Patricio Navia: “Sin un alcalde mayor es difícil que Santiago logre ser una gran ciudad”


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Es cientista político sub-40, vive en Nueva York y trabaja parte del año en Santiago. Esa combinación le ha permitido desarrollar una aguda visión que la utiliza para analizar lo que ocurre en Chile. Aquí se queja de lo anticuado que ha quedado el Estado chileno y anticipa que la demanda por una mejor calidad de vida va a estar muy presente en las elecciones de 2010.

Muchas veces, la mejor forma de entender las cosas es alejarse para poder mirarlas desde afuera. Quizás por eso, en lo que va de esta década, Patricio Navia se ha convertido en uno de los ojos más agudos para observar todo lo que ocurre en el país. Y no es que él no sea chileno (aunque en rigor nació en Lima, pero vivió toda su niñez en Temuco, le gusta Colo Colo y vibra con la selección chilena), sino que desde sus conocimientos (es cientista político de la Universidad de Illinois), desde su ubicación geográfica (vive en Nueva York y trabaja parte importante del año en Santiago) y, finalmente, desde su tribuna (es columnista aventajado del diario La Tercera y la revista Poder) percibe cosas que los demás no ven. Desde los problemas de diseño del Estado y cómo estos atentan contra el desarrollo de nuestras ciudades, hasta tal vez lo único bueno de la implementación del Transantiago: la masificación y democratización del metro.
Nacido en Lima, criado en Temuco, ¿cuándo aparece Santiago en tu vida?
A fines de agosto del ’87, cuando pasamos aquí una semana antes de irnos con mi familia a Estados Unidos. Yo tenía 17 años y recuerdo una ciudad donde los protagonistas eran los estudiantes de la Universidad de Chile, protestando contra Federicci. Era el Santiago del fin de la dictadura, una ciudad de piedra, peligrosa, con agitación política, de una contaminación asquerosa, de unas micros feísimas. Y, bueno, quizás por eso soy optimista respecto a las posibilidades de esta ciudad. Mi recuerdo del Santiago de los ‘80 es de una ciudad bastante dura y violenta, es como el estereotipo que tenemos sobre Lima. De hecho, cuando me toca viajar a Tegucigalpa o El Salvador, me recuerdan a ese Santiago. Pero ahora, que ya han pasado algunos años, le tengo mucho más cariño.

¿En qué momento surge ese cariño?

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Viene de la primera vez que pasé un largo rato en Santiago. Eso fue el 2000, cuando Ricardo Lagos recién había asumido como Presidente de la República. Yo conocí a José de Gregorio en Nueva York y, cuando lo hicieron ministro, me invitó a trabajar en el ministerio por un par de meses. Entonces, viví en un departamento de Andrés de Fuenzalida y Costanera, en Providencia. Y, para mi sorpresa, me gustó mucho la ciudad. Estaban pasando cosas. Había gran entusiasmo, Pinochet había regresado y estaba siendo juzgado, Lagos estaba haciendo cosas, el país estaba cambiando. Y ahí aprendí las ventajas de Santiago. Lo primero que me gustó es que uno se podía ir súper rápido a la playa por el fin de semana o a la nieve. Y poco a poco empecé a descubrir un Santiago urbano que, pese al invierno, la contaminación y la preferencia de los chilenos por el gris -más que por el negro- tiene un montón de cosas que lo hacen atractivo.

¿Cómo cuáles?

Hay un entusiasmo muy bueno. Siento a Santiago como una ciudad que salió de la guerra, donde la gente empieza a salir a las calles, a poner las mesas afueras y a recuperar lugares que no sentían propios. El fin de semana estuve en Ñuñoa, hay muchos barcitos y se parece a Palermo Soho, en Argentina. Hay restaurantes, en las noches llega la gente, tocan grupos de tango… Esa es gente que está recuperando una ciudad que no sentía propia. Y esa percepción la tengo para varios barrios de Santiago. En Providencia, ha pasado mucho, y en Nuñoa, ciertamente pasó antes. Incluso, en algunos lugares de Vitacura se puede percibir eso. Lo mismo en Santiago Centro y el barrio Brasil, eso me gusta. Es como la gente diciendo “nosotros podemos tomarnos esta ciudad y hacerla vivible”.

¿Una suerte de movimiento?

Sí, un movimiento que ha sido acompañado por importantes momentos históricos. Creo que la aparición de The Clinic fue fundamental, lo mismo las fotos de Spencer Tunick en el Parque Forestal o, más recientemente, las corridas de maratonistas por las avenidas, también el día de los monumentos nacionales.
¿Qué piensas de esa idea de que la forma más rápida de desarrollar una ciudad es mejorar su infraestructura?
Estoy totalmente de acuerdo. Uno se pregunta por qué Nueva York es tan bonito, y resulta que Nueva York quería ser una ciudad grande y los neoyorquinos pusieron un gigantesco parque dentro de la zona más cara de la ciudad, tuvieron visión de ciudad. En Santiago, si no botamos ahora edificios para construir parques, los vamos a tener que botar después a un costo mucho más alto. Si no hacemos los hoyos ahora para poner muchas más líneas de metro, las vamos a tener que hacer después a un costo mucho más alto.

¿Y hay sintonía política con esas ideas?

Yo creo que Michelle Bachelet entendió bien esto y, de hecho, uno de los cuatro pilares de su administración era precisamente, y lo dijo el 21 de mayo de 2006, la calidad de vida de las ciudades. En ese entonces, habló de cuatro ejes: educación, reforma de las pensiones, modernización del Estado y calidad de vida de las ciudades.
Pero la pobre ejecución del Transantiago hace pensar que, en realidad, no le importaba mucho la calidad de vida de las ciudades.
Naturalmente, el Transantiago terminó por destruir ese pilar. Fue un diseño desde arriba para abajo, con una idea de centralismo en las decisiones. Tuvo muchas cosas equivocadas. Pero creo que crecientemente la gente reclama por calidad de vida. El otro día, el alcalde de Puente Alto alegaba que necesita botar bloques enteros para construir parques y creo que los líderes visionarios entienden eso. Así lo entendió Benjamín Vicuña Mackenna e hizo el Santa Lucía. Probablemente, líderes menos visionarios habrían convertido el cerro en un lugar de residencia para la gente de más ingresos. Es un desafío, ha habido pequeños logros, como la recuperación del San Cristóbal y el Parque de los Reyes. Pero sí, hay que pensar que la ciudad necesita vías más amplias, más líneas de metro y muchos más parques. Los políticos van a entender eso en la medida en que la gente lo demande. No podemos esperar que los políticos establezcan tendencias nuevas, más bien van a responder a las demandas de la gente. La demanda por mejor calidad de vida va estar muy presente en las elecciones del 2010.

¿La gente será capaz de exigir?

Yo creo que los alcaldes reflejan mucho esa demanda, son premiados cuando lo hacen bien y son castigados cuando lo hacen mal. Hay mucha más competencia en una elección de alcaldes, aunque también la hay en la presidencial. Nuestro nudo gordiano está en las elecciones legislativas, en los políticos del Parlamento que, en general, no representan tan bien los intereses y necesidades de la gente. Sus puestos se los deben más a los partidos. Eso genera muy poca competencia, los políticos saben que tienen que responder ante los líderes del partido, más que ante sus electores. Y por ahí es donde no están pasando las leyes que tienen que pasar. En general, los alcaldes tienen mucha mejor reputación, ganan mucho menos, trabajan mucho más que los parlamentarios y tienen una llegada mucho más cercana a la gente. A los parlamentarios nadie los conoce y nadie entiende muy bien cuál es su tarea.
Además, tenemos el problema de que Santiago como ciudad no tiene un alcalde mayor, no tiene un regente que pueda establecer ciertas líneas o ciertas propiedades para toda la zona urbana. El intendente de Santiago no existe y si tú le preguntas a la gente, no lo conoce y su poder es mínimo. Hasta que no tengamos eso va ser difícil que Santiago adquiera una calidad de gran ciudad. Tú sabes quién es el alcalde de Nueva York y es él quien permite que la ciudad se desarrolle en una dirección. La ausencia de eso en Chile hace que se produzcan ridiculeces tales como que el sistema de transporte interurbano de la capital sea un tema de la Presidenta de la República. Chile está tan centralizado, y tan centralizado en la Moneda, que le ha hecho mal tanto a Santiago como a las regiones. No solo las regiones deberían ser regionalistas, también Santiago debería serlo y exigir la elección de un intendente que tenga verdadero poder de tomar decisiones.
Básicamente, somos víctimas de un Estado mal diseñado.
Tenemos un Estado que se diseñó en los ’60, luego en los ‘70 y ‘80 se trató de achicar artificialmente, y en los ‘90 fue enchulado, pero no ha sido reformulado en espacios claves. Nuestro Estado refleja a un país que no existe y estamos creando instituciones como el Ministerio del Medio Ambiente, pero sin entender que tenemos que reformar otras. El Ministerio de Vivienda está centrado en construir viviendas, cuando debería centrarse en construir viviendas de calidad. En Chile, no tenemos grandes problemas de vivienda como hace 50 años, pero sí hay problemas de calidad de vida en las grandes ciudades. El Estado chileno funciona bien para ese Chile del año ‘87. El Chile de 21 años después es muy distinto y el Estado sigue funcionando igual. Sigue funcionando como las micro pre amarillas.
Los políticos parecen no entender la ciudad como un activo, como algo que es clave en el éxito de su gestión y en la popularidad que tengan.
Lagos lo entendió bien, por eso pensó en el Transantiago. Entendió que la ciudad necesita tener mejor calidad de vida, a lo mejor la respuesta fue mucho menos exitosa de lo que Lagos quería. Pero ojo, tuvo sus beneficios, porque hizo que el pueblo se subiera al metro. Ahora el metro es popular y eso creo que es un paso en la dirección correcta. Está mucho más lleno pero, bueno, entonces hay que construir más metro y no quitárselo al pueblo.
Y tú, que vives en la capital de los rascacielos, Nueva York, ¿qué te parece que en una ciudad con tantas carencias como Santiago, de un día para otro se estén construyendo dos enormes torres?
Todas las sociedades hacen sus pirámides, yo no lo vería como algo negativo, sin embargo, creo que tiene que ser complementado con otras cosas. Los Guggenheim hicieron una gran fortuna, pero también hicieron museos, eso te habla de lo poco desarrolladas que son nuestras oligarquías. Tú no ves grandes oligarcas en este país diciendo “yo voy a crear una universidad sin fines de lucro que va a ser la universidad del futuro”. ¿Donde está el Federico Santa María de hoy? La oligarquía no entiende que podrían construir ellos su parque. O sea, bien Sebastián Piñera con su parque en Tantauco, pero le salió barato, ¿Qué pasó con el Mapocho navegable? ¿Qué pasó con los parques urbanos que bien podrían construir las grandes corporaciones? Si realmente quieres dejar algo, constrúyete un parque gigantesco en La Florida. Y que sea el parque empresa X, eso está bien. O sea, qué mejor marketing que una empresa compre casas en Puente Alto, por ejemplo, las bote y construya un gran parque.

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