte de la comisión que ha ido a hablar con ministros o directores nacionales. Hemos tenido la mejor recepción, han escuchado atentamente nuestros argumentos como comisión de concurso del Colegio de Arquitectos, como concursantes y consultores privados. Han tomado nota, se han manifestado de acuerdo y preocupados, pero no ha pasado nada. Todo ha seguido exactamente igual. (Ver ca124 J. Sabbagh: “La arquitectura pública debe ser llamada a concurso de ideas” www.revistaca.cl).
Más que una falencia en la administración interna de la estructura regional, el problema es una falta de visión: en Chile no hay ningún interés por privilegiar la arquitectura, porque no es parte de la cultura general de las autoridades. La clase política (que toma las desiciones) no entiende el tema arquitectónico y urbano, por ende, no les preocupa. Octavio Paz decía que la arquitectura es el testigo insobornable de la historia; interpreta y representa una sociedad en determinado momento de la historia, porque los hombres dejamos en la arquitectura lo que pensamos de nosotros mismos y el universo que nos toca habitar. Esa arquitectura no la valora ni comprende la clase dirigente que tiene el poder. Por poner un buen ejemplo, entre un muy buen edificio público y uno malo, dicen simplemente “hicimos un nuevo edificio público” y punto. Se conforman con hacer y no piensan en el valor real de las construcciones. Nadie se da cuenta y eso es dramático, ya que la calidad del entorno que construimos es la que determina nuestra calidad de vida.
El cambio es posible
Si consultamos algunos referentes, en este momento a nivel mundial la arquitectura en España es tremendamente reconocida. Los españoles han desarrollado notables escuelas: sevillana, andaluza y catalana. Están haciendo una arquitectura fina, muy hilvanada con lo que ellos son y con lo que quieren ser. ¿Qué hicieron para lograrlo después de 30 años de dictadura?
1. Gremio: El Colegio de Arquitectos en España es tremendamente poderoso y respetado, y sabiamente ha utilizado los concursos de arquitectura como el vehículo para decidir los proyectos más importantes y significativos del país.
2. Promoción y transparencia: Un proceso de concurso de ideas para “todas” las obras públicas permite descubrir y promover nuevos talentos. Han descubierto arquitectos notables a través de concursos bien llamados, bien convocados, muy bien jurados y asignados, y así han logrado obras realmente notables.
3. La autoridad: Es imprescindible contar con una autoridad política culta en materia arquitectónica y que cuente con la confianza de la gente. El alcalde de Barcelona era un tipo respetado y las personas confiaron en él, sus autoridades y sus políticos. A su vez, las autoridades confiaron en los arquitectos.
Así, en 10 años hicieron Barcelona de nuevo, y la gente estuvo dispuesta a bancarse los montones de tierra y las tareas de construcción, porque el resultado, como la recuperación del borde marítimo y la Barceloneta, los recompensó a todos. Sin embargo, aquí en Chile el escenario es otro: la gente no cree en sus políticos, porque no la representan, y las autoridades no creen en los arquitectos ni entienden la arquitectura. Es decir, es un círculo de desconfiazas.
Si vemos otro ejemplo, en Francia, François Mitterrand fue un político visionario. En los ‘70 se dio cuenta que París había perdido su hegemonía como eje cultural del mundo y dejó de ser la ciudad luz. Entonces, pensó cómo hacer para que volviera a estar en la vanguardia. La respuesta: obras de arquitectura pública. Su estrategia fue hacer 10 grandes proyectos –7 de 10 fueron concursados– y con eso puso a París de nuevo a los ojos del mundo. Cada uno de estos proyectos debe haber costado 100 millones de dólares. En total, mil millones de dólares que a nivel de grandes obras no es nada. Pensemos que solo el déficit del Transantiago el 2007 fue de 358,6 millones de dólares (www.transantiagochile.com/informacion/fondos).
Ahora, para hacer esos proyectos se necesitó a una autoridad política que tuviera una sensibilidad con respecto a la ciudad, que sabía de la importancia de la arquitectura, que creyera en los arquitectos que convocó a concursos para una gran arquitectura pública y que nombró para su asignación a buenos jurados. Es hora de que sigamos ese ejemplo.