Veintiún millones de horas hombre para su construcción, 350 mil m3 de hormigón, 80 mil toneladas de acero, 100 ascensores, 60 escaleras mecánicas, 4.500 estacionamientos, 700 mil m2 y 300 m de altura, son algunas de las características que dan pie a una infinidad de comentarios en diversos medios de comunicación, evidenciando –gran parte de ellos– que el deseo de tener palabra y, más aún, la primicia sobre un nuevo proyecto, suele sacrificar el tiempo y reflexión que necesita un verdadero análisis que entregue una postura productiva.
Que los arquitectos podemos pecar de soberbia, qué duda cabe. Apenas capaces de tolerar una crítica, por bien fundamentada y constructiva que ésta sea; renuentes a asumir –y mucho menos declarar– las numerosas influencias que confluyen en nuestras ideas de proyecto, so riesgo de menoscabar nuestra pretendida “originalidad”, o autonomía intelectual.
Lo primero que me vino a la mente, cuando me pidieron criticar esta planta de envases de vidrio en Llay-Llay, fue la imagen de una megaestructura de vidrio y acero, pero de apariencia liviana y formas muy dinámicas, que dialogan con los cordones montañosos que la enmarcan, todo un espectáculo visual para quien transite por la autopista 5 Norte.
Cuando le conté a un colega que la revista CA me había encargado una crítica arquitectónica al nuevo Edificio Consistorial de Puerto Montt, diseñado por la Oficina Prat e Iglesis, me dijo: “Difícil misión, a esa obra la llaman la estrella de la muerte, como la nave de la película La Guerra de las Galaxias”. Básicamente, lo que me estaba diciendo era que el edificio no es del gusto de la gente.
Al momento de analizar esta obra, ciertamente es imprescindible insertar la declaración de intenciones de sus autores, la realidad de lo construido y las circunstancias materiales de su realización en el contexto de lo que entenderemos aquí como arquitectura pública…
En 1972, Venturi-Scott Brown-Izenour publican Aprendiendo de Las Vegas, donde presentan en forma analítica y visionaria un nuevo arquetipo urbano, el Strip, un modelo en el que el espacio ya no es el centro de la arquitectura, sino la imagen.
Como sea, hace tiempo que la bonanza económica y un cierto refinamiento en el gusto común han ido asentando algo que se nos vuelve constantemente conocida, y que podríamos llamar tentativamente arquitectura institucional.
Al acercarse al nuevo Centro de Justicia de Santiago, el peatón adquiere la impresión de su tamaño. La enorme placa de acero, que se ha puesto unos dos pisos por encima de todo el conjunto formando un anillo virtual que se cierra salvando una gran luz sobre el acceso principal, causa algo de miedo. “Un […]